Lo que pasó cuando mi jefa me llamó a su oficina después del trabajo
7 minLo que pasó cuando mi jefa me llamó a su oficina después del trabajo
Yo ya tenía veintiséis, y desde los dieciséis que me había jodido con la idea de que el trabajo era aburrido, pero esa tarde, con el sol cayendo como plomo fundido en la avenida Insurgentes y el aire acondicionado del piso dieciocho chillándole al silencio, sentí que algo iba a cambiar. No sabía qué, claro, pero mi cuerpo lo supo antes que mi cerebro: la piel me picaba, los nervios en la nuca, y esa punta de ansiedad que solo viene cuando algo que no debes querer está a punto de pasar.
Mi jefa —Lupita— siempre había sido distinta. No por cómo se vestía —trajes azul marino, blusas de seda, tacones que sonaban como disparos en el pasillo—, sino por cómo te miraba. No con la mirada de quien te evalúa para un aumento, sino con algo más lento, más húmedo. A veces, cuando me pasaba un reporte, sus uñas rozaban las mías un milisegundo de más. Otras veces, cuando me llamaba a su oficina a revisar algo, cerraba la puerta tras de mí y se quedaba ahí, parada frente al escritorio, con las piernas ligeramente separadas y los ojos fijos en los míos, como si estuviera calculando cuánto tardaría en que yo me derritiera.
Esa tarde, el proyecto había ido mal. El cliente se había echado pa’ atrás, y Lupita me había pedido que me quedara. “Solo un momentito, Carlos. Necesito que me ayudes a ver los números antes de que me vaya.” Su voz sonaba cansada, pero con algo ahí, en el fondo, que me hizo palpar el nudo en la entrepierna.
La oficina ya estaba vacía. Las luces del pasillo parpadeaban cada tanto, y el eco de sus pasos en el suelo de mármol sonaba como una cuenta regresiva. Cuando entré, ella estaba parada junto al ventanal, con la espalda vuelta a mí, viendo la ciudad encendida. Se giró cuando cerré la puerta, y por un segundo, ni siquiera parpadeó. Solo me miró, como si me estuviera desprendiendo una por una las prendas con la mente.
—Siéntate —dijo, sin moverse del sitio. Yo me senté en la silla frente al escritorio, la espalda recta, las manos sobre las rodillas, como si estuviera en una entrevista de despedida. Pero ella no iba a despedirme. Eso lo supe al instante.
—No tan rígido, Carlos —sonrió, y esa sonrisa no tenía nada de profesional—. Anda, acércate.
Me levanté con lentitud, como si estuviera caminando sobre hielo. Cada paso le ganaba al otro en intensidad: el ritmo del corazón me subía al cuello, la respiración se me cortaba, y sentí el calor en las orejas. Cuando estuve a un metro de ella, se acercó un paso más, y su perfume —jazmín y tabaco oscuro— me envolvió como una manta.
—¿Te he asustado? —preguntó, poniendo una mano sobre mi pecho. No era una pregunta. Era una advertencia.
Yo tragué saliva, con la boca seca. —No. Solo… no sabía que me iba a pedir esto.
—¿Y qué era? —preguntó, bajando la mano hasta mi hombro, y luego deslizándola por el brazo, como si estuviera tocando un instrumento que solo ella conocía.
—No lo sé. Pero desde hace semanas… —me detuve, buscando las palabras correctas—. Desde hace semanas, cuando me tocas la espalda para corregirme una postura, siento la verga dura como una piedra.
Ella rió, suave, casi un susurro. —A mí también me pasa. Pero yo ya no lo ignoro.
Y entonces, sin más preámbulo, me agarró del puño y me arrastró hasta el sofá que había al fondo de la oficina, pequeño, de cuero negro, y me sentó sobre él. Ella se arrodilló frente a mí, sin perderme de vista ni un segundo. Me desabrochó el cinturón con un movimiento rápido, pero no abrió el botón de mis jeans aún. Solo tiró suavemente del borde, dejando que el tejido se abriera lo justo para que saliera mi verga, dura y ansiosa, como si hubiera estado esperando ese momento desde el primer día que me puse esa camisa.
