Lo que pasó cuando el cortacésped se detuvo
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La casa de los Mendoza siempre tuvo el jardín más ordenado del vecindario. No por ostentación, sino por costumbre. Desde que se habían mudado, quince años atrás, Raúl —con su camisa de manga corta siempre desabotonada hasta el tercer botón y los pantalones cortos de algodón— se encargaba del césped los domingos, a las nueve en punto. Beatriz, su esposa, lo observaba desde la ventana de la cocina, una taza de café humeante entre las manos, mientras el motor del cortacésped sonaba como un susurro rítmico bajo el cielo azul claro.
Ese domingo, sin embargo, algo cambió.
El cortacésped se detuvo. No por falta de gasolina ni por un clavo en el césped. Lo hizo porque Beatriz salió al jardín sin pedir permiso, sin avisar, con una toalla enrollada en un brazo y el pelo aún húmedo del baño. Raúl la vio desde el lado opuesto de la parcela, de espaldas al sol, y su respiración —ya algo entrecortada a sus cincuenta y seis años— se volvió más profunda, más lenta.
—¿Se te olvidó algo? —preguntó, apagando la máquina sin prisa, como si temiera romper el silencio que se avecinaba.
Beatriz se acercó. No caminaba con prisa, tampoco con lentitud. Lo hacía con una intención que no había tenido en años. El algodón del vestido blanco que llevaba —uno sencillo, sin mangas, con un pequeño dibujo de flores en la parte baja— se pegaba apenas a sus caderas, aún curvas, aún firmes.
—Sí —respondió, deteniéndose a un metro de él—. Olvidé decirte que hoy no voy al trabajo. Tomé un día.
Raúl asintió, pero no apartó la vista de su rostro. La luz del sol le dibujaba un contorno dorado en los hombros, en la nuca, en la punta de los pies descalzos. Notó que tenía las uñas pintadas de un rosa suave, un detalle que no recordaba haber visto en meses.
—Entonces —dijo, poniéndose en pie—, ¿qué haces acá?
Ella sonrió. No era una sonrisa de broma, ni de complicidad cómplice. Era la misma que solía usar cuando algo le gustaba, cuando deseaba algo y sabía que él también lo deseaba, pero no decía nada por respeto. Por tiempo.
—Vengo a ayudarte —dijo, tomando el mango del cortacésped.
Él no soltó la manija inmediatamente. La sostuvo un segundo más, con la palma templada, con la piel áspera de trabajo, y la suya, suave y húmeda de condensación del agua reciente. Cuando finalmente dejó que ella la tomara, fue como soltar un nudo que llevaba años apretado.
Juntos, empujaron la máquina. Ella iba detrás, con las manos sobre las suyas, los dedos entrelazados por encima del mango. Raúl sentía el calor de su cuerpo, el leve roce de su brazo contra el suyo, la respiración que se sincronizaba con la marcha del motor. No hablaban. No hacían falta palabras. El silencio entre ellos, aunque había estado presente durante años, ahora era distinto: no era ausencia, era anticipación.
Cuando llegaron al extremo del jardín, Beatriz detuvo la máquina con un giro brusco y la dejó caer sobre el césped. El ruido de las cuchillas frenando se mezcló con el silencio que ahora sí se sentía, denso, casi eléctrico.
—¿Te acuerdas cómo solíamos hacer esto? —preguntó ella, sin mirarlo.
Él asintió. Se acordaba. No del jardín, sino de los domingos antiguos, cuando aún no habían creado tanto silencio entre sí, cuando los gestos tenían un significado distinto, más urgente, más tierno.
—Claro que me acuerdo —respondió, y por primera vez en mucho tiempo, le tocó la espalda. No con粗鲁za, ni con impaciencia. Con una ternura que parecía haberse guardado bajo llave y ahora, lentamente, sacaba la llave del bolsillo.
Beatriz se giró. Su rostro, marcado ya por líneas de risa y de sueños cumplidos y otros dejados a un lado, era el mismo que él había amado desde los veinticinco años. El mismo que seguía siendo su refugio.
—¿Quieres que te ayude con otra cosa? —preguntó ella, casi en un susurro.
Él no respondió con palabras. En su lugar, inclinó la cabeza y rozó sus labios con los suyos. Fue un beso breve, casi inocente, pero con un peso que no había tenido en mucho tiempo: un peso de recuerdo, de deseo contenido, de promesa cumplida a medias.
Ella no retrocedió. Ni tampoco se lanzó hacia adelante. Simplemente se dejó besar, con los ojos cerrados, con las manos aún apoyadas en su pecho, sintiendo cómo latía más rápido, cómo su corazón, a punto de cumplir sesenta, volvía a recordar cómo batía por algo más que una rutina.
—Vamos adentro —dijo Raúl, sin soltarle la mano.
Y ella lo siguió sin preguntar, sin dudar.
En la habitación, las cortinas estaban cerradas. No porque hubiera prisa, sino porque la luz del día, tan clara y tan transparente, no iba con lo que venía. Beatriz se quitó el vestido con lentitud, dejándolo caer sobre la silla de madera que siempre había estado allí, sin que nadie se acordara de dónde había salido. Raúl esperó, sentado en el borde de la cama, con las manos apoyadas en las rodillas, la espalda recta, como si estuviera esperando una orden importante.
Ella se sentó frente a él, con las piernas cruzadas, y le quitó la camisa. Sus dedos rozaron su pecho, su estómago, y luego bajaron más, con una deliberación que no era coquetería, sino confianza. Él se inclinó y besó el hueco entre sus pechos, donde la piel aún estaba tibia por el sol y por el calor que se había generado entre ellos sin necesidad de palabras.
—Hacía mucho que no hacíamos esto —murmuró Beatriz, mientras desabrochaba su pantalón corto.
—No —respondió él, levantando la vista hacia sus ojos—. Pero no era por falta de ganas.
Ella sonrió. Volvió a besarla, esta vez con más profundidad, con más tiempo. Y esta vez, fue ella quien lo llevó hacia atrás, sobre la cama, con una seguridad que Raúl no recordaba haberle visto en años. No era juventud lo que movía sus manos, ni energía desbordada. Era algo más valioso: sabiduría del cuerpo, conocimiento del otro, paciencia.
Cuando por fin se tocaron completamente, sin barreras ni dudas, fue como si el tiempo se hubiera detenido en un instante anterior —uno que habían dejado atrás sin querer, sin notarlo— y ahora volvía, redondo y completo, con la misma calma que siempre les había gustado.
No hubo prisa. No hubo necesidad de demostrar nada. Sólo el placer de recordar, de reencontrarse, de sentirse elegidos una vez más por el otro, no por error, sino por decisión.
Beatriz apoyó la cabeza sobre su hombro cuando todo terminó, y Raúl la abrazó con fuerza, como si temiera que se desvaneciera si la dejaba ir siquiera un poco.
—¿Volvemos a salir al jardín? —preguntó ella, con la voz aún cargada de calidez.
Él rio, bajo, con una risa que no había escuchado desde hacía tiempo.
—No —dijo, besándole la frente—. Hoy no.
Y así quedó. Sin promesas grandes, sin planes nuevos. Sólo la certeza de que, de vez en cuando, cuando el cortacésped se detenía, algo antiguo volvía a encenderse, como una vela que no se apaga nunca, sino que espera, simplemente, a que alguien vuelva a encenderla.
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