Lo que pasó cuando la luz se fue

Lo que pasó cuando la luz se fue

@mateo_cruz ·5 de junio de 2026 · ★ 4.8 (16) · 91 lecturas · 10 min de lectura

La lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas del apartamento de Laura, como si el cielo se hubiera desbordado de golpe. Mateo, sentado en el sofá, observaba cómo el agua resbalaba por el vidrio, empañando la vista de la ciudad de Medellín abajo, entre luces tenues y sombras que bailaban. Había ido a visitarla esa tarde —una cita casual, de esas que nacen de un mensaje en el celular y una sonrisa en el rostro—, y ahora, con el temporal y el piso 12 temblando de viento, parecía que el destino los había atrapado allí, encerrados, solos.

Ella se levantó del sillón con una taza de aguapanela humeante en la mano, se la ofreció con una sonrisa tímida, y dijo: —¿Te animas a sentarte aquí, o prefieres el sofá? Yo ya me cansé de moverme.

—Aquí está bien —respondió Mateo, con la voz un poco más ronca de lo normal—. Este lugar huele a lluvia y a café recién hecho.

—Es que acabo de hacer café. Y también huele a madera vieja y a esa loción que usas, ¿no? —ella lo miró con una sonrisa que no alcanzaba del todo sus ojos, como si temiera que la sorpresa de estar así, a solas, le quitara el aliento.

Mateo tomó la taza con ambas manos. Notó que sus dedos rozaban los de Laura, y el contacto fue tan breve que casi se podría pensar que fue imaginario… pero no lo fue. Él sintió un calor que subió por el brazo y se quedó pegado en el pecho, como si su corazón hubiera decidido dar un giro inesperado. Ella, por su parte, bajó la vista un instante, como avergonzada de haber dicho algo tan directo, pero sin soltar la taza.

La luz parpadeó.

—Ah, no —murmuró Laura, apretando la taza con más fuerza.

Parpadeó otra vez. Y luego se fue, dejándolos en la oscuridad total, solo con el sonido de la lluvia y el trueno lejano. Mateo se paró de inmediato, instintivamente, pero Laura lo detuvo con una mano en el brazo.

—No te muevas —dijo, con una voz más suave, casi un susurro—. Déjate llevar.

Él no se movió.

En la penumbra, Laura se acercó. Mateo la sintió antes de verla: el aroma a jazmín y café, el roce de su blusa contra su manga, el latido de su propio corazón acelerándose. Ella se detuvo a pocos centímetros, y él sintió su respiración, corta, con pequeños intervalos, como si estuviera contando los segundos antes de dar el siguiente paso.

—¿Tienes miedo de la oscuridad? —preguntó él, con una sonrisa.

—No —respondió ella—. Pero en la oscuridad, uno se atreve más.

—¿Más qué?

Ella no respondió con palabras. Se acercó aún más, hasta que sus frentes se tocaron, y sus narices rozaron. Mateo cerró los ojos. Sentía el calor de su piel, el perfume que ya conocía pero que ahora parecía más intenso, más íntimo. Sentía el peso de su pecho contra el suyo, la suavidad de su cabello entre sus dedos sin siquiera haberlo tocado aún.

—Mateo… —dijo ella, y su voz tembló, no de miedo, sino de algo más vulnerable—. Esta noche no quiero pensar en lo que pasó antes, ni en lo que va a pasar mañana. Solo quiero… solo quiero saber cómo te sientes si te dejo tocarte.

Él abrió los ojos. La miró a la altura de la nariz, de los labios entreabiertos, del pulso que se le aceleraba en el cuello.

—Te lo permiso —respondió, con una voz que no sonaba a él mismo—. Pero dímelo tú primero.

Laura tragó saliva, y entonces, con una lentitud que era casi una promesa, apartó su blusa de los hombros. Caía con facilidad, deslizándose por sus brazos como agua, dejando al descubierto el encaje de su camisola blanca, fina, con un pequeño detalle de flores bordadas. Mateo no dijo nada. Solo la miró, con los ojos humedecidos, con el corazón en la garganta.

—¿Te gusta? —preguntó ella, con una sonrisa nerviosa.

—Me gusta todo —respondió él, sin mentir—. Todo lo que veo.

