Lo que pasó cuando la vecina del fondo me pidió un favor
9 minLo que pasó cuando la vecina del fondo me pidió un favor
La puerta del apartamento 304 sonaba como un suspiro, apenas un roce de nudillos contra el metal pintado de verde oliva. Marco, medio desnudo con una toalla alrededor de la cintura y el pelo aún húmedo del baño, abrió sin preguntar quién era. Ya sabía. Solo había una persona en el edificio que usaba ese tono de voz —suave, pero con un filo que cortaba el aire— cuando tocaba sin esperar respuesta.
—¿Sí? —preguntó, frunciendo el ceño, fingiendo fastidio, pero con la respiración ya acelerada.
Ella estaba allí, de pie en el pasillo estrecho, con una falda ceñida que le subía hasta la mitad del muslo, una blusa blanca semi transparente y los cabellos recogidos en un moño deshecho, como si acabara de quitárselos con prisa. Lía. La vecina del fondo, la que trabajaba en una galería de arte del centro, la que siempre saludaba con una sonrisa de ojos bajos y le decía “buenas noches, muchacho” con un acento paisa que le ponía la piel de gallina.
—¿Me prestas una taza de azúcar? —dijo, pero la forma en que lo dijo no tenía nada de inocente. El tono le tembló en la última sílaba, como si se le hubiera escapado.
Marco la miró de pies a cabeza, dejando que sus ojos se detuvieran en el leve movimiento de su pecho bajo la tela fina. Lía no usaba perfume, pero llevaba un olor que no era de jabón ni de champú: era suyo. Cuerpo de mujer, sudor ligero, algo dulce y salado, como el sol en la piel después de caminar bajo el sol de Medellín.
—Azúcar… —repitió, dejando que la palabra se le quedara pegada en la lengua—. ¿Y si no tengo?
Ella sonrió entonces, lento, con la comisura izquierda más alta, como siempre. Y dio un paso hacia adentro, sin esperar permiso. La puerta se cerró con un *click* suave.
—No tienes, pero me la vas a prestar de otra forma —dijo ella, mientras se desabrochaba el primer botón de la blusa.
Marco no se movió. La dejó avanzar, dejar su bolso sobre la mesa del comedor, deslizar los zapatos con la punta del pie sin romper el contacto visual. Ella se detuvo frente a él, a menos de veinte centímetros, y le puso una mano en el pecho, justo encima del corazón.
—¿Te acuerdas de la fiesta de cumpleaños de Paola, hace dos semanas? —preguntó, bajando la voz, casi un susurro.
Claro que se acordaba. Todo el edificio se acordaba. Esa noche, él había estado en el balcón, con una cerveza en la mano y los ojos fijos en el segundo piso, donde Lía y dos de sus amigas habían estado gritando risas, jugando con el sonido de la música que se escuchaba hasta en el comedor. Una de sus amigas —una morena de piernas largas y risa fuerte— le había dicho, con un vaso de aguardiente en la boca: “Oye, Marco, ¿le echas ganas a la de enfrente? Que se la come con la mirada, pero nunca se acerca”.
Y él le había sonreído, sin vergüenza, sin disimulo. Porque era cierto: cada vez que Lía pasaba frente a su ventana, él sentía que su cuerpo se calentaba, que el pito se le ponía tieso en los shorts, y que por un momento olvidaba hasta el nombre de la canción que sonaba.
—Me acuerdo —dijo ahora, con la garganta seca.
—Bien —dijo ella, y levantó la mano, dejando que los dedos le acariciaran la mandíbula, el cuello, el borde del pelo—. Entonces sabes que no soy de esas que se dan de balde.
—No te he pedido nada —respondió él, pero ya sabía que era mentira.
—No, no me he ofrecido —asintió ella, y entonces se inclinó, acercando su boca al oído de Marco, tan cerca que sintió el calor de su aliento—. Pero sí te he estado mirando cada vez que subes con la compra, con las bolsas en cada mano, con esa camiseta pegada al pecho… Y ayer, cuando te vi con el traje de baño en la piscina… —se detuvo, dejando que la pausa se llenara de deseo—. Me eché una en los pantalones.
Marco no pudo evitarlo. La toalla se le movió un poco cuando su cuerpo reaccionó. Lía lo notó, y su sonrisa se hizo más ancha, más peligrosa.
—¿Quieres que te la quite? —preguntó, con voz de niña traviesa, pero con un brillo en los ojos que decía otra cosa.
—Sí —dijo él, sin dudar.
Ella asintió, y esta vez fue ella quien tomó la iniciativa. Le quitó la toalla con un movimiento rápido y seguro, dejando al descubierto su cuerpo entero, su pito ya medio duro, apuntando hacia arriba, como si supiera que venía algo bueno.
—Estás rico, Marco —dijo, y le dio una palmada en el muslo, fuerte, como si él fuera un perro obediente—. Pero hoy no te voy a dejar tocar nada. Tú solo vas a mirar, a escuchar… y a esperar.
—¿Es una orden? —preguntó él, con una sonrisa burlona.
—Sí —dijo ella, y le puso la mano sobre el pecho otra vez, empujando suavemente—. Siéntate.
Marco obedeció. Se sentó en el sofá, con las piernas abiertas, las manos sobre los muslos, la espalda derecha. Lía lo observó un momento, con las manos en las caderas, como si evaluara una obra de arte.
—Qué lindo pito tienes —dijo, y se arrodilló frente a él—. Grande, bien formado, con los cojones duros como piedras… pero no vas a usarlo hoy. Hoy vas a aprender a sentir con los oídos, con la lengua, con el trasero.
