Lo que pasó con mi instructora de yoga
No fue plan, ni siquiera lo pensé dos veces. Solo pasó. Y cuando digo que pasó, no me refiero a un beso robado entre estiramientos ni a una caricia disimulada bajo la esterilla. Me refiero a todo. A sudor, piel, jadeos, a manos que no pedían permiso, a un deseo que se acumuló durante semanas hasta explotar como una tormenta de verano. Fue con Camila, mi instructora de yoga. La que todos miraban disimuladamente cuando se inclinaba hacia adelante en *pranayama*, la que movía las caderas con una cadencia lenta y precisa en cada postura de apertura. La que tenía los ojos oscuros como pozos y una voz que bajaba un tono cada vez que decía: “Deja ir lo que no necesitas”.
Yo llevaba seis semanas yendo a su clase los martes y jueves a las siete de la noche. El estudio era pequeño, en una esquina de un edificio antiguo del centro, con ventanas altas que dejaban entrar la luz amarilla del atardecer. Olía a eucalipto y a sudor limpio. Las esterillas estaban alineadas como soldados, y todos nos saludábamos con una inclinación de cabeza, como si fuéramos parte de un ritual sagrado. Y quizás lo era. Porque lo que pasó entre Camila y yo no fue casual. Fue inevitable.
Ella no me trataba distinto. No al principio. Me corregía como a los demás: “Marco, más recto la espalda”, “Marco, respira por la nariz, no por la boca”. Pero había algo en la forma en que sus dedos rozaban mi hombro cuando ajustaba mi postura, en cómo se detenía un segundo más de lo necesario al lado de mi esterilla. Un segundo que no era casual. Un segundo que encendía algo en mi entrepierna.
Una tarde, después de la clase, me quedé recogiendo mi esterilla despacio, esperando. Ella estaba en la sala, arreglando los cojines, con el pelo recogido en un moño deshecho, sudor en el cuello, la camiseta ajustada transparentándose un poco con el calor.
—Te quedaste —dijo sin mirarme, mientras doblaba una manta.
—Sí. Quería preguntarte algo.
—Dime.
—¿Por qué siempre me corriges?
Entonces sí me miró. Con una sonrisa apenas esbozada, los ojos entrecerrados.
—Porque haces mal la postura.
—O porque te gusta tocarme.
Se quedó quieta. Luego soltó una risa baja, casi íntima.
—Tal vez.
Y ese “tal vez” fue el detonante. No hubo más palabras. Me acerqué. Ella no se movió. Le tomé la cara con una mano, lento, dándole tiempo a decir no. No lo dijo. Entonces la besé. Fue un beso húmedo, profundo, con sabor a sal y a respiración contenida. Sus labios eran firmes pero cedieron al instante. Su lengua encontró la mía como si ya supiera el camino.
Me respondió con las manos en mi pecho, luego en mi cintura, luego bajando hasta mis glúteos, apretándome contra ella. Sentí su cuerpo pegado al mío, el sudor de la clase aún en su piel, el calor que irradiaba como si hubiera estado esperando este momento.
—Esto no debería pasar —susurró, sin separarse.
—Pero está pasando —dije, mordiéndole el labio inferior.
—Y mañana tendré que verte en clase.
—Y volveré a corregirme a propósito.
Se rió, y fue el sonido más erótico que he escuchado.
Me tomó de la mano y me llevó a un cuartito al fondo, donde guardaban las toallas y los aceites. Cerró la puerta con pestillo. La habitación era pequeña, apenas cabían una silla y un armario alto. Pero había espacio suficiente para lo que íbamos a hacer.
Se quitó la camiseta de un tirón. No llevaba sostén. Sus pechos eran firmes, con pezones oscuros que ya estaban erectos. Me miró mientras se desabrochaba el pantalón, sin prisa, como si supiera que ya me tenía.
—Quítate todo —dijo.
Lo hice. Me desvestí frente a ella, lento, sin vergüenza. Sentí cómo me miraba, cómo recorría mi cuerpo con los ojos, deteniéndose en mi pene, que ya estaba duro, palpitando.
—Eres hermoso —dijo.
—Tú sí que lo eres.
Se acercó. Se arrodilló. Y sin decir nada, sin pedir permiso, me tomó la polla con la mano y la llevó a su boca.
Fue un shock de placer. Su boca era cálida, húmeda, experta. No hizo movimientos bruscos. Solo me rodeó con los labios, me lamió la punta, me chupó el glande con suavidad, como si estuviera saboreando algo preciado. Luego bajó, más abajo, me tomó los testículos con una mano, los acarició, los besó.
—Camila… —gemí.
—Shhh —dijo—. Deja ir lo que no necesitas.
Y sonreí, porque era su frase de yoga, pero ahora tenía otro significado.
