Lo que pasó cuando me quedé sola en la casa de campo
7 minLo que pasó cuando me quedé sola en la casa de campo
Sí, vos sabés que soy de las que no se deja llevar fácil. Que siempre piso firme, que tengo mis límites bien marcados, que me encanta jugar con el fuego pero sin quemarme. Pero esa tarde, cuando el celular sonó y escuché la voz de Lucía—mi vecina, mi amiga, la que me miraba con esos ojos que no decían nada y todo a la vez—dije sí sin pensarlo. No por la invitación en sí, sino por lo que había detrás: “El marido se llevó a los chicos a Mar del Plata, la casa está vacía. Vení si querés, traé algo de comer, algo de beber… y a vos te conviene venir, Adriana. Acá no hay nadie.”
Y yo, qué querés que te diga, vine.
No por aburrimiento —aunque sí había un poquito—, ni por necesidad —porque no la tenía—, sino porque desde hacía meses venía notando algo. Algo que me ponía nerviosa sin razón aparente. Cuando Lucía pasaba por la vereda con su camiseta mojada del sol, cuando se inclinaba a arreglar su jardín y el viento le levantaba la falda un par de centímetros… yo me mordía el labio, fingía leer, me preguntaba si ella también sentía algo, si lo notaba en mis ojos, si lo había visto alguna vez.
Pero nunca lo confirmamos. Hasta esa tarde.
Llegué con una botella de vino tinto, una lata de aceitunas y una tableta de chocolate negro. Me costó elegirlo, por cierto: el chocolate tenía que ser amargo, sí, porque así el contraste con el dulce del vino y el salado de las aceitunas hacía que todo se sintiera más intenso. Y sí, lo armé como si fuera un ritual. Como si supiera que algo iba a pasar.
Cuando abrió la puerta, Lucía tenía los cabellos sueltos, suelos sobre los hombros, con una humedad aún pegada a la piel como si acabara de salir del agua. Vestía un shorts de algodón y una remera blanca que se le pegaba en los pechos, húmeda por la transpiración y el calor. Me miró y me sonrió con esa sonrisa que solo se usa cuando no querés que nadie más la vea. Me abrazó, y sentí el calor de su cuerpo antes de que sus manos me soltaran. Olía a cloro, a sal, a sudor y algo más… algo que no sabía nombrar, pero que me hizo temblar un poco las manos.
—Trajiste todo lo que yo quería —dijo, cerrando la puerta detrás mía—. Incluso me agradecés el chocolate.
—No me agradecés a mí, Lucía —le dije, mirándola fijo, con la mirada que no le dejaba escapatoria—. Me agradecés a vos, por venir.
Se rió, pero fue una risa corta, contenida, como si supiera que si se dejaba llevar se iba a romper. Y después de un segundo de silencio, me tendió la mano.
—Vení al jardín. La parrilla ya está prendida, el vino está helado, y… vos sabés lo que falta.
No dije nada. Solo le tomé la mano y la apreté un poco, como para confirmar que estábamos en el mismo lugar, que esto era real, que no era un sueño ni un descuido del calor. Caminamos juntas, el pasto fresco bajo los pies descalzos, las hojas crujientes bajo nuestros pasos. El sol ya se iba, dejando un cielo anaranjado que se reflejaba en sus ojos. Me senté en la hamaca, ella al lado, con las piernas cruzadas, el vaso en la mano. Nos miramos. No con urgencia, sino con lentitud, como si estuviéramos leyendo algo escrito en la piel del otro.
—Me mirás como si me quieras comer —dije, bajando la voz.
—¿Y si sí? —respondió, y se acercó un poco más—. ¿Vos me querés dejar comer?
Me quedé callada un rato. Mordí un poco de chocolate, sentí el sabor amargo subiéndome por el paladar, luego el dulce, y después el vino, que me calentó el pecho. Le devolví la mirada, y esta vez no la bajé.
—Sí —dije. Y era la primera vez que lo decía en voz alta.
Ella se levantó. Me tendió la mano otra vez, pero esta vez no fue una invitación. Fue una orden suave, una promesa. Me puse de pie. Y entonces ella me besó.
