Lo que pasó en casa de mi vecina

Lo que pasó en casa de mi vecina

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 4.7 (28) · 17 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que vi a Daniela y a su novio en el ascensor, pensé: “ahí tienen eso que se dice de ‘química’”. Ella, con su cabello rizado como espiral de caramelo duro y una blusa que le subía un poco cuando se inclinaba a apretar el botón del piso cinco. Él, alto, callado, con manos grandes que se le metían en los bolsillos del pantalón vaquero como si no supieran bien qué hacer con tanto espacio. Nos miramos tres segundos, suficientes para que yo sintiera ese cosquilleo en la nuca que solo da el deseo no nombrado.

Era vecina mía desde hacía seis meses, pero hasta entonces no me había fijado. Vivíamos en el mismo edificio, piso siete, ella en el ocho, él —que se llamaba Julián— venía a visitarla los fines de semana. Ella trabajaba en una galería de arte pequeña del centro, él era músico. O eso decía en su cuenta de Instagram, que vi por accidente cuando mi hermana le dio like a una foto suya de guitarra clásica.

El viernes pasado,Daniela me encontró en la salida del supermercado, con dos bolsas pesadas en cada mano y el sudor pegándole la camiseta a los hombros.

—¿Te importa si te pido un favor? —me dijo, con esa sonrisa que le hacía a la gente que ya había decidido confiarle.

Le pregunté cuál era, y me lo soltó así, sin rodeos, como si ya nos conociéramos de años:

—Julián y yo vamos a estar solos esta noche, y… ¿te gustaría venir? No es una invitación cualquiera. Es una apuesta. Una jugada de tres que llevamos pensando desde que te vimos en el ascensor.

Me reí, pero no era de broma. Me reí porque no sabía qué responder, y el silencio me ayudaba a pensar.

—¿Tú qué quieres, Adriana? —me preguntó, y me miró de una forma que me hizo sentir que ya me había visto desnuda antes.

—Nada —mentí—. Solo estaba viendo si te cae bien el mango.

—Claro que me cae bien —dijo—. Pero te lo pregunto porque a mí me cae bien tú.

Esa noche, a las 9:30, subí las escaleras del edificio sin tocar el ascensor. No quería dar la impresión de tener prisa. Llevaba puesta una falda negra que se abría un poco al caminar, una blusa blanca semitransparente y sandalias de tacón bajo. No era por llamarme la atención. Era por no tener que mentirle a mi cuerpo.

Me abrió la puerta Julián. No tenía camisa. Solo unos shorts de algodón que le quedaban un poco flojos, y un reloj de cuero que le marcaba el tiempo con un tique sordo. Me sonrió y me dijo:

—La vecina de verdad.

—La vecina que aún no decide si entra o se va —respondí, y me dejé llevar.

Daniela ya estaba en el sofá, con una copa de vino en la mano, el pelo suelto, la piel con ese brillo que da el calor del verano y la promesa del pecado. Me miró y me hizo una señal con la cabeza: “Bienvenida”.

—Si no te gusta, nos vamos —dijo ella, con la voz baja, como si estuviera contando un secreto que no quería que lo supiera el mundo.

—No me voy —dije, y me senté entre ellos.

El vino era tinto, de esos que se beben sin hielo, y el silencio también era tinto, denso, espeso como la resina que se seca en la guitarra de Julián. Él me pasó la copa, me rozó los dedos con los suyos, y yo sentí ese temblor que te baja por la espina y te hace querer algo que aún no sabes cómo se llama.

—¿Te gusta el jazz? —me preguntó él, sin mirarme directamente, con los ojos puestos en la copa.

—Me gusta cuando el saxo se queja —respondí—. Como si tuviera algo que contar.

—Entonces —dijo Daniela, inclinándose hacia mí, con la mano en mi rodilla—, ¿te gustaría escucharlo tocar algo en vivo?

Me miré las manos. Me miré los pies. Me miré en el espejo del comedor, y allí, entre el reflejo y la duda, vi que quería.

—Sí —dije.

