Lo que pasó en el apartamento 304
7 minLo que pasó en el apartamento 304
La lluvia golpeaba suave contra las ventanas del apartamento 304, como si el cielo también tuviera ganas de entrar. Daniel estaba sentado en el sofá, con una cerveza medio vacía en la mano, la camiseta mojada de sudor en la espalda a pesar del aire acondicionado. Escuchó el clic metálico de la llave en la cerradura y levantó la vista. Ella entró con una bolsa de plástico colgando del hombro, el cabello mojado pegado a las sienes, los ojos oscuros y húmedos como el asfalto después del aguacero.
—Llegué —dijo Lucía, sin sonreír, pero con esa sonrisa interna que solo se leía en la curva de sus labios.
—Te esperaba —respondió Daniel, sin levantarse, dejando la cerveza sobre la mesa baja.
No se abrazaron. No se dieron besos de bienvenida. Habían acordado esto desde el viernes, cuando se encontraron en la escalera del edificio, ella con una falda ajustada, él con la mirada más lenta de lo normal. Ella le dijo: *“Si te veo otra vez, te muerdo”*. Y él respondió: *“Y yo te mamo hasta que te olvides de tu nombre”*.
Lucía se quitó las sandalias, se desabrochó el blusón mojado y lo dejó sobre la silla. Quedó con una blusa fina, negra, que dejaba entrever la encaje del sostén y el borde del bikini debajo. Daniel se levantó entonces, lentamente, como si el tiempo fuera una cuerda tensa y él no quisiera romperla.
—Vete a la cama —dijo él, sin gritar, sin urgencia—. Párate al centro.
Ella obedeció sin dudar, caminando con paso lento, las piernas abiertas a propósito, los pies descalzos sobre el piso frío del cuarto. Se detuvo frente a la cama, los brazos caídos, la respiración contenida.
Daniel se acercó, se arrodilló frente a ella. Con los dedos, levantó lentamente la blusa, subió el borde del bikini, y metió la cabeza entre sus muslos. Lucía jadeó, pero no se movió. Él inhaló su olor: sudor, jabón de vainilla y algo más, algo que solo existía en ella, una mezcla de sal y miel quemada.
—Estás rico, Lucía —murmuró contra su piel—. Como siempre.
Entonces abrió la boca y la sumergió en su calor.
No fue suave. Fue húmedo, profundo, urgente. Lengua plana contra su clítoris, chupando con fuerza como si le fuera la vida en ello. Lucía apretó los puños, se mordió el labio, y por un momento Daniel creyó que se iría ahí mismo, de golpe. Pero no. Ella lo detuvo con una mano en la nuca, suavemente, pero con firmeza.
—No así —dijo—. Quiero tu boca en el pito. Quiero que lo lames como si no hubiera mañana.
Daniel se levantó, se desabrochó el pantalón. Su polla salió rígida, tiesa, la punta húmeda de preseminal. Lucía la miró sin rubor, con los ojos entrecerrados, como evaluando un manjar recién servido.
—Mira qué rico está —dijo ella—. Mira cómo te espera.
Él se sentó en la cama, apoyó la espalda en la cabecera.
—Mamámela, cariño. Como si fuera lo único que te queda en el mundo.
Lucía se arrodilló entre sus piernas, tomó su polla con ambas manos, la sujetó firme, y bajó la boca. No fue un beso. Fue una mordida suave, con los dientes rozando la piel, la lengua lamiendo la parte baja del glande. Subió hasta la cabeza, la rodeó con la boca, y empezó a succionar. No con fuerza, pero sí con intención. Con ganas de hacerle daño, sí, pero daño bueno, daño que duela como placer.
Daniel cerró los ojos. sintió el calor, la presión, la lengua rozando el cordón. Ella lo tomó más hondo, hasta que sus nudillos se blanquearon apretando sus muslos.
—Chupámela más fuerte —le pidió él, con la voz rota—. Que me va a salir todo lo que guardé.
Lucía lo hizo. Le chupó con fuerza, la cabeza de la polla rozando su paladar, la garganta contra su base. Lo tomó entero, lo soltó con un *pop* húmedo, y volvió a meterlo. Hasta la raíz. Hasta que sintió sus testículos pegados a su barbilla.
