Lo que pasó cuando le gustó el cuero
7 minLo que pasó cuando le gustó el cuero
Luisa entró a la ferretería «El Tornillo Feliz» a las 4:47 p.m., con el sol del mediodía calentándole el cuello y una bolsa de plástico con dos botellas de gaseosa y un paquete de galletas. Llevaba puesto un vestido ajustado, celeste, con una falda que le quedaba justo encima de la rodilla y una camiseta sin mangas que dejaba ver sus brazos morenos y sus hombros redondos. Su pelo, negro y ondulado, lo había recogido en una coleta suelta, pero ya le había soltado un par de mechones que le rozaban las mejillas. Era la primera vez que iba a la ferretería —sí, la primera—, y no era por necesidad, era por él.
Jorge estaba tras el mostrador, con la camisa blanca entrecerrada hasta el tercer botón, los puños arremangados, y un taladro en la mano. Lo había estado arreglando desde las 4, pero cuando la puerta sonó con ese chasquido seco que siempre anuncia una llegada inesperada, levantó la vista. Y ahí la tuvo: a Luisa, con su sonrisa tímida, los ojos grandes y brillantes, y esa mirada que no sabía si era de vergüenza o de deseo.
—¿Qué tal? —dijo ella, como si estuviera hablando con un vecino, pero con una voz que le tembló un poco en la última sílaba.
—Eh… bien, bien —respondió él, dejando el taladro sobre una caja de clavos—. ¿Necesita algo?
—Sí. Un clavo… no, dos. Pero no clavos comunes. Quiero… cuero.
Jorge parpadeó. No por lo que dijo, sino por cómo lo dijo. Con ese acento paisa suave, con esa entonación que parecía decirle *más*, aunque no dijera más.
—¿Cuero? ¿Como en… cuero de zapatos? ¿O cuero de…?
Ella se acercó al mostrador. No rápido, no lento. Justo al ritmo que hacía que su falda se moviera como si estuviera bailando solo para él.
—Cuero, Jorge. El que se usa para hacer correas. gruesas. Las que se enrollan. Las que se atan.
Jorge tragó saliva. Sentó el taladro, se limpió las manos en el pantalón, y bajó la mirada. Pero no por respeto. Porque justo entonces, el cuello de la camiseta de Luisa se deslizó un poco más hacia abajo, y dejó ver la curva de su pecho, redondo, suave, con una sombra que prometía más.
—Ah —dijo él, como si de pronto hubiera entendido algo que no entendía del todo—. Sí, tenemos. Por ahí atrás.
Ella no se movió. Lo miró fijo. Con esa mirada que él ya conocía desde hacía tres semanas, desde que empezó a verla pasar frente a su casa —ella vivía en la casa del fondo, la que tenía el jardín con flores amarillas—. Siempre iba de compras a la ferretería. Siempre se detenía a hablar. Siempre le dejaba un dulce, una galleta, una sonrisa.
—¿Me ayudas? —preguntó ella, y esta vez sí sonrió. De verdad. Con los ojos cerrados un poco, como si le diera vergüenza lo que iba a hacer, pero con la cara de quien ya decidió hacerlo.
Jorge no dijo nada. Solo se apartó del mostrador y se hizo a un lado, dejando pasar el espacio. Ella lo siguió sin dudar, y cuando pasó cerca de él, casi sin querer, su cadera rozó la de él. Un roce breve, leve, pero suficiente para que a Jorge se le pusiera duro el pito contra el cierre del pantalón.
Estaba oscuro en el almacén trasero. Una sola bombilla colgaba del techo, con el filamento negro por los bordes, y un aire húmedo que olía a madera vieja y metal. Las cajas de cuero estaban apiladas en un rincón, con etiquetas amarillentas y nudos de cuerda.
—Aquí —dijo él, agachándose—. Este tipo. Es el más grueso. Para amarrar.