No fue un beso de prueba, ni un beso de curiosidad. Fue un beso profundo, con lengua y con hambre, con el sabor del chocolate y del vino y de ella, de su boca húmeda y cálida. Me agarró la nuca, me tiró suavemente hacia atrás, y yo me dejé llevar, porque en ese momento ya no me importaba si era correcto, si era una locura, si alguien nos veía. Me importaba solo su respiración, su piel, el modo en que sus dedos se hundían en mi cabello y me obligaban a seguir besándola.
Cuando se separó, los ojos le brillaban, las mejillas rojas, el pecho subiendo y bajando rápido. Me tomó de la mano y me guió hacia la casa. No hacia el living, ni hacia el cuarto de huéspedes, sino hacia su habitación. La puerta se cerró con un clic suave, como si el mundo entero se hubiera detenido ahí afuera.
Me deshice la remera con lentitud, como si le estuviera haciendo un regalo. Ella me ayudó con los pantalones, con los botones, con la cremallera. Y yo le quité la remera también, dejando al descubierto su torso, su piel morena, sus pechos pequeños pero firmes, con los pezones duros y oscuros por el calor y la excitación. Me acerqué sin prisa, y le pasé la lengua por uno, sentí cómo se estremecía, cómo soltó un gemido bajo, como si no estuviera segura de si era correcto dejarlo salir.
—Sí —le dije, besándole el cuello, mordiéndole suavemente la oreja—. Decilo en voz alta. Decime que querés que te toque.
Me miró con los ojos cerrados, la boca entreabierta, y finalmente dijo: —Sí. Quiero que me garchés. Quiero que me couses.
Y entonces, sin más, me senté sobre la cama, la tomé de la cintura y la tiré sobre mí. Ella se subió, se acomodó sobre mi pelvis, y yo le separé las piernas con las manos, sintiendo el calor de su concha ya mojada, ya lista para mí. Me puse de rodillas, la tomé por las caderas y la tiré hacia atrás, sobre la almohada, y con los dedos le separé los labios. La vi temblar, vi cómo se mordió el labio, cómo cerró los ojos cuando le pasé la punta de la lengua por el clítoris, cómo se arqueó cuando le inserté un dedo, después otro, lentamente, con cuidado, con ganas de hacerla explotar.
—Adriana… —gimió, agarrando el sábana con fuerza—. No aguanto más… querés que te meta el dedo en la boca?
Asentí, y entonces ella se inclinó, me sacó el dedo y lo chupó lento, con la mirada clavada en la mía, mientras yo le seguía moviendo los dedos dentro, estirándola, haciendo que gire la cadera, que se abra más, que me pida más.
—Dime qué querés —le susurré—. Decime qué querés que te haga.
—Quiero que me jodas —dijo, sin dudar—. Quiero que me conchés hasta que no pueda más. Quiero que me garchés como si no hubiera mañana.
Y entonces, sin más preámbulos, me puse encima suya, le separé las piernas con las rodillas y me deslicé entre ellas, con la punta de mi pene ya duro, ya listo para entrar. Lo rozé contra su concha, contra su clítoris, contra todo lo que más le gustaba, y la vi gritar su nombre, la vi arquearse, la vi abrirse para mí.
Y cuando por fin entré, lento, con cuidado, con ganas de durar, sentí su cuerpo cerrarse alrededor mío, sentí su respiración cortarse, sentí su placer subiéndose por mi espalda como un latido.
—Sí… sí… sí… —le decía yo, moviendo las caderas, mientras ella me abrazaba con fuerza, me mordía el hombro para no gritar demasiado—. Decime que me querés, decime que esto es real.
—Te quiero, Adriana —me dijo, con los ojos húmedos—. Te quiero mucho. Y querés que te diga otra vez… ¿otra vez?
—Sí —le susurré—. Decime otra vez. Y mientras me decís eso, te voy a coger más fuerte.
Y lo hice. Lo hice con todo lo que tenía. Con ganas, con hambre, con desesperación contenida por meses. Y ella me siguió, me suplicó, me pidió que la jodiera hasta que no pudiera más. Y cuando vinimos juntos, con los cuerpos sudados, los labios partidos, las manos temblorosas, nos quedamos quietos, abrazados, con la respiración entrecortada, con el silencio
¿Te ha gustado? Valóralo