—Estás loca —dijo Daniel, jadeando.
—Sí —respondió ella—. Y vos me estás metiendo la lengua en el coño como si fuera una cuchara de chocolate.
Daniel abrió los ojos. Lucía ya no estaba arrodillada. Se había movido, se había puesto de pie, y ahora estaba parada frente a él, con la falda subida hasta la cintura, el bikini mojado de su propia humedad. Con los dedos, se apartó el pequeño triángulo de tela y mostró su entrada: hinchada, oscura, brillante.
—Mira —dijo—. Te espero.
Él se puso de pie con un esfuerzo. La tomó por la cintura, la levantó como si fuera una pluma, y la sentó en la cama. Se arrodilló entre sus piernas, metió la cara entre su humedad, y empezó a lamer.
No fue pausado. Fue un ataque. Lengua dentro, fuera, en círculos, presionando el clítoris con el pulgar. Lucía gritó, arqueó la espalda, se aferró a las sábanas.
—Daniel, no pare, porfa… no pare…
Él no paró. La mamió hasta que sintió que su cuerpo se tensaba, hasta que sus muslos temblaban, hasta que su respiración se volvió sorda, desesperada. Y entonces, con un grito que sonó como una oración rota, Lucía se vino.
Su cuerpo se sacudió, sus piernas se abrieron más, y un chorro caliente salió de ella, salpicando la cara de Daniel, gotas que resbalaron por su barbilla. Él no paró. Seguía lamiendo, chupando, hasta que la sintió relajarse, hasta que escuchó su nombre en un susurro.
—Ya está… ya me vine… ahora… ahora querés.
Daniel se levantó. Se quitó el pantalón por completo. Se puso de pie frente a ella, la polla dura, la punta brillante de su propia humedad y la de ella.
—Quiero tu boca —dijo—. Quiero que me mames hasta que me duela la mandíbula.
Lucía se sentó, lo tomó por la base, lo metió en su boca sin dudar. Lo chupó con la misma intensidad con la que él la había mamiado. Lengua en la parte baja, mordidas suaves en el escroto, succión profunda. Daniel cerró los ojos. Se dejó llevar. Se dejó deslizar hasta el fondo de su garganta.
—Estás loca… estás muy loca… —repitió, con los ojos cerrados, la mano en su cabeza, empujando, pero no con fuerza. Con cariño. Con adicción.
Fue cuando Lucía lo sacó de golpe, lo sostuvo con una mano, y lo puso frente a su boca.
—Abre —dijo.
Daniel obedeció. Ella lo metió hasta el fondo, lo agarró con ambas manos, y lo empujó contra su garganta. Lo tomó hasta que sintió sus testículos pegados a su barbilla. Lo sostuvo ahí un segundo. Dos.
Y luego se lo sacó lentamente, con un sonido húmedo, y se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Vas a salir —dijo ella—. Te lo voy a sacar con la boca.
Daniel no respondió. Solo asintió, y se dejó caer sobre la cama.
Lucía subió, se puso sobre él, y con una mano lo guio. Se sentó despacio, dejando que su polla entrara, que la llenara, que la abriera. Se hundió hasta el fondo, con un gemido que sonó como un lamento.
—Estás tan rico —murmuró—. Tan rico, Daniel.
Él la tomó por la cintura, la levantó un poco, y la bajó de golpe. Ella gritó. Él la bajó otra vez. Más fuerte. Y otra vez. Hasta que ella empezó a moverse sola, con movimientos rápidos, con la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, los labios entreabiertos.
—Me voy —dijo ella—. Me voy ahora mismo.
Daniel la tomó por las caderas, la sujetó, y la bajó una última vez, hasta que su polla rozó su clítoris. Y entonces Lucía se vino otra vez.
Su cuerpo se sacudió, sus uñas rozaron su pecho, y con un grito ahogado, se vino sobre él, dentro de él, como si fuera su último aliento.
Daniel la sostuvo, la besó en la frente, y cuando sintió
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