Lo que pasó con el profesor de tango
Nunca pensé que un par de clases de tango me iban a cambiar la vida, pero aquí estoy, con las nalgas ardiendo y el corazón a mil por lo que pasó anoche con el profesor. Se llama Darío, tiene cuarenta y tantos, pelo canoso, manos grandes y una voz que te entra por la oreja como si ya supiera cómo te gusta que te chingen. Desde la primera clase noté cómo me miraba, no con lujuria barata, sino con hambre contenida, como si supiera que yo podía darle lo que necesitaba.
La clase terminó, todos se fueron, pero él me detuvo con un “espérate, Adriana, quiero mostrarte un ajuste de postura”. El salón quedó vacío, solo el eco de los pasos en el piso de madera y el reflejo de las luces en el espejo. Me puso detrás, tan cerca que sentí su verga dura contra mi culo. “Pon las manos atrás”, me dijo, firme. Y yo, sin chistar, obedecí. Me tomó las muñecas, me jaló hacia atrás y me dobló un poco, justo hasta que mi espalda rozó su pecho. “Así se domina a una mujer que sabe rendirse”, susurró, y me mordió el cuello con fuerza, no tanto que doliera, pero sí lo suficiente para que me mojara al instante.
“¿Te gusta que te digan qué hacer?”, me preguntó, sin soltarme las manos. “Sí”, dije, y mi voz tembló. “Dime más fuerte”, ordenó. “¡Sí, me gusta!”, grité, y él soltó una risa baja, oscura, como si ya supiera que iba a ser suyo. Me dio una nalgada fuerte, seca, que me hizo saltar, pero no me soltó. Al contrario, me jaló más hacia él, y sentí cómo su verga se frotaba contra mi culo, lento, como si estuviera probando cuánto aguantaba.
“Quítate el pantalón”, dijo. No fue una sugerencia. Me bajé el pantalón de yoga con manos temblorosas, me quedé en tanga y bra. “Ahora el brasier”. Lo desabroché. “Tanga también”. Me lo quité. Estaba desnuda frente al espejo, con él detrás, sosteniéndome las manos, viéndome temblar. “Eres hermosa cuando tienes miedo”, dijo, “pero quiero verte cuando estás rota”. Me jaló del cabello, me giró y me empujó contra el espejo. Me besó con fuerza, con lengua, mordiéndome el labio inferior hasta que sangró un poco. Luego se arrodilló.
Me abrió las piernas con las manos, me separó la rajita con los dedos y empezó a lamerme. No fue dulce. Me chupó el clítoris como si fuera a comérselo, me metió dos dedos de golpe, y empezó a moverlos como si estuviera follando mi concha. “¡Sí, cabrón!”, grité, y él no paró. Me corrí en dos minutos, temblando, con las piernas flojas. Pero él se levantó, se quitó la camisa, se bajó el pantalón. Tenía una verga gruesa, larga, con venas marcadas, y un vello que bajaba hasta los huevos. “¿La quieres?”, me preguntó. “Sí, quiero tu verga”, dije. “Dime cómo la quieres”, insistió. “Quiero que me cojas fuerte, que me llenes, que me domes”, rogué.
Me jaló del cabello, me puso de rodillas frente al espejo. “Mírame mientras te follo”, dijo. Me penetró de una estocada. Grité. Me llenó entera. Empezó a darme con fuerza, agarrándome las nalgas, marcándome con sus dedos. Cada embestida me empujaba contra el espejo, y yo veía cómo mi cara se descomponía de placer. “¿Quién te está follando?”, preguntó. “¡Tú, mi dueño!”, grité. “¿Quién te domina?”. “¡Tú, Darío!”. Y entonces, con un gruñido, se corrió adentro, llenándome hasta que sentí cómo el semen me chorreaba por las piernas.
Nos quedamos ahí, sudados, respirando fuerte. Me abrazó por la espalda, aún dentro de mí. “Mañana hay clase a las ocho”, dijo. “No faltes”. Y yo supe que no iba a faltar. Porque ahora soy suya. Y quiero que me siga rompiendo, noche tras noche.
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