Lo que pasó cuando mi jefe me llamó a su oficina después del trabajo
7 minLo que pasó cuando mi jefe me llamó a su oficina después del trabajo
La luz del sol ya se había esfumado atrás del edificio de vidrio, dejando que la ciudad entrara por ventanas grandes como cuadros vacíos, iluminando el piso de madera oscura con un tono anaranjado que se desvanecía poco a poco. Adriana ajustó el cuello de su blusa blanca, still húmeda de sudor en las axilas, y respiró hondo. El reloj marcaba las 7:14 p.m. Todos ya se habían ido. Excepto él.
—Adriana —la voz de Carlos vino desde el pasillo, grave, como una cuerda de bajo que se tensa sin estridencia—. Puedes pasar.
Ella golpeó dos veces contra la puerta entreabierta, sin esperar respuesta. Carlos estaba sentado tras su escritorio, camisa desabotonada hasta el tercer botón, los antebrazos descansando sobre una carpeta cerrada. No la miraba directamente; dejaba que el silencio se llenara de algo más denso que la tensión: anticipación.
—¿Me llamaste por algo en específico? —preguntó ella, apoyando una mano en la repisa de la ventana, como para no caerse.
—Sí. —Ahora sí la miró. No con ese ojo de jefe que escudriña desempeño, sino con el de un hombre que ha estado guardando una pregunta en la garganta toda la semana.— Te dije que te quedaras. No por el informe, sino por esto.
Adriana sintió el calor subirle por el cuello, rozándole las orejas. Sabía lo que venía, o al menos lo intuía desde hace días: las miradas largas en las reuniones, los toques casuales cuando pasaba cerca de su escritorio —una palmada en la espalda baja, una mano en su hombro para señalar una pantalla—, los comentarios que rozaban lo inapropiado pero nunca se salían del juego.
—¿Y si digo que no? —dijo, con una sonrisa que quería ser desafiante pero le tembló en los labios.
Carlos se levantó. Lento. Con intención. Cerró la puerta con llave, como si estuviera sellando un pacto. Entonces dio tres pasos hasta ella y puso una mano en su cintura, no para apretar, sino para recordarle: *aquí estoy yo, y tú estás aquí*.
—Entonces te mando a casa. Pero no me creas que no has estado pensando en esto. —Su aliento rozó su oreja—. Te he visto mordiéndote el labio cuando hablo. Viendo cómo me tiro la camisa por encima del hombro cuando me quito la chaqueta. Incluso la otra semana, cuando te dije que te quedaras a ayudarme con los archivos… te vi sonrojarte.
Adriana tragó saliva. Él lo notó. Y entonces, con la palma abierta, le acarició la nuca, bajó despacio por su columna, hasta la cintura, y luego volvió a subir, esta vez con los dedos rozando el borde de su blusa.
—¿Te gusta que te mire así? —susurró.
Ella no respondió con palabras. Solo inclinó la cabeza un poco, dejando su cuello expuesto, y dejó que él la tomara por la barbilla para alzarle la cara. Sus ojos se encontraron. El verde de los de ella, oscuros, fijos. Los marrones de él, seguros, como raíces que ya saben dónde clavarse.
—Entonces demuéstramelo.
Fue él quien se acercó primero. No un beso, sino el roce de su frente contra la suya, los ojos cerrados, respirando la misma humedad del final del día. Luego, la boca. No urgente, sino saboreando, como si cada segundo fuera un latido que se quiso guardar.
Adriana le metió las manos bajo la camisa, sintió el calor de su piel, los músculos tensos, la verga ya dura contra su muslo cuando él la apretó contra su cuerpo. Él le desabotonó la blusa con lentitud, cada botón un pequeño acto de rendición, hasta que sus pechos quedaron libres, sujetos solo por el sostén de encaje negro que ella sabía que él amaba. Él los apretó con las palmas, se inclinó y lamió uno por encima del tejido, haciendo que ella soltara un gemido ahogado, como un quejido de gata.
—¿Te gusta que te toque así? —repitió, pero esta vez con la voz más gruesa, más ronca.
—Sí —susurró ella—. Pero no me vas a hacer preguntas. Te voy a decir qué hacer.
Carlos se rió, bajo, divertido. Le dio un pellizco en la punta del pezón, fuerte pero no doloroso.