Ella se acercó más, y esta vez sí, con una mano le acarició la mejilla. Sus dedos eran cálidos, suaves, con uñas cortas y bien cuidadas, y una pequeña arruga en el pulgar, de tanto escribir. Él cerró los ojos, dejándose llevar, y cuando ella bajó la mano hasta su cuello, él la tomó con su propia mano, y la presionó contra su piel.

—Siente… siente cuánto late —susurró él.

—Lo siento —respondió ella—. Y late igual que el mío.

Luego, con una lentitud que hacía daño y placer a la vez, Laura se inclinó y besó su cuello. No fue un beso fuerte, ni apasionado. Fue un beso de prueba, de confirmación. De pregunta y respuesta. Mateo exhaló, y su mano subió lentamente por su espalda, hasta la base de su cuello, donde sus cabellos se enredaban en sus dedos.

—¿Te molesto si te quito la camisa? —preguntó ella, sin soltarlo.

—Si me la quitas, ya no me queda nada que ocultar —respondió él, con una risa baja.

Ella lo ayudó a quitársela, y cuando sus pechos se tocaron por primera vez —él, con la piel desnuda, ella, con la camisola aún puesta—, Mateo sintió una sacudida que le subió por la columna y le tembló en las rodillas.

—Estás hermosa —dijo, sin poder evitarlo.

—Tú también —respondió ella—. Y no es que diga eso por ser amable.

Se sentaron en el sofá, con Laura entre sus piernas, de espaldas contra su pecho, y Mateo rodeándola con sus brazos, como si temiera que se desvaneciera. Ella inclinó la cabeza hacia atrás, y él besó su cuello, su oreja, el pequeño lunar que tenía detrás de la oreja derecha. Ella gimió, sin querer, y él lo oyó como si fuera un canto.

—¿Te gusta? —preguntó él, esta vez.

—Sí —respondió ella, sin dudar—. Sí, me gusta. Mucho.

Entonces Mateo le acarició el pelo, y bajó la mano hasta su hombro, y luego hasta su brazo, y luego a su cintura, y luego, con una lentitud que parecía eterna, deslizó la mano por debajo de la camisola, hasta topar con su piel. Ella tembló.

—Estás tan suave —murmuró él.

—Es que no uso mucho maquillaje ni nada… soy como soy —dijo ella, con una risita nerviosa.

—Eres perfecta —respondió Mateo, y esta vez no fue un cumplido, fue una verdad.

Y entonces, con una mano, ella se quitó la camisola, dejándola caer al suelo, y él la abrazó más fuerte, sintiendo su piel contra su pecho, sintiendo su respiración entrecortada, sintiendo cómo su corazón se aceleraba en el mismo ritmo que el suyo.

—¿Quieres que me quite el pantalón? —preguntó ella.

—Sí —respondió él, sin dudar—. Quiero verte. Quiero saber cómo eres.

Ella se levantó con cuidado, y él la siguió, sin soltarla. Caminaron lentamente hacia la habitación, que estaba a la derecha, con la puerta entreabierta y la luz de la calle entrando por la rendija, iluminando una línea dorada en el suelo.

—¿Quieres que apague la luz? —preguntó ella.

—No —respondió Mateo—. Quiero verte. Quiero ver cómo te sientes.

Ella se quitó el pantalón lentamente, primero una pierna, luego la otra, y quedó con una blusa ancha y sin medias, los pies descalzos sobre el suelo de madera. Mateo la miró, y sintió que el aire se volvía más espeso, más cálido. Ella no era joven, ni niña. Era una mujer hecha y derecha, con curvas que hablaban de vida, de amor, de sueños. Y eso la hacía más hermosa.

—Ven —dijo él.

Ella se acercó, y él la tomó de la mano, y la sentó en la cama. Luego se quitó sus propios pantalones, y quedó solo con la ropa interior, y ella lo miró sin ruborizarse, sin bajar la vista.

—Estás bien —dijo ella—. De verdad.

—Y tú… —respondió Mateo, mientras se sentaba a su lado—… eres todo lo que soñé que sería una primera vez.

Ella sonrió, y este vez la sonrisa le llegó hasta los ojos.

—Entonces no la arruines —dijo, con una sonrisa traviesa.

