Lo que le hice a mi novia mientras le cambiaba el pañal
6 minLo que le hice a mi novia mientras le cambiaba el pañal
Yo no soy de esos tipos que les encanta jugar con bebés. Pero mi novia, Lucía, sí. Y no me refiero a los niños reales, sino a los pañales. A los pañales grandes. A los *premium*, con las abrazaderas de plástico y todo. Y cuando me lo pidió, no dudé ni un segundo. Me encantaba verla así: sentada en el sofá, con las piernas abiertas, las manos en las rodillas, y ese pañal gigante, blanco y abultado, estirando el tejido hasta parecer una pelota de fútbol ajustada entre sus nalgas.
—¿Te gusta cómo me queda? —me preguntó, moviendo las caderas un poco para que el pañal crujiera contra el plástico interior.
—Me *lo chupo*, cariño. Pero no me vas a decir qué tamaño es.
—Sí, te lo voy a decir. *XL*. Con refuerzo triple. Y mañana le meto otra capa encima, encima del pañal, con una funda de látex.
Me acerqué despacio, con las manos en los bolsillos, como si no estuviera emocionado. Pero yo sabía que sí lo estaba. Porque cuando Lucía se ponía así, con ese tono de voz tranquilo, seguro, como si supiera exactamente qué quería y cómo lo iba a conseguir, yo me volvía loco.
—¿Y qué me dices de la chupada? —pregunté, sentándome a su lado—. ¿Tú crees que aguanto cinco minutos sin meterle la lengua entre los pliegues?
Ella se echó a reír, pero no era una risa cualquiera. Era la risa de quien ya sabe que va a ganar.
—Depende. ¿Me vas a hacer la prueba ahora o esperas a que me orine encima?
—Ahora.
Me puse de pie. Le tomé la barbilla con fuerza y la obligué a mirarme. Sus ojos estaban brillantes, pupils dilatadas, labios entreabiertos. Ya la había visto así antes, pero cada vez que me hacía efecto como la primera vez. Como si fuera su primera vez conmigo, aunque ya habíamos hecho de todo.
—Vas a agacharte —le dije—. Boca abajo, sobre el sofá. Manos a los lados. Y no te muevas ni un centímetro, perra.
Ella no se hizo de rogar. Se deslizó de inmediato, con ese pañal gigante colgándole entre las nalgas, el plástico haciendo ese sonido suave de *shhhhk* cada vez que se movía. Se tendió boca abajo, los muslos separados, el culo en alto, como si ya lo estuviera ofreciendo.
—Mira qué culo tan bien lleno —dije, pasándole la mano por la parte trasera del pañal, sintiendo la humedad ya acumulada—. Como una bolsa de agua caliente, pero más tierno.
Me arrodillé detrás de ella. Con la punta de los dedos, le separé los pliegues del pañal, buscando el borde donde el plástico no estaba pegado a la piel. Lo encontré. Lo levanté con cuidado, solo un poco, y metí la nariz.
Huele a sal, a leche, a piel calentita. A *ella*. A Lucía.
—Joder… —susurré, y sin pensarlo más, le metí la lengua entre los pliegues, rozando la piel desnuda del culo, de las nalgas, de la base de la vagina ya húmeda—. Maldita perra… te orinaste un poco, ¿verdad?
—Sí… —gimió, agarrando el cojín del sofá con fuerza—. Pero no mucha. Solo un poco.
—No me mientas, perra. Siento el chorro. Ya está casi listo para salir.
Le separé más el pañal, bajándolo hasta las rodillas, dejando su culo al aire, con las mejillas rojas, ligeramente hinchadas por la acumulación del pañal. Le pasé la mano por la espalda, luego por la cintura, y finalmente le agarré una nalga con fuerza.
—Tú eres mía. Solo mía. Y esto… —le dije, metiéndole un dedo en el ombligo, haciendo que se estremeciera—… esto es mío. Cada gota. Cada gota de humedad. Cada respiración.
Me puse de pie de golpe. Le agarré del pelo, la obligué a levantarse. Me miró, con los ojos llenos de deseo, pero también de obediencia.
—Vas a arrodillarte frente a mí. Manos en las rodillas. Cabeza baja.
Ella obedeció. Se puso de rodillas, con el pañal aún bajado hasta las ingles, dejando su vagina expuesta. La piel estaba tersa, los labios hinchados, ya mojados por el calor. Le pasé la mano por el muslo, luego por la vagina, rozando con la punta de los dedos.
—¿Te gusta que te toque así? —le pregunté—. ¿Te gusta que te haga esto delante de ti misma?
—Sí… —dijo, con la voz temblorosa—. Me gusta que me domines. Me gusta que me trates como una perra.
—Entonces… agárrate.
Le puse las manos en los hombros y la empujé hacia atrás, hacia el sofá. Ella se dejó caer, boca abajo otra vez. Le separé los muslos con las rodillas y me puse entre ellos.
—Voy a meter la verga en tu culo. Sin condón. Solo la piel. Y si te orinas mientras te muevo, no me importa. Te chupo todo. Te lo chupo todo.
Le froté la punta de la verga contra el ano, esperando que se relajara. Ella respiró hondo, contuvo el aire, y cuando exhaló, la dejé entrar.
—Maldita… —gimió, sintiendo cómo le abría el cuerpo—. Está tan grande…
—Sí. Porque te lo voy a llenar todo. Tu culo. Tu puta boca. Tu verga. Todo.
Empecé a moverme. Lento. Profundo. Cada empuje la hacía temblar. Cada vez que la jalaba hacia atrás, su pañal crujía. Cada vez que la empujaba hacia adelante, su cabeza golpeaba suavemente el sofá.
—Dime quién eres —le ordené, agarrándole una nalga con fuerza.
—Una perra. Una perra tuya. Una perra que se orina encima por tu verga.
—Sí. Eso es. Ahora… orínate.
Y como si hubiera estado esperando esa orden, su cuerpo se estremeció. Primero un temblor leve, luego una contracción fuerte, y por fin, un chorro caliente y constante que salió de su vagina, bañándole el culo, el pañal, y hasta mis manos.
—Joder… —susurré, sintiendo cómo su cuerpo me aprisionaba, cómo su culo me apretaba como un puño—. Me la estás chupando, perra. Me la estás chupando con tu culo.
Le di un último empujón profundo, y me corrí dentro de ella, sin pausa, sin freno. Sentí el calor de mi verga llenándole el culo, el cuerpo, la vida.
Cuando terminé, me retiré despacio. Le pasé la mano por la espalda, le besé el cuello.
—¿Te gustó?
—Me *lo chupé*, Joaquin. Me la chupé toda.
Le ayudé a levantarse. Le subí el pañal, lo ajusté con cuidado, como si fuera un regalo.
—Mañana lo repetimos. Pero esta vez… te voy a poner una funda de látex encima. Y te voy a dejar así, sentada, con el pañal lleno, mientras yo trabajo.
Me miró, con esa sonrisa de perra contenta.
—¿Me dejarás salir a la calle con eso puesto?
—Sí. Pero con tus manos atadas. Y con un collar. Y un letrero que diga: *Propiedad de Joaquin*.
—Me lo chuparía, jefe —dijo, y me besó, con la lengua y todo.
Y así fue. Esa noche, la dejé dormir así: sentada, con el pañal lleno, las manos en las rodillas, y su cuerpo aún palpitando por lo que le había hecho.
Porque yo no soy de esos tipos que les encanta jugar con bebés.
Pero a Lucía sí le encanta ser mi perra.
Y yo… yo le encanta ser su amo.
¿Te ha gustado? Valóralo