—Entonces, *chingada*, dime qué quieres.
Ella lo tomó de la mano y lo llevó hasta el sofá pequeño que había a un lado, de cuero oscuro, usado pero cómodo. Lo empujó a sentarse, y se puso de rodillas frente a él. Con cuidado, desabrochó su pantalón, bajó la cremallera, y dejó que su verga saltara libre, ya húmeda en la punta, gruesa y redonda al final, la cabeza rosada.
—Hoy no vas a tener que pedirme nada —dijo ella, levantando la mirada—. Hoy vas a dejar que yo te meta la lengua donde me de la gana.
Carlos cerró los ojos. No dijo nada. Solo se recostó, apoyando las manos en el respaldo, como si ya supiera que se iba a dejar llevar.
Ella lo acarició con la palma, desde la base hasta la cabeza, lentamente, sintiendo cómo reaccionaba su cuerpo: más grueso, más caliente, más suyo. Luego, con la punta de la lengua, rozó la grieta de abajo, saboreando la sal de su piel. Él soltó un gruñido.
—Jodida… —murmuró.
Adriana sonrió contra él y lo tomó con ambas manos, lo llevó a su boca sin prisa, dejando que entrara poco a poco. Lo chupó con suavidad al principio, con labios húmedos y lengua que giraba alrededor de la cabeza, hasta que Carlos ya no aguantó y la tomó de las nalgas, empujándola más hondo.
—Más —exigió, pero no con brusquedad, sino con un tono de súplica que la hizo sentir poderosa.
Ella lo hizo de nuevo, pero esta vez con más fuerza, tragando hasta la base, sintiendo cómo su cuerpo temblaba, cómo sus dedos se clavaban en su cabello, no para detenerla, sino para guiarla. Le acarició las nalgas con las yemas, jugando con el borde de su falda, que ya estaba subido hasta la base de su culo.
—¿Quieres que te la meta ahora? —le preguntó entre jadeos, cuando él se separó de su boca con un sonido gutural.
—Sí —respondió él, y esta vez sí la tomó de la cintura, la levantó, y la sentó sobre sus piernas, frente a frente—. Pero no con la boca. Con esto.
La giró, la puso de cuatro patas sobre el sofá, le subió la falda hasta la cintura y le bajó la bragas de un lado, dejando su culo desnudo, húmedo ya por el deseo. Le separó las nalgas con las manos, dejando que su verga rozara su entrada, sin entrar aún.
—Dime si estás lista —susurró Carlos, con la frente pegada a su espalda.
—Sí —respondió Adriana, y se echó hacia atrás, aceptándolo con un movimiento suave.
Carlos entró de golpe, hasta la raíz, y Adriana soltó un grito que no supo si era de placer o de rendición. Él se detuvo un segundo, saboreando el calor apretado, la tensión de su cuerpo alrededor de su verga.
—Te dije que no ibas a pedirme nada… —dijo él, y empezó a moverse, lento al principio, como si le estuviera enseñando una lengua nueva—. Pero hoy, en esta oficina, en este sofá… tú eres quien manda.
Ella se agarró a los cojines, empujando contra él, pidiendo más, pidiendo que la cogiera, que la chingara como le había estado soñando desde hacía semanas. Él le dio lo que quería: una entrada dura, larga, con una fuerza que la hacía temblar, con una velocidad que la dejaba sin aire.
—Más fuerte —rogó ella, y él cumplió.
Carlos la agarró de las caderas y la frotó contra el respaldo del sofá, entrando y saliendo con un ritmo que la hacía ver estrellas. Ella sintió su propio cuerpo acelerarse, los músculos del estómago apretándose, la verga de él rozándole el punto más sensible, ese que solo él sabía dónde estaba.
—Carlos… —gimió, y su nombre sonó como una plegaria.
—Sí, chingada —respondió él, y la tomó de nuevo por el cabello, tirando suavemente—. Ven a mí. Ven a tu jefe.
Ella se dejó llevar. Se dejó dominar. Se dejó querer. Y cuando él apretó sus nalgas con fuerza y se clavó una última vez, ella sintió el espasmo, el clímax, el mundo que se detenía y luego se volvía a montar, con Carlos dentro de ella, jadeando su nombre como si
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.