Lo que pasó con mi cuñado en la casa de la playa
Nunca pensé que iba a terminar follando con mi cuñado, pero ahí estaba yo, parada frente al espejo del baño de la casa de la playa, ajustándome el bikini negro, el corazón latiéndome como si supiera lo que iba a pasar. El sol ya se había escondido tras las palmeras, y el aire salado me pegaba el cabello a la nuca. Adentro, la fiesta seguía su curso: risas, botellas de cerveza vacías, el sonido del reggaetón apagado. Pero yo no quería estar ahí. Quería estar sola. O al menos eso me decía mientras me pasaba los dedos por los labios, mordiéndomelos sin querer.
Salí al jardín trasero. La alberca brillaba con esa luz azul de las noches tropicales. Y allí estaba él. Carlos. Sentado en una silla de playa, con el pecho descubierto, moreno como el diablo, una cerveza en la mano. Mi cuñado. El marido de mi hermana. El tipo que me saludaba con un beso rápido en la mejilla cada vez que nos veíamos, como si no pasara nada. Pero yo sí sentía algo. Desde hacía meses, desde que lo vi sin camisa por primera vez en esta misma casa, el verano pasado. Su espalda ancha, sus nalgas prietas bajo el short, esa verga que se marcaba sin pudor cuando se sentaba. No podía dejar de mirarlo.
—¿Y tú por aquí, solita? —me dijo sin voltear, como si supiera que estaba parada ahí, mirándolo.
—No aguantaba el ruido —le respondí, acercándome. Sentí el calor de su cuerpo antes de sentarme en la silla junto a la suya.
—Pues sí, tu hermana se pasó con el volumen —dijo riendo, y entonces volteó. Me miró como si me viera por primera vez. Como si me desnudara con la mirada. Y yo no bajé los ojos. Al contrario. Le sostuve la mirada, con los pezones duros bajo el bikini, el aire entre nosotros espeso como jarabe.
No dijimos nada más por un rato. Solo el sonido de los grillos, el chapoteo del agua. Hasta que él se paró, lento, y se quitó la toalla que tenía en la cintura. Quedó en calzón, con esa verga larga y gruesa que se marcaba sin vergüenza. Me miró, serio, y dijo:
—¿Quieres nadar?
No respondí con palabras. Me paré, me quité el bikini con dos movimientos rápidos, y caminé hacia la alberca. Sentí sus ojos en mi culo, en mis nalgas, en mis tetas. Me zambullí. El agua fría me abrazó, pero el fuego entre mis piernas no se apagó. Al salir, él ya estaba ahí, entrando al agua. Nadamos uno frente al otro, sin tocarnos, pero con una tensión que se podía chingar. Hasta que él me agarró de la cintura. Justo ahí, bajo el agua.
—No digas nada —me susurró al oído, con la boca pegada a mi cuello—. Solo déjame cogerte.
Y yo, en vez de empujarlo, le rodeé el cuello con los brazos. Sentí su verga dura contra mi vientre, caliente aunque el agua estuviera fría. Me levantó un poco, y sin más, me empaló. Grité, pero el sonido se perdió en el chapoteo. Me tenía agarrada de las nalgas, separándomelas, entrando y saliendo con furia. Yo le clavaba las uñas en la espalda, moviendo las caderas como si no hubiera un mañana. La alberca se mecía con nuestros movimientos, el agua salpicando, el cloro en la nariz, el sabor de su boca cuando me besó con hambre.
—Dime que te gusta —jadeó—. Dime que te gusta que te coja tu cuñado.
—Sí —le dije—. Sí, carajo, sí. Cógeme fuerte. Quiero sentirte hasta adentro.
Me cargó fuera del agua, me puso sobre una toalla en el suelo. Ahí, me abrió las piernas y me lamió como si fuera su última comida. Me chupó el clítoris con ansia, me metió dos dedos y los movió como si me estuviera follando con ellos. Grité, le supliqué que no parara, y él no paró. Hasta que me corrí con un espasmo que me dejó temblando, los dedos de los pies encogidos, el alma fuera del cuerpo.
Pero no se conformó. Me dio vuelta, me puso a cuatro patas, y sin aviso, me metió la verga por detrás. Gemí fuerte, con el culo en el aire, la cara en la toalla. Me cogió así, duro, sin piedad, agarrándome de las caderas, marcándome los dedos en la piel. Sentía cada centímetro de su verga, el calor, el peso, el sonido obsceno de nuestros cuerpos chocando. Me jaló el cabello, me obligó a verlo por encima del hombro.
—Dime que soy mejor que tu esposo —dijo, con voz ronca.
—Sí —gemí—. Eres mejor. Mucho mejor. Cógeme más fuerte.
Y lo hizo. Me llenó por dentro, me llenó con tanto que pensé que me iba a romper. Pero no me quebré. Me hice pedazos de placer. Me corrí otra vez, con su verga todavía adentro, con su respiración en mi nuca, con el olor a sexo y sal en el aire.
Cuando terminó, se salió despacio, me dio vuelta y me besó. Esta vez, fue lento. Como si hubiera algo más que lujuria. Como si hubiera culpa, deseo, y un carajo de sentimiento que no queríamos nombrar.
Nos quedamos ahí, abrazados, sin hablar. Hasta que oímos pasos. Nos separamos rápido, nos pusimos algo encima. Pero nadie vino. Solo el viento, y el recuerdo de lo que acababa de pasar.
A la mañana siguiente, mi hermana me abrazó y me dijo que Carlos y ella se iban temprano. Yo asentí, sin mirarla a los ojos. Él pasó junto a mí, y solo me dijo:
—Gracias por la noche.
Y se fue.
Pero yo sé que esto no terminó. Porque cada vez que cierro los ojos, siento su verga dentro de mí. Y sé que, si me lo pide, otra vez voy a dejar que me coja. Aunque sea mi cuñado. Aunque sea un engaño. Porque nadie me ha hecho sentir como él. Y nadie me ha hecho correrme así.
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