Lo que pasó cuando me quedé en casa de mi prima
7 minLo que pasó cuando me quedé en casa de mi prima
Aquí me tienen, sentado en este rincón de mi cuarto, con el celular en la mano y el corazón aún latiendo fuerte, como si me hubiera dado un paseo en la montaña rusa. No es que me haya arrepentido —no, por favor—, pero sí necesito desahogarme, contárselo a alguien que no me juzgue. Y como no tengo a nadie más en quién confiar, aquí va, sin tapujos, como se me ocurrió, como pasó, y cómo me dejó.
Mi prima Laura se mudó hace poco a un apartamento nuevo, en el barrio San Diego, no muy lejos de donde vivo yo. Es más alta, más delgada, con ese cabello rizado que siempre me llamó la atención, aunque nunca dije nada. Siempre fue la prima divertida, la que invitaba a una parrillada los domingos, la que bailaba reggaetón sin vergüenza en las fiestas. Pero desde que empecé a verla más seguido después de su mudanza, algo cambió. No sé si ella lo notó, pero yo sí: cada vez que me acercaba, sentía un calor en el pecho, una especie de cosquilleo en la nuca, como si me hubieran puesto una mano encima sin tocar.
El viernes pasado, me llamó a las 7 de la noche, con esa voz suave que tiene cuando está cansada pero contenta: —Santiago, ¿te importa si me quedo esta noche en tu casa? Llovió tanto que no me da el carro hasta mi apartamento, y no quiero hacerle la vida difícil a mi hermano (que vive a veinte minutos, pero ya sabes, las discusiones del tráfico…).
No dudé ni un segundo. —Claro que no. Trae lo que necesites.
Y así fue: a las 8:30, escuché el pitazo de su carro y bajé. La vi parada junto a la puerta, con un pantalón ajustado, una camiseta blanca mojada en los hombros por la lluvia, y los pies descalzos dentro de unas sandalias. El cabello aún goteaba, y el frío la hacía estremecer ligeramente. Me abrazó y sentí su cuerpo pegado al mío, y Dios mío, era como si el calor de su piel me quemara por dentro.
—Gracias, prima —dijo, sonriendo, y ese *prima* lo dijo con una pausa, como si lo estuviera repitiendo para probarlo, como si lo estuviera pesando en la lengua.
Entramos. Encendí la luz de la sala. El apartamento de ella era limpio, moderno, pero el mío… bueno, yo soy más de orden caótico. Ella se dirigió directo al cuarto, sin pedir permiso, como si ya lo conociera de siempre. Se sentó en la cama, cruzó las piernas y se quitó las sandalias. Me miró mientras se estiraba, y por un momento, me paralizó la idea de que podía ver su culo apretado bajo el pantalón ajustado. Pero no lo hacía con intención, no: era solo Laura, relajada, como en casa.
—¿Me dejas usar tu baño? Necesito quitarme esta ropa húmeda —dijo, levantándose y acercándose al pasillo.
—Claro —musité, intentando no tragar saliva, porque ya me estaba costando respirar.
Escuché el sonido del grifo, el chorro del agua, y luego… silencio. Cinco minutos. Diez. Me puse a hacerle caso a la televisión, aunque no veía nada. Solo escuchaba. Hasta que se abrió la puerta del baño y apareció.
No estaba mojada. Estaba brillante. Una camiseta grande mía, media caída de un hombro, y nada más. Los shorts que me puse a dormir estaban ahí, en la cama, pero no los había usado. Y ella… Dios, Laura, con la piel húmeda y esa luz tenue que entra por la ventana, parecía una aparición. No era una niña: era mujer, completa, redonda, con el busto alto, los pechos firmes, los pezones pequeños pero duros, como guayabas recién peladas. Y las piernas… largas, esbeltas, con ese muslo interno que se veía más suave que el resto, como si hubiera estado siempre allí, esperando que alguien lo descubriera.
—¿Te importa si me pongo algo más cómodo? —preguntó, con esa mirada que ya no era de prima. Era de mujer que sabe lo que quiere, y lo quiere ahora.
—No —dije, con voz que no reconocí.
