Lo que pasó cuando mi jefe me pidió quedarme a hacer horas extras
7 minLo que pasó cuando mi jefe me pidió quedarme a hacer horas extras
Yo no soy de esas que buscan líos en el trabajo. Soy Natalia, 32 años, contadora, ordenada, responsable, con dos hijos pequeños y un marido que ya no me mira como antes. Todo en mi vida tenía un orden: despertar, lavar platos, llevar a los chicos a la escuela, ir a la oficina, volver, cenar, dormir. Hasta que llegó él: Martín, el nuevo gerente general. Alto, canas plateadas en las sienes, mirada de quien no pide permiso, sino que toma. Y vos, que me leés, ya sabés por dónde va la cosa, ¿no?
La primera vez que me habló en persona fue cuando se cayó la conexión del servidor y todos estábamos parados frente a las pantallas, sudando frío. Él, con su camisa blanca bien planchada y los puños levantados hasta los codos, se acercó a mi escritorio y me dijo: —Natalia, ¿vos sabés cómo reiniciar el módulo de facturación?—. Le dije que sí, con la voz un poco más aguda de lo normal. Me paré rápido, rozándole el hombro con la manga del saco, y cuando me giré para mostrarle la pantalla, sentí su aliento en la nuca: un calor seco, con olor a café oscuro y tabaco de pipa. —Sos muy rápida—, murmuró, sin apartar los ojos de la pantalla. Pero yo sentí que me decía otra cosa.
A partir de ahí, empezó lo suyo. Un comentario en la cafetería, una sonrisa larga cuando pasaba frente a su oficina con un informe en mano, un “vení un segundo” que sonaba como una orden, pero que yo cumplía con una sonrisa que no era del todo fingida. Él no me tocaba. No aún. Pero sus ojos sí: me los ponían encima, como si me desvestían con una lupa.
La noche del jueves, cuando llovía a cántaros y todos ya se habían ido, me llamó por teléfono. —Natalia, quedate quince minutos más—, dijo, sin darme espacio para responder. —Tengo que revisar el cierre trimestral con vos. Hay un par de datos que no cuadran.—. Yo sabía que no era cierto. Pero le dije que sí.
Me quedé. Primero, esperé en la entrada, con el abrigo puesto, viendo cómo él apagaba las luces del piso, una por una, como si estuviera apagando velas. Cuando volvió, se acercó a mí con una botella de vino tinto y dos vasos. —No te vas a ir así, con la ropa mojada—, dijo, colgando mis llaves de mi bolso en su escritorio. —Quedate. Cogamos algo. Es sábado en dos horas, pero hoy no es un día cualquiera.—
No me senté en el sillón que él me indicó. Me paré frente a su escritorio, con los brazos cruzados, tratando de mantener la compostura. —¿Y si alguien nos ve?— pregunté, pero mi voz temblaba. Él se levantó, despacio, como lo haría un gato antes de saltar. Se acercó hasta que pude sentir su calor, su olor, su presencia como un peso en el aire. —Nadie nos ve—, dijo, y me tomó la mano. —Sólo vos y yo. Y vos… querés esto.—
Me soltó la mano apenas la tocó, como para darme tiempo de retroceder. Pero yo no lo hice. En cambio, me giré y me senté en el borde del escritorio, con las piernas abiertas, los codos apoyados en el mármol frío. Él se puso frente a mí, con las manos en mis rodillas, y me miró a los ojos. —Decime, Natalia… ¿cuántas veces vos pensaste en esto?— me preguntó, mientras con la punta de los dedos me desabrochaba el primer botón del blazer. —¿Cuántas veces imaginaste que yo te iba a tocar así?—
Yo no pude responder. Sólo le dije: —Sos un maldito cabrón.—
Él se rió, bajo, con una risa que me hizo estremecer. —Y vos, mi vida, sos una santa que se le olvidó rezar.—