—Hermosa —murmuró, pasando los nudillos por el glande—. Tan negra, tan recta… como una promesa rota.
Me acarició la base con la palma, lenta, y luego me tomó con ambas manos, apretando con fuerza controlada. No se apresuró. No. Me miró a los ojos mientras me bombeaba, con una regularidad que me hacía gruñir sin querer.
—¿Quieres que te chupe? —preguntó, sin dejar de mover las manos.
—Sí —jadeé—. Sí, por favor.
Ella asintió, y entonces me soltó un segundo para deslizarse la blusa por los hombros. Se quedó con el sujetador negro de encaje, pero no lo bajó. Solo se lo dejó puesto, con los tirantes finos cruzados en la espalda, y se inclinó hacia adelante hasta que su boca rozó la punta de mi verga.
No me dio tiempo ni a exhalar. Me metió el glande entero, con una succión suave pero firme, y yo arqueé la espalda, con las uñas clavadas en el borde del sofá. Ella no se apresuró. Me tomó con paciencia de depredadora, sacándome con lento ritmo, girando la lengua alrededor del cuerpo, y cada vez que me mordía el frenillo con los dientes, yo sentía que se me iba la vida por las piernas.
—¿Quieres venirte en mi boca? —preguntó, separándose un poco, con la lengua aún rozando la cabeza.
—No… no sé si aguanto… —musité, con la voz rota—. Me voy a ir…
—Entonces ve. Pero cuando lo hagas, voy a sentirte en mi garganta, y luego te lo voy a devolver en la boca, y luego te lo voy a chupar hasta que no te quede ni una gota.
Y entonces me metió otra vez, más fondo esta vez, y mientras me chupaba, me metió una mano entre las piernas, buscando mis testículos y masajeándolos con suavidad, como si me estuviera preparando para algo más grande.
Yo no aguanté más. Un gemido me salió como un sollozo, y mi cuerpo se estremeció, la verga palpitando como un corazón en pánico, mientras yo me corría dentro de su boca, todo lo que tenía, todo lo que había contenido durante semanas, todo lo que había querido decirle con miradas, con gestos, con silencios.
Ella no se movió. Dejó que se me acabara, que se me desinflara dentro de su mano, y luego me besó en la frente, como si me estuviera bendiciendo.
—¿Quieres que te folle? —preguntó entonces, poniéndose de pie, y abriendo su falda con un solo movimiento—. Porque yo también quiero sentir tu verga dentro de mí.
Y ahí, en esa oficina, con la ciudad brillando al fondo y el eco de mi respiración entrecortada en el aire, yo le dije: —Sí. Ña’ que sí. Chingáme como se debe.
Y ella sonrió, y se sentó sobre mí, con las piernas a los lados del sofá, y bajó su culo, lento, hasta que su coño —húmedo, calentito, perfecto— se cerró alrededor de mi verga, que ya se me estaba volviendo a poner dura, como si hubiera sabido que faltaba lo mejor.
Y entonces, con ella agarrándome de los hombros y yo metiéndole las manos en las nalgas, empezamos a movernos, no con locura, sino con una lentitud que dolía tanto que me hizo llorar un poco. Cada subida de su cuerpo, cada bajada, era un juramento. Cada suspiro, un relámpago.
Yo la sentía, su coño apretado, su piel sudada, su pecho subiendo y bajando contra el mío. Ella se inclinaba, me mordía la oreja, me susurraba al oído: “Carlos… Carlos… cómo me mueres, cariño… cómo me mueres…”
Y cuando yo sentí que iba otra vez, que se me iba la vida por los pies, ella me apretó la cintura con las piernas y me dijo: —Venite. Venite ahora, cariño. Venite en mi coño.
Y yo lo hice.
Con sus uñas clavadas en mi espalda, con su respiración en mi cuello, con su nombre en mis labios.
Después, ella se limpió con una toalla de papel, se arregló la falda, y me pasó una botella de agua. No dijimos nada. Solo nos miramos, y yo supe que nunca más volvería a verla de la misma manera.
Pero sí volvería.
Porque eso, cariño… eso es lo que pasa cuando la jefa te llama después del trabajo.
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