Lo que pasó cuando mi vieja se fue de fin de semana
4 minLo que pasó cuando mi vieja se fue de fin de semana
La lluvia golpeaba contra las ventanas del departamento con ese ritmo tenue y insistente que anuncia la soledad. Natalia —traje gris oscuro, medias de seda y los pies descalzos sobre el piso frío— estaba en el living, con un vaso de vino tinto casi vacío en la mano. Su vieja se había ido el viernes a la madrugada, rumbo a Bariloche, y ella había fingido entusiasmo mientras la ayudaba a cargar la valija en el auto. Pero en el fondo, mientras cerraba la puerta, ya le temblaban las manos de la impaciencia.
Hacía tres semanas que no dormía bien. No por el trabajo ni por la angustia del divorcio que se acercaba como un torbellino lento, sino por lo que ocurría cada vez que cruzaba la mirada con Lucas. El nuevo vecino del depto 3B. Alto, moreno, con manos grandes y una sonrisa que parecía saber demasiado.
Ese lunes, en el ascensor, él llevaba una caja de helado derritiéndose en la mano. Ella, con las llaves entre los dedos, lo miró por primera vez sin disimulo.
—¿Te cayó agua en el ascensor o es la humedad del barrio? —preguntó él, sin quitarle los ojos de encima.
Natalia rio, pero fue un sonido ahogado, como si el aire le hubiera fallado en la garganta.
—Está todo mojado —respondió—. Incluso el alma.
Él asintió, lentamente, como si entendiera. Y cuando se separaron en el tercer piso, le dejó caer una sonrisa que le quemó la piel.
Hoy, a las 20:15, llamó a su puerta.
—Perdón, ¿tenés un pelotudo de clavos? —dijo Lucas, con la camiseta mojada de lluvia y el cabello pegado a la frente.
Ella lo dejó entrar sin preguntar.
Él se paró en la entrada, con las manos en los bolsillos, observando el living, la cocina desordenada, el sofá donde dormía cuando le daba por llorar sin que nadie lo supiera.
—No, no tengo clavos —dijo ella—, pero sí vino. Y galletitas.
—¿Galletitas? —Lucas soltó una risa baja, arrastrada—. ¿De avena y pasas?
—Claro que no. De chocolate. Con sal. Como vos.
Él se acercó, despacio, y le quitó el vaso de la mano. Lo dejó sobre la mesa, después se inclinó hasta su altura, y le rozó una mecha de pelo con los nudillos.
—Hacía días que quería preguntarte… ¿por qué siempre bajás la mirada cuando paso?
Ella tragó saliva. El vino le había subido a las orejas, y ahora también al pecho, donde el corsé le apretaba como un lastre.
—Porque me fijo en vos —confesó—. Y es peligroso.
Lucas no dijo nada. Sólo la tomó de la muñeca y la jalo hacia él. El primer roce fue un latido. Sus labios, húmedos y fríos, encontraron los de ella con una urgencia que no era precisamente por la lluvia.
Ella le mordió el labio inferior, y él soltó un gruñido que le tembló en el pecho. Le desabrochó la blusa con un solo movimiento, y cuando sus pechos quedaron al descubierto, ella se estremeció como si lo estuviera haciendo por primera vez a los 17 años.
—¿Seguro que no tenés clavos? —susurró él, mientras le chupaba una areola, dulce y sensible—. Porque acá hay que clavar bien fuerte.
Ella le enredó las piernas en la cintura y lo tiró sobre el sofá.
—Yo no clavo —dijo—, yo garcho. Y te voy a garchar hasta que te olvides el nombre de tu vieja.
Él la miró con los ojos cerrados, mientras le subía la falda, deslizando los dedos por la costura de la medias, hasta topar con la lycra húmeda de la concha.
—Dame esto —pidió—. Dámelo todo.
Y cuando se separó un segundo para sacarse la camiseta, ella lo detuvo con una mano en el pecho.
—Primero, decime qué querés. De verdad.
Lucas la atrajo hacia su boca, y le besó el cuello, la clavícula, el hueco entre los senos.
—Te quiero oír gemir como si nadie más existiera —dijo, al fin—. Quiero que me digas que esto es un error, pero que no te importa. Quiero que me digas que soy la mejor mierda que te pasó en años.
Natalia soltó una risita, pero sus ojos estaban secos.
—Sos la mierda más dulce que he tenido —susurró—. Y hoy no me importa nada, Lucas.
Él la tomó de la cintura y la sentó sobre el respaldo del sofá. La abrió, lentamente, y le metió la lengua dentro sin pedir permiso. Ella gritó, pero fue un grito corto, ahogado, como si temiera que alguien la escuchara. Pero no había nadie. Sólo la lluvia, el vino, y el calor que subía entre sus piernas como una marea imparable.
Y cuando él entró en ella, profundo y lento, ella cerró los ojos y se dejó llevar. No pensó en su vieja, ni en el divorcio, ni en el trabajo. Sólo pensó en el peso de su cuerpo, en el olor a jabón y sudor que le subía a la nariz, en cómo su culo se ajustaba al ritmo de sus embestidas, en cómo el sofá chirriaba como un viejo amante que sabía
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