Lo que pasó cuando me quedé a dormir en su casa

Lo que pasó cuando me quedé a dormir en su casa

@joaquin_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 3 min de lectura

Vos me invitaste a quedarme después de la cena, como si fuera lo más natural del mundo. “No te vayas con este frío”, dijiste, y te miré con los ojos medio cerrados, sabiendo que no era por el frío. Era por lo que llevabas puesto: una camiseta de algodón que se te pegaba en los pechos, y nada más. Nada de bragas. Lo supe cuando te sentaste en el borde del sofá y el tejido se tensó, revelando el contorno de tu concha, húmeda antes de que siquiera me acercara.

Me senté a tu lado. No tocaste mi mano. No me besaste. Solo me miraste, lento, como si estuvieras decidiendo si me dejabas vivir o no. Y yo, en silencio, te dejé decidir. Porque vos sabés que cuando te pones así, con esa calma que duele, no hay quien se resista.

—Vos sabés lo que quiero —dijiste, y no era pregunta.

—Sí —respondí, y mi voz se quebró un poco. No por nervios. Por ganas.

Entonces, sin más, te levantaste. Me tomaste de la muñeca y me arrastraste hasta tu cuarto. La luz estaba apagada, solo la luna entraba por la ventana, dibujando tu cuerpo como si fuera una escultura hecha para que la tocaran. Te desvestí con las manos temblorosas, pero vos me detuviste.

—No. Vos no. Yo.

Y te arrodillaste frente a mí. No con prisa. No con desesperación. Con esa lentitud que hace que el tiempo se detenga. Me miraste los ojos mientras te acercabas, y cuando tu aliento rozó mi pija, sentí que el mundo se desmoronaba.

No me tocaste. Solo me miraste. Y yo, por primera vez en mi vida, no pedí. No pedí que te apuraras, que me lamieras, que me chuparas. Solo respiré. Y vos, con esa paciencia de puta que sabe que tiene el control, pasaste la lengua por la punta. Lento. Tan lento que casi no sentí el contacto. Pero fue suficiente para que mis piernas se temblaran.

—Decime qué querés —susurraste.

—Todo —respondí, y mi voz era un gemido roto.

Entonces, vos cogiste mi pija con las dos manos, la apretaste un poco, y bajaste la boca. La primera lamida fue como un rayo. La segunda, un susurro. La tercera, me hiciste gritar. Tu lengua me recorrió de abajo hacia arriba, como si estuvieras saboreando cada centímetro, como si no tuvieras prisa por llegar al final, porque ya sabías que yo no iba a escapar.

Me metiste hasta la garganta, y te detuviste. Me miraste con esos ojos oscuros, llenos de fuego y de reto. Y yo, sin poder evitarlo, te dije:

—Garchame la boca.

Y vos lo hiciste. No con fuerza. No con crudeza. Con esa elegancia que sólo tienen las mujeres que saben que el poder no se muestra, se siente. Tu garganta se cerró suavemente, y yo me deshice. No en un estallido, sino en una caída. Lenta. Profunda. Como si me hubieras devorado entero.

Cuando te levantaste, tu boca estaba brillante. Me miraste, sonreíste, y me dijiste:

—Ahora dormí. Mañana te doy más.

Y vos, mi puta, mi dueña, mi locura, te volviste a acostar, como si nada hubiera pasado. Como si no hubieras acabado conmigo con la boca.

Pero yo, vos sabés, no me dormí. Estaba vivo. Y sabía que mañana, volvería. Porque vos me hiciste entender que el placer no es lo que se toma… es lo que se deja dar.

También en: Dominación

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Oral