Lo que pasó con el repartidor de comida
Nunca pensé que un par de tacos al carbón cambiarían mi vida, pero aquí estoy, con las piernas temblando y el sabor de un hombre que no es mi esposo aún en la boca.
Era martes, uno de esos días grises donde el trabajo en casa me tiene atrapada, el aire acondicionado ronronea como un gato viejo, y yo, en ropa interior, revisando el celular con la esperanza de que pasara algo… distinto. Pedí comida, como siempre. Tacos de lengua, doble orden. Y ahí llegó él.
Cuando abrí la puerta, no fue solo el olor a cilantro y cebolla lo que me golpeó. Era alto, moreno, con esos ojos oscuros que parecen saber lo que quieres sin que digas nada. Llevaba el uniforme ajustado, el sudor dibujándole un camino desde la nuca hasta el cuello de la camiseta. Me entregó la bolsa con una sonrisa tímida, pero algo en su mirada se quedó clavado en mis pezones, que ya se habían endurecido bajo el top ligero que usaba.
—¿Le va bien así, señora? —preguntó, con voz ronca.
—Sí… sí, gracias —balbuceé, y cerré la puerta.
Pero no fue suficiente.
Sentí un calor raro, bajo el vientre, un picor que no me dejaba en paz. Volví a abrir la puerta. Él aún estaba ahí, subiendo al ascensor.
—Oye… —lo llamé.
Se detuvo.
—Se me olvidó la propina —mentí.
Él bajó, sonriendo. Y cuando entró, no cerré la puerta del todo.
—Aquí tienes —le dije, poniendo un billete en su mano.
Pero no soltó. Sus dedos se enredaron con los míos. Y entonces, sin decir nada, me empujó suavemente contra la pared. Su boca estaba sobre la mía antes de que pudiera respirar.
—Quiero más —dije entre besos.
—¿Segura? —preguntó, con la voz baja, peligrosa.
—Sí. Quiero que me la metas. Ahora.
No esperó más. Me alzó como si no pesara nada, mis piernas rodearon su cintura, y sentí su polla dura contra mi coño, aún cubierto por la ropa. Me llevó al sillón, me tumbó de espaldas, y me arrancó las bragas.
—Joder, qué rico te ves —dijo, mirándome el coño rapado, hinchado.
Me abrió las piernas con fuerza, y sin pedir permiso, hundió la cara.
—¡Ay, no! —grité, pero fue un “no” que sonó a “sí, más”.
Su lengua era larga, caliente, experta. Me lamía como si llevara años esperando por mí. Me chupó el clítoris, me metió dos dedos, los movía como si conociera mi cuerpo de memoria. Gemía contra mi sexo, y yo arqueaba la espalda, agarrándole el pelo con fuerza.
—Quiero tu polla —jadeé—. Quiero que me la metas hasta que no pueda más.
Se desabrochó el pantalón. Su verga salió dura, gruesa, con una gota de líquido en la punta. Me lamió el cuello mientras me la ponía en la entrada.
—¿Así? —preguntó.
—Sí, metémela toda.
Entró de una.
—¡Ay, Dios! —grité, con el culo en el aire.
Era grande, pero no me quejé. Al contrario, lo abracé más fuerte, le clavé las uñas en la espalda.
—¡Dale! ¡Dale más fuerte!
Y lo hizo. Me cogió como si fuera su dueño, como si mi cuerpo le perteneciera. Cada embestida me sacudía entera, mis tetas rebotaban, el sonido de su pelvis contra mi culo llenaba el cuarto.
—¿Te gusta que te coja así, casada? —me dijo al oído.
—Sí… sí, jódeme más.
Llegué primero. Un orgasmo fuerte, seco, que me dejó temblando. Pero él no paró. Me dio vuelta, me puso a cuatro patas, y me la volvió a meter. Esta vez por atrás.
—¿Te gusta que te cogue por el culo? —preguntó.
—No… no por ahí… —mentí.
Pero abrí más las piernas.
Entró lento, pero con decisión. Ardía, pero era un fuego que me encendía.
—Toda —gemí—. Toda adentro.
Cuando terminó, se corrió sobre mi espalda. Un chorro caliente, espeso, que bajó por mi piel.
Se vistió en silencio. Yo, aún desnuda, jadeando.
—Gracias por la propina —dijo antes de irse.
Y cerró la puerta.
Desde entonces, cada vez que pido comida, pido que sea él quien traiga. Y cada vez, me recuerda que no soy tan buena esposa como creía.
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