Luisa se arrodilló detrás de él. No pensó. No dudó. Solo se acercó, y cuando su cuerpo quedó pegado a la espalda de él, Jorge sintió el calor de su vientre, el peso de sus pechos contra su espalda, y el olor a jabón de limón y a piel sudada.
—¿Quieres verlo? —preguntó él, tomando una de las correas. Era ancha, negra, de cuero recién curtido, con los bordes lisos y un brillo suave.
Ella no respondió con palabras. Solo tomó la correa de sus manos, lentamente, como si le temblaran los dedos, y la enrolló alrededor de su muñeca izquierda. Una vuelta. Dos. La tensó un poco. Y luego, con los ojos bajos, volvió a dársela.
—¿Tú me atas? —dijo, con voz que ya no era de niña, ni de vecina. Era de mujer que sabía lo que quería.
Jorge no pensó. Se puso de pie, y ella también. Lo miró fijo. Con los labios entreabiertos, con los pechos subiendo y bajando despacio.
Él tomó la correa. Le pasó la punta por la muñeca. La rodeó. La apretó. No fuerte, pero con seguridad. Y mientras lo hacía, sus dedos rozaron la piel de ella, su pulgar pasó por la vena que latía en su pulso.
—¿Te gusta? —preguntó él.
—Sí —respondió ella, sin vergüenza, sin miedo—. Me gusta que me toques así. Que me ates. Que me digas qué hacer.
Él la acercó. La tomó por la cintura. Y ahora sí, sin disimulo, sintió el calor de su culo, redondo y firme, contra su pene, que ya no aguantaba más.
—¿Quieres que te saque? —le preguntó, con la voz ronca.
Ella no respondió. Solo inclinó la cabeza hacia atrás y apoyó su nuca en su hombro. Y entonces, con una mano aún atada a la correa, con la otra le tomó la cara y lo besó.
Fue un beso lento, profundo, con lengua y saliva y ganas. Ella se abrió, y él entró como quien entra a un lugar que siempre supo que existía. Sus pechos se aplastaron contra su pecho, y Jorge sintió que se le iba el mundo encima.
—Mira… —le dijo ella, cuando se separaron un poco, con la respiración cortada—. Me gusta que me mires. Que veas lo que hago contigo.
Y entonces, con la correa aún enrollada en su muñeca, ella se agachó. No rápido. No lento. Justo al ritmo que hacía que su falda se subiera, dejando ver sus bragas de encaje, blancas, con un pequeño lazo en el centro.
Jorge sintió el calor de su aliento antes de que ella lo tocara.
—¿Puedo? —preguntó, con los ojos fijos en los de él.
Él solo asintió.
Y entonces, con la correa aún sujeta a su muñeca, ella tomó su pito a través del pantalón, le dio una palmadita seca, y se lo sacó con lentitud. Lo tuvo en la mano un segundo, mirándolo, y luego lo metió entre sus labios.
No fue rápido. No fue desesperado. Fue intencional. Con cada lamida, con cada succión, con cada vez que le rozaba los testículos con los dientes cerrados, le decía algo. Le decía que lo quería. Le decía que lo necesitaba. Le decía que estaba dispuesta.
Jorge le pasó la mano al pelo. No tiró. Solo acarició. Y mientras la sentía mamar, con la correa aún en su muñeca, con el almacén oscuro y el calor subiendo, supo que no iba a durar mucho. Que esa era la primera vez, pero que ya no iba a ser la última.
—Luisa… —dijo, con la voz rota—. No… no voy a aguantar.
Ella lo miró, con la lengua aún pegada a la cabeza del pito, y sonrió.
—Entonces, déjalo salir. Mámelo todo. Que se me corra en la boca.
Y así lo hizo.
Con la correa en la muñeca, con los ojos fijos en los de él, con la boca abierta y la garganta relajada, lo tomó todo. Y Jorge, con los ojos cerrados, sintió que se le salía el alma por la punta del pito, y que se le corría dentro de la boca de esa mujer que, desde la primera vez que la vio pasar, ya sabía que iba a querer para siempre.
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Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.