Me incliné hacia adelante, lo agarré del cuello y lo besé. No fue suave. Fue húmedo, urgente, con dientes y lengua y el sabor amargo del vino que compartíamos. Él me empujó contra el escritorio, y los vasos cayeron al suelo con un sonido seco, como un disparo. No importó. Él me abrió la falda, me subió la mediana hasta la cintura, y me separó las piernas con una rodilla. Me miró ahí, con la ropa interior de encaje color vino, y me dijo: —Mirá qué linda estás, con la concha hinchada y esperándome.—
Me agarró de las caderas, me levantó un poco, y con la mano derecha me metió dos dedos. No me preguntó si estaba mojada. Ya lo sabía. Y yo grité, sí, grité, como una imbécil, porque sí, yo estaba mojada, y él me sabía bien, y me garchaba con una lentitud que me hacía sentir que no era real. —Sí, sí, así—, le decía yo, con la frente apoyada en su hombro, los dientes clavados en su camisa. —No pare, Martín, por favor, no pare…—
Me giró, me puso de espaldas a él, me levantó la camisa y me acarició los senos con las palmas grandes y calientes. Me mordió el lóbulo de la oreja y me susurró: —¿Querés que te la meta?—. Yo no respondí. Sólo moví las caderas, pidiéndoselo con el cuerpo. Él me desabrochó el sostén, me lo bajó por los brazos, y me dio la vuelta otra vez. Me sentó en el escritorio, me separó las piernas más aún, y se quitó la corbata. Me ató las manos detrás de la espalda con ella, con un nudo firme, sin dolor, pero con autoridad. —Vas a estar callada mientras te muerdo—, me dijo. —Y si te vas a venir, lo hacés con los ojos cerrados.—
Y me lo garchó. No fue rápido. Fue lento, profundo, como si me estuviera abriendo por dentro, como si me estuviera haciendo mía, como si yo fuera suya desde siempre. Me besaba, me mordía el cuello, me chupaba los pezones hasta que me dolían, y me miraba a los ojos todo el tiempo. Yo me habría venido así, con las manos atadas, con la ropa desordenada, con la concha hinchada y el cuerpo temblando, si no fuera porque él me detuvo, me soltó una mano, y me puso los dedos en la clavícula. —Decilo—, me ordenó. —Decilo, Natalia.—. —¿Qué?—, susurré. —Decí que sos mía. Que me pertenecés. Que querés esto.—.
—Soy tuya—, dije. —Te pertenezco.—
Él me miró como si fuera una mujer nueva. Me soltó la corbata, me desató los nudillos, y me tomó la cara entre las manos. —Ahora—, me dijo, —vení.—
Y yo fui. No caminé. Fui, como una esclava que encuentra su libertad en la sumisión. Me senté sobre su regazo, con la falda arriba, el culo al aire, y él me metió su polla con un solo movimiento, hasta el fondo. Me sujetó de las caderas y me corrió adentro, lento, profundo, hasta que me sentí llena hasta el alma. Me besó la nuca y me murmuró al oído: —Sos la mejor cosa que me pasó en este puto año.—
Y yo no supe si era verdad o si era mentira. Pero en ese momento, con su polla dura dentro de mí, con el olor a sexo y vino en el aire, con su respiración caliente en la piel, yo no me importó. Yo era suya. Yo era su concha. Yo era su culpa. Yo era su pecado. Y por primera vez en mucho tiempo, yo me sentía viva.
Cuando salimos de la oficina, a las dos de la madrugada, la lluvia había cesado. Él me abrazó por la cintura y me besó en la mejilla. —Mañana, todo sigue igual—, dijo. —Pero vos sabés qué pasa cuando te digo “vení”.—. Yo le sonreí, con la boca aún húmeda de su sabor, y le dije: —Sí, Martín. Lo sé.—
Y me fui, con los muslos temblorosos, el cuerpo ardiendo, y la certeza de que la próxima vez no iba a esperar a que me llame.
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