Se inclinó, le besó el ombligo, luego subió con la lengua por el vello del pubis, dejando un rastro húmedo y caliente. Marco sintió que su respiración se volvía entrecortada. Lía no lo miró, no le pidió permiso, no se detuvo. Simplemente siguió, con la seguridad de quien sabe que tiene el control.
Le acarició los cojones con la palma, con suavidad, como si fueran huevos de avestruz que pudieran romperse con un mal gesto. Luego, con un movimiento lento, le abrió los labios de la vulva, sin tocar el clítoris aún, solo explorando, humedeciendo con su aliento.
—Huele rico —dijo, y le mordió el muslo interno, justo donde más sensible estaba—. Como a miel y sal. Como a ti.
Se levantó de un golpe, se quitó la blusa, dejando solo un sujetador negro de encaje que apenas contenía su pecho. Marco lo notó: eran bien formados, firmes, los pezones oscuros y hinchados, como si ya estuvieran listos para ser chupados.
—Dame la mano —ordenó.
Él se la dio. Ella la giró, le puso la palma hacia arriba, y le echó un poco de saliva encima. Luego, con lentitud, le frotó el dedo índice contra el pito, desde la base hasta la punta, moviéndose con un ritmo que Marco no controlaba.
—Así —dijo—. No te muevas. No te acaricies. Solo déjame ver cómo se pone tu cuerpo cuando yo mando.
Luego, con un movimiento brusco, le dio la vuelta. Marco, sin pensarlo, se levantó, y Lía lo empujó de nuevo, esta vez hacia el sofá, obligándolo a ponerse de bruces, con las manos bajo el pecho, el culo en alto, las piernas separadas.
—Así es —dijo ella, y le dio una palmada en el culo, fuerte, una, dos, tres veces, hasta que sintió el calor subirle hasta la nuca—. Ahora, voy a usar tu boca como si fuera un juguete. Tú solo vas a chupar, y si te saltes una orden, te hago una pausa de diez minutos. ¿Entendido?
—Sí —murmuró Marco, con la boca llena de saliva, con el cuerpo temblando.
Ella se quitó el sujetador y el calcetín de encaje que llevaba, y se puso de cuadrúpedos detrás de él. Le separó los labios del culo con los dedos, le lamió el borde, con lentitud, como si lo estuviera saboreando. Luego, con un movimiento brusco, le metió la lengua adentro, una, dos veces, hasta que Marco soltó un grito ahogado.
—Maldita… —susurró.
—No digas palabrotas si no me las pido —dijo ella, y le dio otra palmada, más fuerte esta vez—. Ahora, abre la boca.
Marco obedeció. Y Lía le metió los dedos en la boca, uno, luego dos, mientras lo miraba a los ojos. Él los chupó, uno por uno, con voracidad, con ganas, pero sin forzar. Ella lo dejó chupar hasta que los dedos estaban mojados y resbaladizos, y entonces se levantó, se puso de rodillas frente a él, y le puso los dedos en el pito.
—Chupá —dijo.
Marco lo hizo. Chupó cada dedo, lamió la base de su pito, con la lengua, con la boca, con las manos. Y cuando sintió que ya no podía más, que su cuerpo estaba a punto de explotar, ella se levantó, se dio vuelta, y se sentó sobre su cara, con el culo en alto, los labios abiertos, la vulva pegada a su nariz.
—Respira —dijo—. Huele. Recuerda esto. Porque hoy no vas a entrar, no vas a chupar, no vas a tocar. Solo vas a respirar.
Marco respiró. Y lo que olió lo dejó atado: olor a mujer, a deseo, a Lía. Olía a sudor, a sal, a miel, a fuego. Y mientras él respiraba, ella se movió, con lentitud, con control, como si estuviera danzando sobre su cara.
—Así —dijo—. Sigue respirando. Y cuando te diga, vas a tragar todo lo que salga de tu boca. ¿Entendido?
—Sí —gimió él.
Y ella se movió más fuerte. Se frotó contra su nariz, contra sus labios, con un ritmo que Marco no controlaba. Se llevó una mano al clítoris, y empezó a moverse con más fuerza, con más desesperación. Marco la sintió temblar, sintió que su cuerpo se ponía rígido, que sus dedos se aferraban al sofá, que su respiración se volvía cortada.
—¡Ya casi! —gimió ella.
Y entonces, sin previo aviso, se arqueó, soltó un grito agudo, y se derritió sobre su cara, con el cuerpo temblando, con la vulva convulsionando.
Marco no dudó. Tragó.
Todo.
Lo que sea que hubiera salido de su cuerpo, lo tragó con ganas, con respeto, con deseo.
Lía se quedó quieta unos segundos, con la cabeza baja, con el pecho subiendo y bajando. Luego, se levantó, se dio vuelta, y le puso una mano en la cara.
—Estuviste bien —dijo—. Ahora, levántate.
Él lo hizo. Y ella lo miró, con los ojos brillantes, con la piel roja, con el pelo suelto y despeinado.
—Mañana, cuando bajes a comprar el pan, vas a caminar con la cabeza alta. Vas a sonreír como si nada. Porque esto… —se acercó, le besó la frente—… esto es solo entre nosotros.
—¿Y si alguien pregunta?
—Entonces le dices que no tienes pruebas —dijo ella, y le dio una palmada en el culo—. Ahora, vete al baño. Lávate la cara. Y cuando bajes, trae dos cervezas. Que hoy no termina aquí.
Marco asintió. Y mientras caminaba hacia el baño, con el cuerpo aún temblando, con el pito duro otra vez, con el sabor de Lía en la boca, supo que esa noche no había sido un favor.
Era una sentencia.
Y él, sin dudarlo, la aceptó.
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