Empezó a chuparme con más intensidad. Subía y bajaba, me tomaba hasta el fondo, me hacía jadear. Sentía sus manos en mis nalgas, apretándome, atrayéndome más. Su cabello me rozaba el vientre. Cerré los ojos, dejé que el placer me inundara.
—Para… para —dije, con voz ronca.
—¿No te gusta?
—Me gusta demasiado. Quiero verte desnuda primero. Quiero verte toda.
Se levantó lentamente. Se quitó el pantalón y las bragas. Quedó completamente desnuda. Alta, delgada pero con curvas, caderas anchas, piernas largas, piel morena y brillante. Me acerqué y la abracé. Sentí sus pechos contra mi pecho, su pubis contra el mío. La besé otra vez, profundo, mientras mis manos recorrían su espalda, bajaban hasta sus nalgas, las separaban, le metía un dedo entre las nalgas.
—Ah… —gimió.
—¿Te gusta?
—Sí… mucho.
La levanté. La senté en la silla. Me puse de rodillas frente a ella. Le abrí las piernas. Tenía el sexo depilado, hinchado, brillante de humedad. Me acerqué y empecé a lamerla. Primero suavemente, luego con más fuerza. Encontré su clítoris, lo rodeé con la lengua, lo succioné. Ella gritó, me tomó del cabello, me empujó más contra ella.
—Sí… así… no pares…
Lamí hasta que sentí que temblaba. Hasta que sus piernas se tensaron, hasta que su respiración se volvió jadeos cortos. Entonces supe que estaba cerca. Aceleré. Con la lengua, con los dedos, uno, luego dos, dentro de ella, moviéndome como si estuviera follando.
—Marco… voy a…
Y entonces se corrió. Con fuerza. Su cuerpo se arqueó, sus manos se clavaron en mis hombros, gritó mi nombre. Sentí cómo su sexo palpitaba contra mi boca, cómo la humedad aumentaba, cómo se derramaba en mi barbilla.
Cuando terminó, me miró con los ojos brillantes, respirando con dificultad.
—Ahora quiero sentirte dentro —dijo.
Me paré. Me acerqué. Ella se levantó, se puso de pie contra la pared. Me miró.
—Fóllame. Ahora.
No necesité más. Me puse un condón rápido, con manos temblorosas. Me acerqué a ella, le abrí las piernas, y con una sola embestida, entré.
—¡Dios! —gritó.
Estaba tan mojada, tan caliente, que sentí como si me tragara. Me quedé quieto un segundo, solo sintiendo. Luego empecé a moverme. Lento al principio, luego más fuerte, más rápido. La sostenía de las caderas, la empujaba contra la pared. Ella gemía, gritaba, me pedía más.
—Más fuerte… más…
Y yo le di más. Le di todo. Follé como nunca. Con deseo acumulado, con semanas de miradas, de roces, de fantasías. Sentía sus uñas en mi espalda, su boca en mi cuello, sus piernas envolviéndome.
—Voy a correrme —dije.
—No te contengas. Hazlo dentro.
—Tengo condón. Pero quiero verte.
—Entonces mírame.
Y la miré. Mientras seguía follando, la miré a los ojos. Y en ese momento, sentí el orgasmo subir desde los pies, explotar en mi columna, llegar a mi polla. Grité. Me corrió con fuerza, con violencia, con placer puro. Sentí cómo el condón se llenaba, cómo mi cuerpo se desinflaba.
Nos quedamos así, sudorosos, jadeantes, pegados. Ella me abrazó.
—No fue solo sexo —dijo.
—No.
—Fue como una postura. Pero en vez de equilibrio, fue entrega.
Sonreí.
—Mañana vengo a clase.
—Y te corregiré.
—Y yo me dejaré.
Nos vestimos en silencio. Pero no fue un silencio incómodo. Fue íntimo. Como si acabáramos de compartir algo sagrado.
Al salir, me tomó de la mano.
—Esto no cambia nada —dijo.
—Y a la vez lo cambia todo —respondí.
Y así fue. Porque al día siguiente, en clase, cuando me corrigió la postura, su mano en mi espalda duró un segundo más. Y yo, en vez de corregirme, me dejé llevar. Como si ya supiera que el verdadero equilibrio no está en el cuerpo, sino en el deseo compartido, en el sudor, en el roce, en el aliento que se mezcla entre dos personas que decidieron dejar ir el control.
Y cuando cerré los ojos en la meditación final, sentí su mirada sobre mí. Y supe que no era la única que recordaba.
Porque lo que pasó con mi instructora de yoga no fue un error. Fue una revelación. Fue deseo, fue piel, fue entrega. Fue real. Y si mañana vuelve a pasar, no diré que no.
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