Lo que pasó con la dueña del bar
6 minLo que pasó con la dueña del bar
La lluvia golpeaba el cristal del bar como si quisiera entrar, y yo, sentado en el taburete del fondo, con el abrigo aún puesto, no hacía más que mirarla. Ella, detrás del mostrador, secaba un vaso con un paño que olía a limón y a sudor reprimido. Su nombre era Valeria, y aunque llevaba años viviendo en ese barrio, nunca le había hablado más allá de un “buenas” al pedir una cerveza. Hasta esa noche.
—Otra —dije, y cuando ella se acercó, no me miró de reojo. Me miró de frente. Con los ojos abiertos, como si me estuviera midiendo, y yo sentí que algo se movió en mi vientre, profundo, cálido.
—¿Sos el del rincón? —preguntó, y su voz era áspera, como grava bajo un tacón alto.
—Sí. Soy yo.
—Andá a la habitación de atrás. El botón del call center. Te espero en diez.
No pregunté. No dudé. Me levanté, dejé el dinero en el mostrador y crucé la puerta que daba al pasillo estrecho, oscuro, con olor a moho y a tabaco viejo. Había una cama sencilla, una lámpara de pie apagada, y un espejo de cuerpo entero en la pared. Me senté a esperar, con las manos en los muslos, el corazón latiendo fuerte. No sabía qué esperar. Solo que algo iba a cambiar.
La puerta se abrió sin golpear. Valeria entró con los mismos pantalones ajustados, la camiseta blanca pegada a su pecho, y los zapatos de tacón aún puestos. Pero ahora no llevaba el delantal. Y algo más. Algo que me hizo tragar seco: la hebilla del cinturón colgaba suelta. Como si ya hubiera deshecho algo antes de entrar.
—Cerrá la puerta —dijo, y cuando lo hice, se quitó la camiseta con un movimiento lento, dejando al descubierto dos pechos pequeños, redondos, con pezones oscuros y duros. Su piel era suave, casi transparente, y el vello pubiano que asomaba por el borde de los pantalones era claro, cuidado. Pero lo que más me llamó la atención fue la cicatriz. Una línea fina, casi invisible, bajo el ombligo. La cicatriz de una vulvoplastia. Una mujer completa. No una ficción. Una mujer que me miraba, que me esperaba.
—¿Ves eso? —dijo, siguiendo mi mirada—. Es lo que me dieron cuando me operé. Nada de falsedad. Todo real. Todo mío.
Asentí. No era la primera vez que estaba con una trans. Pero nunca con alguien que me miraba así. Sin pedir permiso, sin pedir perdón. Como si ya hubiera ganado.
—Sacate los pantalones —ordenó, y no era una sugerencia. Era una orden. Un latigazo silencioso que me recorrió la espina dorsal.
Me levanté, desabroché el cinturón, bajé la cremallera. Cuando saqué mi pene, ya estaba duro, grueso, con la punta húmeda. Valeria no parpadeó. Lo miró como si ya lo conociera, como si hubiera soñado con él, conmigo, antes de conocernos.
—Sentate en la cama. Pies juntos. Manos atrás.
Lo hice. Me senté. Ella se acercó, se arrodilló entre mis piernas, y con la punta de los dedos, trazó un círculo alrededor de la cabeza de mi pene, presionando con fuerza, lento. Sentí el calor de su respiración, el roce de su vello púbico contra mis muslos.
—Voy a lamer primero tu culo —dijo, y antes de que pudiera responder, pasó la lengua por mi entreglúteo, baja, baja, hasta rozar el ano. Me agarró las caderas con fuerza, y me empujó hacia adelante.—No te muevas. Ni un centímetro.
Su lengua entró. Profundo. Lento. Repitió tres veces, hasta que mi cuerpo se relajó, hasta que sentí su saliva ablandándome, humedeciendo todo. Entonces se apartó, y con una mano me apretó los testículos, con la otra me abrió la boca.
—Chupá.
Lo hice. Chupé su dedo, su lengua, su sabor a sal y a tabaco. Luego se quitó los pantalones. Quedó frente a mí, desnuda de cintura para abajo: vulva pequeña, labios finos, oscuros en el centro, húmeda. Sin vergüenza. Sin miedo.
—Ahora vos —dijo, y me señaló su entrepierna.
Me acerqué. Me puse de rodillas. Abrió las piernas, un poco más, como cediendo, como invitando. Puse la nariz contra su clítoris, ya hinchado, ya exigente. Lo lamí. No con suavidad. Con hambre. Con una urgencia que no pude controlar. Ella gimió, un sonido bajo, gutural, y me empujó la cabeza contra su vulva. La chupé. La mordí con cuidado. La lamí hasta que su cuerpo se tensó, hasta que sus dedos se clavaron en mi pelo.
—Mierda… —sollozó—. Mierda, sí. Más fuerte.
Le abrí los labios con los dedos y metí uno. Ella se arqueó. Añadió un segundo. Luego un tercero, curvándolos hacia adelante, buscando su punto. Y cuando lo encontró, soltó un grito, corto, ahogado. Su cuerpo tembló. Su vulva palpitó. Y yo, sin detenerme, le chupé el clítoris con fuerza, hasta que su flujo me empapó los labios.
—Levantate —dijo, jadeante.
Me levanté. Se quitó el sujetador. Me puso la mano en el pene y me guió hasta su entrada. Me miró a los ojos mientras se abría, mientras me tomaba entera. Sentí su vagina apretándome, cálida, húmeda, como un puño vivo. Se movió lento, subiendo con sus caderas, bajando con un gemido que me sacudió hasta los huesos.
—Decime lo que querés —susurró.
—Quiero entrar hasta el fondo —dije.
—Hacelo.
Bajé mis caderas. La empujé contra la cama. Le agarré los pechos, apreté sus pezones hasta que se pusieron duros como piedras. La follé con fuerza, con una precisión que no sabía que tenía. Su cabeza rodaba, su boca entreabierta, los ojos cerrados. Su vulva se estremecía con cada embestida, su clítoris se rozaba contra mi vello púbico. Sentí que se venía, que su cuerpo se contrajo alrededor de mi pene, que su flujo se mezcló con mi presemen, que su gemido se volvió un lamento.
—Sí… sí… —repitió—. Mierda, sí.
La agarré por la cintura, la levanté un poco, y le metí dos dedos mientras la follaba con más fuerza. Ella gritó, se estremeció, y esta vez no hubo contención. Se vino dos veces, seguidas, con la boca abierta, los ojos vidriosos. Entonces yo sentí que me acercaba. Me incliné, le mordí el hombro, y cuando sentí su cuerpo flácido, la puse boca abajo, le levanté las caderas y la follé desde atrás, más fuerte, más hondo, hasta que exploté dentro de ella, llenándola con todo lo que tenía.
Se quedó quieta, respirando fuerte, con mi pene aún dentro. Yo, con las manos temblorosas, me desplomé sobre ella, con el pecho pegado a su espalda. Oí su corazón. Sentí su sudor en mi cuello. Su vulva, aún palpitando, me aferraba.
—¿Volvés mañana? —preguntó, sin voltear.
—Sí —dije.
Y en la oscuridad, con la lluvia still golpeando el cristal del bar, supe que volvería. Porque Valeria no era solo una dueña. Era un fuego que me había quemado desde adentro, y no quería apagarlo jamás.
¿Qué tanto te calentó?
Me gustan las noches largas y lo que se esconde en ellas. Dominación, control y esa tensión elegante de quien sabe lo que quiere.