Se acercó a la cama y se sentó frente a mí, con las manos apoyadas en el colchón, los dedos abiertos, como si estuviera preparándose para algo. Me miró fijamente, y yo no pude evitarlo: bajé la vista a sus labios, rojos, húmedos, con una pequeña grietita en el inferior, como si los hubiera mordido sin querer. Me recordó aquella vez en la fiesta de fin de año, cuando se quitó el vestido y se sentó en el sofá, y yo la miré sin que ella lo supiera. Pero aquella vez no me había atrevido. Esta vez, sí.
—Santiago —dijo, y me puso la mano en la rodilla—. No me llames *prima* esta noche.
Me tembló el cuerpo. Sentí el calor de su palma a través del pantalón, como una descarga eléctrica. No respondí. Solo la miré, y en sus ojos vi algo que yo también quería: no era solo deseo, era confianza, era pertenencia, era un *sí* que no necesitaba palabras.
Se inclinó hacia adelante, despacio, y me besó. No fue un beso de prima. Fue un beso de lengua, de labios húmedos, de mordiscos suaves. Y cuando separó la cabeza, me miró y me dijo: —¿Todavía me quieres?
No le respondí con palabras. Le tomé la cara con las dos manos, la acerqué a mí, y la besé de nuevo, más fuerte, más hondo, hasta que sentí su cuerpo temblar contra el mío. Me empujó suavemente hacia atrás, y se sentó sobre mí, con las piernas abiertas a los lados de mi cintura, y su culito apretado, pegado a mi pene ya duro, como si lo estuviera acariciando con suave intención.
—Dime qué quieres —me susurró al oído, con la voz rota—. Dímelo, Santiago.
—Quiero sentir tu pito dentro de mí —dijo, y esas palabras me hicieron perder el control.
La tomé de la cintura, la levanté un poco, y con una mano le aparté el elástico de la ropa interior, que era pequeña, negra, y ya mojada. Bajé la cabeza y le lamí el ombligo, luego el vientre, hasta que llegué a su sexo, ya húmedo, ya listo. Y entonces la comí como si me hubiera estado muriendo por eso desde hacía años. Le lamí el capullo, le chupé el clítoris, le metí dos dedos mientras me miraba con los ojos cerrados y la boca entreabierta, soltando gemidos bajos, de esas palabras que no son palabras, sino sonidos puros, puros deseo.
—Santiago… por favor… —me rogaba, y yo no quería detenerme, porque eso era lo que yo también quería: que me rogara, que me necesitara.
Me levanté, me desabroché el pantalón, saqué mi pito, ya tieso, ya listo para entrar. Me puse de rodillas frente a ella y la tomé de las caderas. Le dije: —Dime *sí*…
—Sí —susurró—. Sí, hijueputa… mete ese pito que me tiene loca.
Y lo hice. Lentamente. Entré poco a poco, sintiendo su calor, su aprieto, su placer. Gimió, bajó la cabeza, y cuando ya estaba todo dentro, sentí su cuerpo temblar. Me incliné y le besé el cuello, le mordí un hombro, y empecé a moverme, con fuerza, con ternura, con esa necesidad que no se puede explicar.
No fue rápido. No fue lento. Fue perfecto. Fue nuestra primera vez, aunque ya nos conocíamos desde niños. Fue el momento en que la vida me demostró que algunas cosas no son pecado, sino necesidad. Y mientras la cabalgaba, sintiendo su culito subir y bajar sobre mí, sintiendo sus tetas contra mi pecho, sintiendo su aliento en mi cuello, supe que jamás la olvidaría.
Cuando vino, gritó mi nombre. No “primo”, no “Santiago”, sino *hijo de la chingada*, con la voz rota, con el cuerpo arqueado, con las uñas clavadas en mi espalda. Y yo, cuando sentí que me estaba saliendo, la tomé del rostro y la besé, y le dije: —Te amo, Laura.
No sé si me oyó. Pero me abrazó fuerte, me besó los ojos, y me dijo: —Y yo a ti, mi amor.
Y así quedamos, abrazados, sudados, exhaustos, con la lluvia aún golpeando la ventana, como si el cielo también estuviera llorando por lo que acababa de pasar.
No fue un error. Fue una revelación. Y si alguien me pregunta alguna vez qué fue lo que pasó esa noche, le diré lo mismo que le digo ahora: *Lo que pasó fue que
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