Lo que pasó cuando mi jefa me llamó a su oficina después del trabajo

Lo que pasó cuando mi jefa me llamó a su oficina después del trabajo

@mateo_cruz ·9 de junio de 2026 · 🔥 4.0 (24) · 10 lecturas · 6 min de lectura

Yo todavía siento el calor de su mano sobre mi nuca cuando me pidiéndome que cerrara la puerta con llave. No era la primera vez que me quedaba después de hora, ni la primera vez que ella me mandaba hacer algo extra —pero sí la primera vez que sentí que el aire se ponía denso, como si el aire mismo hubiera aprendido a respirar entre nosotros.

Era viernes, ya las seis y media, y la oficina estaba vacía. Solo quedábamos nosotros dos, bajo la luz tenue del pasillo y el zumbido sordo de los equipos que aún no apagaban del todo. Ella, Clara, con ese vestido azul marino que le pegaba como una segunda piel, se había quedado atrás mientras yo recogía mis cosas. Me dijo, con esa voz baja y firme que siempre usaba cuando algo era serio: —¿Me hacés un favor, Mateo? —Y no esperó respuesta. Solo me miró, fija, y yo —porque vos sabés lo que es tener la piel que arde antes de que el otro haga el primer movimiento— le dije que sí, claro que sí.

Entramos y cerró la puerta. No con un golpe, sino con un cierre suave, como si temiera romper algo. Me señaló la silla frente al escritorio, pero yo me quedé de pie, con las manos en los bolsillos y los pies casi juntos, como si estuviera en un examen que no me había preparado.

—Sentate —dijo, y esta vez su tono no admitía réplica. No era agresivo, pero había algo en su voz que me hizo obedecer sin pensarlo.

Me senté. Ella se sentó atrás del escritorio, pero no se inclinó sobre los papeles como solía hacer. Solo se apoyó en el respaldo, cruzó las piernas con lentitud, y me miró. Yo no sabía bien qué esperar. Sabía que Clara tenía treinta y ocho años, que era viuda desde hacía dos, que le gustaba el vino tinto y los libros de historia. Y también sabía —porque el cuerpo no miente— que cada vez que me dirigía la palabra, sus ojos se quedaban un segundo más de la cuenta.

—Vine a agradecerte —dijo, y se levantó. Caminó despacio, como si estuviera midiendo cada paso, y se detuvo frente a mí. Me acarició la rodilla con la punta de los dedos, apenas un roce, pero yo sentí el calor como una descarga. —Vos fuiste el único que no se rindió con el proyecto del sur. Los otros solo buscaban excusas. Vos… vos lo hiciste bien.

—Fue trabajo en equipo —murmuré, con la garganta seca.

Ella soltó una risita baja, casi un suspiro. —No. Fue trabajo tuyo. Y hoy me gustó ver cómo te iluminás cuando hablás de eso. —Se inclinó, y su pelo cayó como una cortina entre nosotros. —Tenés manos fuertes, Mateo. Y mirá cómo se te pone la cara cuando estás nervioso.

Yo no lo sentía como nervios, no del todo. Lo sentía como un calor que empezaba en el vientre y se extendía hacia abajo, lento, constante. Me miré las manos, apoyadas en mis muslos, y vi que temblaban un poco. Ella lo notó.

—No tenés que tener miedo —dijo, y esta vez me tocó la barbilla con la yema del dedo, obligándome a alzar la vista. —Solo quería estar sola con vos. Un momento de verdad. —Y me acarició la mano, abrió mi puño con cuidado, y puso la suya encima, palma contra palma. —Sentí lo que sentís cuando me mirás. Yo también lo siento.

Me levanté, sin pensar, como si mi cuerpo ya hubiera tomado una decisión que mi cabeza aún no procesaba. Ella no retrocedió. Solo me miró, fija, y dijo: —Agradecédmelo como quieras. Pero… no te olvides de quién manda acá.

