Lo que pasó cuando mi jefe me llamó a su oficina después del trabajo

Lo que pasó cuando mi jefe me llamó a su oficina después del trabajo

@natalia_fuego ·26 de junio de 2026 · 🔥 4.2 (8) · 22 lecturas · 7 min de lectura

Esa noche, el cielo de Medellín estaba cargado de nubes grises que amenazaban con soltar una llovizna tibia, pero yo no sentía el aire frío ni el olor a mojado que subía del suelo. Solo sentía el calor que me subía por la espalda cada vez que recordaba cómo me había llamado: “Natalia, ¿puedes quedarte cinco minutos? Tengo algo para ti”.

Era viernes. 8:47 p.m. El edificio ya estaba casi vacío, solo quedábamos yo, mi jefe —Carlos— y una señora de mantenimiento que pasaba arrastrando su carrito con silentio de monja. Carlos no era el típico jefe autoritario, ni mucho menos. Era delgado, de pelo canoso bien recortado, gafas redondas que usaba solo para leer informes, y una voz baja que parecía hecha para susurrar secretos. Tenía 49 años, dos hijos universitarios y una risa que soltaba como si le doliera, pero que siempre me hacía sentir que estaba en su confianza.

Me quedé. No porque me obligara —nunca lo hizo—, sino porque algo en la forma en que me dijo “te lo agradecería personalmente” me hizo sentir que no era solo una charla profesional. Sentí un cosquilleo en el estómago, como cuando una botella de gaseosa se agita y aún no se abre.

Cerró la puerta detrás de mí con la llave, como si el mundo exterior se desvaneciera de golpe. El aire se volvió espeso, cargado de perfume de madera y tabaco frío. Me ofreció un vaso de agua, pero yo pedí café. Negó con la cabeza y dijo: “No, mejor nada. Quiero que estés clara. Y tranquila”.

Me senté en la silla de visitas, las manos sobre las rodillas, la falda ajustada que me subí un poco por el nervios. Él se quedó de pie, con las manos en los bolsillos, mirándome. No con lujuria, no al principio. Con algo más lento, más hondo: con deseo calculado, como si estuviera leyendo un poema que ya conocía, pero que cada vez le emociona más.

—Natalia —dijo—, hace meses que noto que te miras cuando paso cerca de tu escritorio. Que te ruborizas. Que te muerdes el labio cuando te hablo.

Me congelé. No por vergüenza, sino por el aliento que se me atravesó en la garganta. Porque era cierto. Lo había notado. Lo notaba cada día. No solo yo. Él también.

—Yo también lo noto —continuó, acercándose un paso—. No como jefe. Como hombre. Como alguien que lleva quince años sin sentir el peso de un deseo que no sea de cortesía.

No dije nada. Solo lo miré. Y en ese silencio, el mundo se hizo pequeño. Solo quedamos los dos, el sonido de la lluvia que por fin cayó suave contra la ventana, y el latido que me temblaba en las muñecas.

Se arrodilló frente a mí, despacio, como si temiera que si se movía de golpe, yo me levantara y saliera corriendo. Pero no me levanté. No me moví. Solo lo vi bajar las manos, primero sobre mis muslos, luego deslizarse hacia arriba, bajo la tela de mi falda, hasta rozar el elástico de mis medias.

—¿Te importa si…?

No respondí con palabras. Con la cabeza le dije que sí. Con un movimiento casi imperceptible de mentón, como quien asiente en medio de un sueño.

Sus dedos subieron más, rozando el borde de mi slip, y luego se metieron dentro, suaves, como si temieran romper algo. Me tocaron ahí, donde ya estaba mojada, donde ya me habían ganado con solo mirarlo. Me tocaron con cuidado, con lento, con una intención que no era de trabajo ni de jefe, sino de algo que llevaba mucho tiempo esperando.

Me arqueé sin querer, un grito ahogado en la garganta. Él se detuvo, me miró, y me sonrió con los ojos.

—¿Quieres que pare?

—No —susurré—. Por favor, no.

