Lo que pasó cuando se quedó a dormir mi vecina y su hermana

Lo que pasó cuando se quedó a dormir mi vecina y su hermana

@valentina_ruiz ·5 de junio de 2026 · ★ 4.4 (35) · 34 lecturas · 4 min de lectura

Yo nunca pensé que iba a terminar así. Me llamo Julián, tengo 34, vivo en el piso 7 del edificio de la calle 17 con 52, y mi vecina, Camila, es la que siempre me deja el pan caliente en la puerta cuando se levanta temprano. Bueno, hasta que un viernes por la noche, sin avisar, llegó con su hermana y una botella de ron de la casa.

—Julián, ¿tú sí te puedes quedar con el jaleo? —me preguntó ella, con esa sonrisa que me derrite desde hace tres años.

Y ahí estaba ella, en pantalón corto, camiseta ajustada, y con una hermana que no había visto antes: morena, ojos grandes, pelo suelto hasta la cintura, y una risa que sonaba como un chisme de barrio.

—¿Y quién es esta reina? —le pregunté, sin poder evitar mirarle las piernas.

—Soy Lucía, su hermana menor. Y sí, sé que tú eres el que le deja las galletas de avena en la puerta cuando ella se olvida de comprarlas. —Me guiñó un ojo y se sentó en el sofá como si ya viviera aquí.

Camila se acercó y me besó en la nuca, con esa dulzura que solo ella tiene. Me sentí caliente desde la espalda hasta los testículos. No dije nada. Solo la abracé por la cintura y la jalé hacia mí. Lucía nos miró, sin decir nada, pero con los ojos brillando como si ya supiera lo que iba a pasar.

La botella de ron pasó de mano en mano. Camila me besó de nuevo, esta vez en los labios, lento, con sabor a café y ron. Lucía se levantó, se quitó la camiseta y se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, observándonos como si fuera una película que ya conocía.

—¿Tú qué quieres, Julián? —me preguntó, sin apartar la mirada.

—Yo… —empecé, pero Camila me interrumpió.

—Él quiere que te mames el pito, Luci. Ya lo he visto en sus ojos desde que llegaste.

Lucía se levantó, se acercó, y sin decir nada, se arrodilló frente a mí. Me miró a los ojos, como si me estuviera preguntando si estaba seguro. Yo asentí. Solo con la cabeza. Ella se inclinó, me tomó el pito por la base, y me lo metió entre los labios. No era la primera vez que alguien me mamaba, pero sí la primera vez que lo hacía con la mirada de una mujer que sabía lo que quería, y que no tenía prisa.

Camila se deslizó detrás de mí, me desabrochó los pantalones, y me metió la mano por dentro. Me acariciaba el culo con la otra, con esa ternura de quien sabe que el placer no se apura.

—Estás rico, Julián —susurró Lucía, mientras me chupaba con una suavidad que me hacía temblar.

Camila me besó el cuello, me mordisqueó la oreja, y me dijo:

—Dile que te mame más fuerte, que yo te voy a chupar el coño mientras ella te lame el pito.

No tuve que pedírselo. Lucía lo entendió. Se levantó, se quitó el short, y se acostó sobre mi regazo, con las piernas abiertas. Camila se sentó encima de ella, y me miró con los ojos llenos de fuego.

—Ahora tú, Julián —dijo—. Mámame el culo.

No dudé. Me incliné, le abrí las nalgas con las manos, y le lami el ano con la lengua. Ella gimió, y Lucía, debajo, me tomó el pito con más fuerza. La combinación era brutal. El sabor salado de Camila, el calor húmedo de Lucía, el olor a sudor y ron, y el sonido de sus respiraciones entrecortadas.

—Julián, no te detengas —me pidió Lucía, con la voz rota—. No te detengas nunca.

Camila se levantó, se acercó a mí, y me besó con una pasión que me dejó sin aire. Luego, se puso de rodillas, me tomó el pito, y se lo metió en la boca. Lucía, aún abajo, me lamía el coño con la lengua, y cada vez más fuerte, como si quisiera devorarme por dentro.

Yo estaba al borde. No podía más.

—Voy a correr —les dije, entre dientes.

—Hazlo —dijo Camila, sin soltarme.

—Hazlo en mi boca —dijo Lucía, sin levantar la cabeza.

Y lo hice. Me desmoroné entre sus bocas. Camila me tragó todo, sin pestañear, y Lucía me chupó hasta el último chorro, mientras yo gemía como un niño perdido. Después, se abrazaron, se besaron, y me miraron con esa sonrisa de quienes acaban de robarle algo precioso a la vida.

Me acosté entre ellas, con la cabeza sobre el pecho de Lucía, y la pierna de Camila enrollada en la mía. Nadie dijo nada. Solo se escuchaba el ruido de la lluvia en la ventana, y el latido de tres corazones que ya no eran tres, sino uno.

Al día siguiente, Camila me dejó el pan caliente en la puerta, como siempre. Lucía no estaba. Me dejó una nota:

> “Gracias por no hacerlo solo. Te espero otra noche. No te vayas.”

Yo sonreí. Y ese día, compré dos botellas de ron.

También en: HeteroOralAnal

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