Lo que pasó con mi hermano y su amiga
Yo nunca me imaginé que un viernes cualquiera en Medellín, con ese calor pegajoso que te pone la camisa pegada a la espalda, fuera a terminar como terminó. Pero ahí estoy yo, sentado en el sofá de mi casa, con el corazón acelerado y el recuerdo de unas manos, unos labios, un sudor que no era solo mío, corriendo por mi piel como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante.
Mi hermano, Julián, llegó de sorpresa. Hacía meses que no nos veíamos. Estaba más bronceado, más fuerte, con esa mirada de quien ha vivido algo intenso. Y no venía solo. Traía a una amiga, Valeria. Alta, morena, con un culo que parecía esculpido a mano y una sonrisa que te invitaba a meterle la lengua hasta la garganta sin pedir permiso.
—¡Parcero! Qué chimba verte —me dijo Julián, abrazándome con fuerza. —Aquí andamos, hermano. Y esta es… —Valeria —dijo ella, extendiendo la mano. —Encantado —respondí, pero cuando tomé su mano, sentí un cosquilleo que me subió por el antebrazo. —Diego es un poquito tímido —bromeó Julián—, pero cuando se suelta, es peor que un toro en celo. —No digas bobadas —reí yo, pero por dentro ya sentía el pito empezando a desperezarse.
Nos sentamos a tomar un trago. Hablamos de viejos tiempos, de mujeres, de viajes. Valeria no era tímida. Tenía una manera de hablar que te hacía imaginar cosas. Cruzaba las piernas lento, te miraba fijo, reía con la boca abierta, como si no le importara nada. Y yo, que siempre he sido de los que mira, no pude evitar fijarme en cómo se le marcaba el borde del brasier bajo la blusa, en cómo se mordía el labio cuando algo le gustaba.
—¿Y ustedes dos? —pregunté, tratando de sonar casual—. ¿Hay algo más que no me han contado? —¿Tú qué crees? —dijo Valeria, con una sonrisa pícara. —Nah, no hay nada serio —intervino Julián—. Pero si tú no estás interesado, yo sí.
Hubo un silencio. Un silencio denso, espeso, como si el aire mismo se hubiera espesado. Y entonces, Valeria me miró. No fue un vistazo rápido. Fue una mirada larga, profunda, como si me estuviera desnudando con los ojos.
—¿Y tú, Diego? —preguntó—. ¿Tú sí estás interesado?
No supe qué responder. Sentía el pito creciéndome dentro del pantalón, pero no quería parecer desesperado.
—Depende —dije, tratando de sonar tranquilo—. Depende de lo que esté pasando.
Julián soltó una carcajada.
—¡Ese es mi hermano! Siempre con la guardia arriba.
Pero yo vi algo en sus ojos. No celos. No incomodidad. Algo más. Una chispa. Como si estuviera esperando que yo dijera algo, que diera el primer paso.
—¿Y si te digo —empezó Valeria— que a mí me gusta mirar… y también me gusta que me miren?
Me quedé callado. El corazón me latía fuerte.
—No soy de juzgar —dije al fin—. Yo siempre he creído que el cuerpo es para disfrutarlo, no para esconderlo.
—Eso me gusta —dijo ella, acercándose un poco más.
El aire cambió. Ya no era solo un trago entre amigos. Era tensión. Era deseo. Era algo que flotaba en el ambiente, pesado, húmedo, como la brisa de la ciudad antes de una tormenta.
Julián se levantó.
—Voy por más hielo —dijo, y desapareció hacia la cocina.
En cuanto se fue, Valeria se acercó a mí.
—¿Sabes qué me excita? —preguntó, casi en un susurro. —No —dije, aunque ya me imaginaba. —Ver a dos hombres juntos. Ver cómo se miran, cómo se rozan… cómo uno le toca el brazo al otro y el otro no se aleja.
Sentí un calor intenso en la cara.
—¿Y tú… has visto eso? —Algunas veces —dijo—. Pero nunca me atreví a meterme en medio. Hasta hoy.
No supe qué hacer. Pero entonces, Julián regresó. No traía hielo. Solo una botella de ron y una sonrisa.
—¿Siguen hablando? —preguntó. —Estábamos hablando de ti —dije. —¿Ah, sí? ¿Y qué decían? —Que eres un cabro bien rico —respondí—. Y que a veces pienso en cómo sería tocarte.
Silencio.
Pero no fue un silencio incómodo. Fue como si el tiempo se hubiera detenido. Y entonces, Julián dejó la botella en la mesa, se acercó, y sin decir nada, me puso la mano en la nuca. Me acercó a él. Y me besó.
No fue un beso suave. Fue fuerte, húmedo, con lengua, con dientes, con deseo. Sentí su barba raspándome la piel, su aliento caliente, su mano bajando por mi espalda hasta agarrarme el culo con fuerza.
Cuando nos separamos, Valeria ya estaba de pie. Se quitó la blusa. Lentamente. Sin apuro. Solo con una sonrisa.
—¿Y yo? —preguntó.
No necesitó decir más. Me levanté, me acerqué a ella, y le besé el cuello. Bajé por su clavícula, por su pecho, hasta llegar al borde del brasier. Me arrodillé frente a ella, le desabroché el pantalón, se lo bajé despacio.
Julián se acercó por atrás. Sentí sus manos en mis hombros, su aliento en mi nuca.
—Déjame verte —dijo—. Déjame verte mamarla.
Y lo hice. Le bajé la ropa interior, le separé los labios con los dedos, y empecé a lamerla. Era dulce, húmeda, caliente. Valeria gemía, se aferraba a mi cabeza, me jalaba más hacia ella.
Y entonces sentí algo en mi pantalón. La mano de Julián. Me desabrochó el cinturón, me bajó el pantalón, y sacó mi pito, ya duro como una roca.
—Qué rico estás, hermano —dijo—. Qué pito más bonito.
Empezó a masturbarme despacio, mientras yo seguía comiéndole el culo a Valeria. Y ella, entre gemidos, me agarró la cabeza con más fuerza.
—Sí, así… así, Diego… más fuerte…
Y entonces Julián se puso frente a mí. Me miró. Me soltó el pito. Y sin decir nada, se agachó. Me metió el pito entero en la boca.
Fue como si el mundo se hubiera detenido. Sentí su lengua, sus labios, su garganta tragándome. Valeria se arrodilló a su lado, le bajó el pantalón, le sacó el suyo. Y empezó a mamarlo también.
Los tres en el suelo. Sudor, gemidos, jadeos. Manos por todas partes. Labios, lenguas, piel.
No sé cuánto tiempo pasó. Pero cuando todo terminó, estábamos sudados, cansados, satisfechos. Y no hubo palabras. Solo una mirada entre hermanos. Una sonrisa. Y una promesa silenciosa de que esto no había terminado.
Porque cuando el deseo es tan fuerte, no importa el sexo. Importa el fuego. Y ese fuego, ese viernes en Medellín, nos consumió a los tres.
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