Y entonces, con una lentitud que dolía y gustaba a la vez, me bajó las medias, la falda, y me dejó ahí, sentada, con el culito al aire, la ropa en los tobillos, y el pene de Carlos ya duro y listo, saliéndole entre los pantalones. Me agarró de las caderas, me tiró un poco hacia atrás, y me dijo:

—Dime qué quieres que te haga.

No lo dudé. Le tomé la mano y se la puse sobre su propio pene, sobre la cabeza ya húmeda de preseminio, sobre la vergüenza que ya no era vergüenza.

—Mámalo —le dije—. Quiero que lo mames, Carlos. Quiero verte hacerlo. Quiero que me mires mientras me comes el culo.

Y entonces, con una seguridad que no le conocía, se bajó los pantalones, se sacó la ropa interior, y allí lo tuve frente a mí: su pito grande, medio cureño, la cabeza roja, la vena que le subía por abajo como una serpiente dormida. Olor a hombre maduro, a sudor dulce y a algo más profundo, algo que no se olvida.

Me acerqué, temblando, y lo toqué con la punta de la lengua. El sabor salado, el calor que me quemó los labios. Él soltó un suspiro hondo, como si se hubiera librado de una carga.

—Tú sí sabes cómo hacerlo —murmuró—. Ya lo sabías.

Le abracé las rodillas, lo miré a los ojos mientras lo chupaba, lento, con suavidad, como si fuera a romperlo, pero no lo hacía. Lo tomaba con la boca, lo meneaba con la mano, lo lamía por abajo, por atrás, y cuando me pidió que lo tomara más hondo, lo hice. Me entró en la garganta, me llenó la boca, me hizo llorar sin querer. No por dolor, sino por la intensidad. Por la culpa. Porque sabía que esto no era solo sexo, era traición. Traición a la razón, a la lógica, a los años de trabajo, a la imagen que me había construido.

Pero también era deseo. Puro, sin filtros, sin miedo.

Me separé, jadeando, y me puse de rodillas frente a él. Le tomé las nalgas con las dos manos, le apreté el culo, y lo empujé hacia atrás, hacia la silla de cuero. Me agarré de sus muslos y lo senté, sin preguntarle nada. Él solo me miró, con los ojos cerrados, mientras yo me bajaba los pantalones y la ropa interior, me sentaba sobre su pene, y lo hundí dentro de mí, poco a poco, hasta sentir que me partía en dos.

—Dios, Natalia… —dijo, con la voz rota.

No le respondí. Solo me moví. Subí, bajé, con la cabeza hacia atrás, los pechos libres, sudorosa, sin vergüenza. Él me agarraba de los senos, me mordía el cuello, me decía “rico”, “mira cómo te lo meto”, “cuánto me chupas, mi niña”.

Me sentí poderosa. Peligrosa. Viva.

Cuando se acercó el dedo a mi clítoris y lo apretó con fuerza, no pude evitar el grito. Un grito largo, ahogado en la almohada que tenía detrás, un grito que nadie escucharía. Él se vino entonces, con un movimiento brusco, apretándome el culo con fuerza, y yo lo sentí todo: el calor, el temblor, el sabor a sal y a miel en mi boca.

Se derritió dentro de mí, y yo lo dejé. Dejé que se vaciara, que me llenara con lo que no había podido decir con palabras.

Cuando todo terminó, nos quedamos ahí, sentados en el suelo, con los cuerpos juntos, los pantalones por debajo de las rodillas, la lluvia golpeando la ventana como si fuera parte de la oración.

Carlos me besó la frente, me acarició el pelo, y me dijo:

—Hoy no fue un error.

Yo solo le sonreí, le besé la mano, y le dije:

—Mañana seguimos como si nada.

Pero sabíamos que nada volvería a ser igual. Porque cuando el cuerpo habla más fuerte que la razón, no queda otra opción que seguirlo. Aunque sea en una oficina vacía, a las 9:15 de la noche de un viernes lluvioso. Aunque sea con el jefe. Aunque se llame Carlos. Aunque me llame Natalia.

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Lo prohibido sabe mejor. Escribo el deseo culpable, la infidelidad, esas ganas que no deberíamos tener… pero tenemos.

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