Lo que pasó cuando se cortó la luz

Lo que pasó cuando se cortó la luz

@valentina_ruiz ·8 de junio de 2026 · ★ 4.6 (17) · 33 lecturas · 4 min de lectura

La lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas del departamento de Valentina, ese sonido constante que en Buenos Aires significa “metete adentro y no salgas más”. Ella, recién salida de la ducha, se envolvió en una toalla grande, con el pelo húmedo colgándole en rizos sueltos hasta los hombros, y se dispuso a encender una vela que encontró en un cajón del living. Había apagado el celular, decidida a no revisar nada hasta el día siguiente, y se sentó en el sofá con un vaso de vino tinto que ya empezaba a desabrocharse por la humedad del aire.

Fue entonces cuando escuchó el golpe seco en la puerta. No un golpe de cortesía, sino ese tipo de golpe que anuncia “estoy mojado y necesito refugio”. Abrió con cuidado: era Lucas, el chico de al lado, el que siempre和 su bicicleta y su gorra al revés, el que había visto sacando la basura un par de veces y apenas intercambió un “buenas” con él.

—Disculpá, Valentina —dijo Lucas, mojado hasta los huesos, con el cabello pegado a la frente y los pantalones clavados en las piernas—. Se cortó la luz en todo el edificio y el portón se trancó por la lluvia. ¿Me dejás entrar un rato hasta que pase el temporal?

Ella lo miró, sin apuro, sin miedo. Lo conocía de vista, pero no de palabra. Él, en cambio, tenía una sonrisa torpe, casi disculpándose por estar allí, y eso lo hacía… vulnerable.

—Andá, entrá —dijo, abriendo más—. Pero no te muevas. Si te resbalás, no te salvo.

Él entró con pasos cortos, sacudiéndose como un perro, y se detuvo justo cuando el flash de un relámpago iluminó el living. Ella lo vio bien: los hombros anchos, el pecho húmedo pegado a la remera, los ojos claros que se fijaron en los suyos sin disimulo.

—¿Vino? —preguntó ella, ofreciéndole el vaso.

—Sí, por favor —dijo él, tomando el vaso con los dedos fríos—. ¿Estás sola?

—Sí —respondió ella, sin más—. Y vos.

Él asintió, bebió un trago, y luego lo miró fijo: no con seducción obvia, sino con una atención lenta, como si estuviera descubriendo algo nuevo.

—Está bueno el vino —dijo—. Y… vos estás buena.

Ella se encogió de hombros, pero no se ruborizó. Sabía que lo era, y más aún con la toalla suelta, el cabello humedecido y los pies descalzos sobre el piso de madera.

—¿Querés secarte?

—Sí —dijo él, sin dudar—. Pero… ¿y si nos sentamos acá? —y señaló el sofá—. Acá, a la luz de la vela, que es más bonito.

Ella lo siguió, se sentó a un lado, dejando un espacio de dos palmos. Él se acomodó, apoyó el codo en el respaldo, y se volvió hacia ella.

—¿Te molesta si te toco la mano? —preguntó, con la voz baja, casi un susurro—. No es por nada, es que me gusta cómo se ve.

Ella no respondió con palabras. Solo inclinó la mano, palma arriba, y lo dejó allí. Él la tomó con suavidad, los dedos grandes recubriendo los suyos, y se quedó así un rato, mientras la lluvia golpeaba como si quisiérase entrar.

Después, con la misma lentitud, él giró la muñeca y le rozó el pulgar el borde del labio. Ella no se movió. Él se acercó más, y cuando su aliento le acarició la mejilla, ella se volvió.

—¿Estás seguro? —preguntó ella.

—Sí —dijo él—. Total, si después nos cae un rayo, al menos nos morimos bien.

Ella sonrió, y por primera vez, fue ella quien cerró la distancia.

El beso no fue fuego ni temblor: fue calma, fue descubrimiento. Fue el sabor a vino y a lluvia, fue la toalla que se deslizó con la ayuda de sus dedos, fue la remera mojada que él se sacó sin romper el contacto, fue la mano de ella deslizándose por su pecho, por su espalda, por la curva de sus riñones.

Él la acostó con cuidado sobre el sofá, la vela temblaba, sus sombras se fundían. Cuando se separó un instante para mirarla —ella con las pupilas dilatadas, los pechos subiendo y bajando con la respiración corta—, ella le dijo, con voz baja pero clara:

—Si querés, garchame. Pero despacio. Que me gusta escuchar.

Él no necesitó más. Se colocó entre sus piernas, le separó las rodillas con las manos, y bajó lentamente, primero con un dedo, luego con dos, sintiendo su calor, su apretón, su pequeño gemido que le tembló en la garganta.

—Estás tan buena, Valentina… —murmuró, besándole el cuello, mordiéndole la oreja con cuidado—. Quiero sentirte toda, pero que dure.

Ella solo le arrastró la remera, los pantalones, y lo guió hasta su entrada, con la punta de su pene rozándole el clítoris ya hinchado, ya húmedo.

—Ahora —dijo ella.

Él entró lento, un pulso a la vez, y cuando estuvo todo dentro, los dos contuvieron el aire. Ella lo abrazó, lo atrajo más, y él empezó a moverse

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@valentina_ruiz

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