Julián se puso de pie, fue a su habitación y salió con una guitarra de madera clara, de las que cuelgan en las paredes de los cafés antiguos. Se sentó frente a mí, y comenzó a tocar. No era jazz. Era una canción que no conocía, pero que sentí como si la hubiera escuchado en sueños. Las notas bajaban como gotas de lluvia en la piel, y yo me dejaba llevar.

Daniela se puso detrás de mí, con las rodillas apoyadas en el sofá, y me acarició el cuello con los dedos tibios. Me rozó la nuca, me bajó la mano por la espalda, y cuando llegó a la cintura, me la desabrochó la blusa, sin prisa, como si cada botón fuera un paso más hacia algo inevitable.

—¿Te gusta que te toquen así? —me susurró al oído, con la voz cargada de humo y melaza.

—Sí —dije, y me eché hacia atrás, contra su pecho.

Julián dejó la guitarra sobre la mesa, y se acercó. No me besó. Me miró. Me miró como si me estuviera aprendiendo. Luego me besó la frente, la nariz, el cuello… y cuando finalmente encontró mis labios, fue como si el mundo se hubiera quedado sin aire.

Daniela se levantó, se sentó en mi regazo, con las piernas abiertas y las manos sobre mis hombros. Me miró a los ojos mientras se inclinaba, y me besó la garganta, y luego la boca, lento, como si no quisiera perderse nada.

—¿Quieres que te quite la falda? —me preguntó, con la voz rota.

—Sí —dije.

Y lo hizo. Con cuidado, como si me estuviera desvistiendo con los ojos.

Julián se sentó a mi lado, me tomó la mano, y se la puso sobre su muslo. Sentí el calor, el latido, la dureza que ya no podía disimular. Me miró y me sonrió.

—Tú me quieres mamar —dije, y me di cuenta de que lo había dicho en voz baja, pero con claridad.

—Sí —dijo él—. Pero no quiero hacerlo solo.

—Entonces —dijo Daniela, poniéndose de pie y tomándome de la mano—, lo hacemos juntos.

Me levanté, y caminé hacia la habitación, con Daniela a mi lado, y Julián detrás, con las manos en mis caderas, como si me sostuviera para no caer.

La habitación olía a sándalo y a sudor. La cama estaba hecha, con sábanas blancas que parecían hojas de papel en blanco. Nos sentamos en el borde, y Daniela me quitó la blusa por completo, y luego la falda, y luego las sandalias, y luego yo me quité el sujetador, y entonces fue cuando la tensión se volvió electricidad.

Julián se puso de rodillas frente a mí. Me abrió las piernas con las manos, y me miró los muslos, luego el vello, luego la humedad que ya no intentaba esconder. Me besó la clítoris con la punta de la lengua, y yo me eché hacia atrás, con las uñas clavadas en la sábana.

—Más —dije.

Él lo hizo. Con la boca abierta, con la lengua plana, con el aire que le salía entre los dientes como un gemido reprimido. Daniela me acariciaba el pelo, me besaba el cuello, me mordía el lóbulo de la oreja, y me decía cosas que no recordaba al día siguiente, pero que sentí como si me hubieran grabado en la piel.

Cuando sentí que ya no podía más, Daniela se quitó su camiseta, y se puso de rodillas frente a él, y le bajó el short con los dedos. Su pito estaba tieso, grande, con una gota de líquido en la punta que me hizo abrir los ojos como platos.

—¿Quieres que lo mame yo también? —le pregunté.

—Sí —dijo él, con la voz rota.

Y lo hice. Con la boca, con la lengua, con los labios, con el aire que me salía entre los dientes como un gemido reprimido. Daniela me miraba, y me sonreía, y me decía “sí, así, así”, y yo lo hacía, lento, con cuidado, como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo.

Al final, nos tumbamos los tres en la cama, con las manos entrelazadas, con las piernas cruzadas, con el aliento compartido. Daniela me besó la frente, y Julián me besó la nuca, y yo me dejé llevar.

—¿Te quedas? —me preguntó ella.

—Sí —dije.

Y me quedé.

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