Mateo rio, y luego la besó. No fue un beso rápido, ni apresurado. Fue un beso profundo, lento, con lengua y sabor a café y a jazmín y a vida. Ella respondió con igual intensidad, y cuando se separaron, ella le dijo:

—Ahora… ahora quiero que me mames.

Él la miró, sorprendido.

—¿Aquí? —preguntó.

—Sí —respondió ella—. Aquí, ahora. Mientras la lluvia caiga. Mientras la luz se apague otra vez.

Y Mateo, sin dudar, se inclinó, y con la mano le separó la blusa, dejando al descubierto su pecho, sus pechos pequeños, redondos, con pezones morenos y firmes. Ella exhaló, y él besó uno, con la boca cerrada, con los labios, con la lengua. Ella gimió, esta vez sin disimulo, y él supo que estaba haciendo algo bien.

La besó con más fuerza, y luego la succionó, con delicadeza, con ternura, como si le estuviera dando de comer. Ella se arqueó, y sus dedos se hundieron en su cabello, y le dijo:

—Sí… sí, así… mame rico… mame mi pito… mame hasta que no pueda más.

Mateo no necesitó más. Se inclinó, y con la boca abierta, la succionó con más fuerza, y ella gritó su nombre, y luego susurró palabras que no alcanzó a entender, pero que le hicieron sentir que estaba en el sitio correcto, con la persona correcta.

Luego, se movió hacia abajo, y con la mano le separó la entrepierna de la blusa, y sintió su humedad, su calor, su necesidad. Ella no dijo nada, pero le abrió las piernas, y él supo que era el momento.

Se quitó la ropa interior, y se colocó entre sus muslos, y con la punta de su pito rozó su entrada, y ella gimió.

—Estás tan mojada —murmuró él.

—Sí… sí, por ti —respondió ella—. Porque eres el primero que me hace sentir esto.

Él se metió dentro, lentamente, con cuidado, con respeto, y ella exhaló, con los ojos cerrados, con la cabeza hacia atrás, y él sintió que su cuerpo se relajaba, que se abría, que lo dejaba entrar.

—Estás rico… —dijo ella—. Estás tan rico dentro de mí.

Y él comenzó a moverse, con suavidad, con calma, como si estuviera escribiendo una carta con el cuerpo, con el corazón, con el alma. Ella se aferró a sus hombros, y luego a su cintura, y luego le mordió el hombro, para no gritar, pero no lo logró, y cuando él sintió que se acercaba al límite, ella le dijo:

—Dime que me quieres… dime que me quieres así, con el pito dentro de mi culo, con la boca llena de mi sabor… dime que me quieres.

—Te quiero —respondió Mateo—. Te quiero así. Te quiero completa. Te quiero tuya.

Y entonces ella se movió con él, con una fuerza que lo sorprendió, y él la tomó de la cintura, y la levantó un poco, y la metió más adentro, y ella gritó su nombre, y él sintió cómo su cuerpo temblaba, cómo su corazón latía más fuerte, cómo su pito se estremecía dentro de ella.

Y cuando él se corrió, con un grito ahogado en su cuello, ella lo siguió, con un gemido que parecía un lamento, y luego una risa, y luego un suspiro.

Se quedaron abrazados, sudados, temblando, con la lluvia golpeando las ventanas, y la luz que seguía apagada.

—¿Te parece si nos quedamos así un rato? —preguntó Mateo.

—Sí —respondió ella—. Porque esta noche… esta noche no fue casualidad. Fue algo que tenía que pasar.

Él la besó en la frente, y ella se acurrucó contra su pecho, y así se quedaron, hasta que la lluvia se calmó, hasta que el cielo volvió a brillar, y hasta que el mundo les devolvió el silencio.

Pero en la habitación, el silencio ya no era vacío. Era lleno. Era dulce. Era suyo.

Y Mateo supo, con toda claridad, que esa noche, con la luz apagada y el mundo derrumbándose afuera, había encontrado algo que no sabía que estaba buscando: una conexión tan real, tan humana, tan suya, que no necesitaba más que eso: estar ahí, con ella, con su cuerpo, con su risa, con su sabor, con su piel.

Y si algún día alguien le preguntaba qué fue lo que pasó cuando la luz se fue, Mateo no lo dudaría ni un segundo.

Le diría: —Lo más bonito que me ha pasado en mucho tiempo.

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