Fue como si me hubiera dado una orden, y yo, sin pensar, respondí con la verdad más desnuda que tenía: —Yo quería que vos me ordenaras algo. Desde la primera vez que te vi.

Ella me sonrió. No fue una sonrisa dulce, ni juguetona. Fue una sonrisa de quien sabe exactamente lo que tiene en sus manos. —Entonces vení —dijo, y me tomó de la muñeca, no con fuerza, pero con seguridad, y me llevó hacia el sofá que había frente a la ventana. El sol de la tarde aún entraba por la persiana entreabierta, dibujando rayas doradas sobre su piel.

Se sentó, me pidió que me sentara al lado, pero no me dejó relajarme. Me agarró de la cintura, me acercó, y con la otra mano me pasó el dedo por el cuello, despacio, como si estuviera midiendo el pulso. —Sí. Sentí cómo late —susurró. —Y ahora, decime: ¿qué querés que te haga?

No le dije nada al principio. Solo la miré. Ella no me presionó. Solo esperó, con la respiración pausada, con los ojos oscuros y los labios entreabiertos.

—Quiero… —empecé, pero me interrumpió con un dedo sobre los labios.

—No hablés. Mostráme. —Y me tomó la mano, la llevó a su muslo, a través del vestido. —Sentí cómo está. Cómo te responde.

Yo pasé la mano con lentitud, sintiendo la textura de la seda, el calor de su piel debajo. Ella cerró los ojos un segundo, soltó un suspiro corto, y luego me dijo: —Ahora, bajá. Pero no lo saqués. Solo querés tocar. Querés que se ponga dura mientras vos me mirás.

Yo lo hice. Deslicé la mano por su muslo, por la parte interna, hasta que sentí el borde del slip. Me detuve. Ella me miró, abrió los ojos, y asintió. Entonces la empujé un poco más, con el pulgar, contra el tejido. Ella jadeó, arqueó la espalda, y me dijo, con voz rota: —Sí… sí, así. No pare. Y no me mires los ojos… mirá mi boca.

Yo lo hice. Miré su boca, sus labios que se abrieron con cada roce, y mientras la tocaba con suavidad, con respeto, con deseo, ella me tomó la cabeza y me besó. No fue un beso apasionado, sino un beso de dominio: lento, profundo, con lengua y sin excusas. Me dijo, al separarse: —Sos mío por ahora. Y cuando te lo digo, no es una sugerencia.

Yo asentí. Le acaricié el labio inferior con el pulgar, y le susurré: —Sí, Clara. Soy tuyo. Como vos quieras.

Ella me soltó, se levantó, y se sacó el vestido con una sola mano, dejándolo caer al suelo como si fuera algo que ya no le servía. Quedó frente a mí, en ropa interior, con ese cuerpo que parecía hecho para ser mirado y deseado, pero también para ser conquistado. Me dijo: —Volvé a sentarte. Y esta vez… no me mires como un hombre que quiere. Me mirá como un hombre que sabe que ella lo va a decidir todo.

Yo lo hice. Me senté. Ella se acercó, se puso de rodillas frente a mí, me desabrochó los botones de la camisa sin apuro, y con los ojos clavados en los míos, me dijo: —Vos no hacés nada hasta que yo te lo diga. ¿Entendiste?

—Sí —respondí, con la voz más segura que había tenido en mi vida.

Y entonces, con la lentitud de quien sabe que cada segundo cuenta, ella me desabrochó el cinturón. Y me cogió con las dos manos, y me miró, y me dijo: —Sí. Apretá los dientes. Porque ahora, pibe… ahora te voy a garchar hasta que no te acuerdes de tu nombre.

¿Qué tanto te calentó?

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@mateo_cruz

Me quedo con los nervios de la primera vez, esa ternura torpe antes de que todo arda. Escribo el deseo que todavía no sabe su nombre.

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