Lo que hizo Marta cuando las luces se apagaron
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La ciudad respiraba con su ritmo habitual: el murmullo lejano del tráfico, el giro suave de los ventiladores en los balcones, el olor a lluvia que aún flotaba en el aire tras la tormenta de la tarde. Marta se sentó en la cama con las piernas cruzadas, la espalda recta, las manos descansando sobre los muslos. Tenía treinta y siete años, una vida ordenada, un trabajo estable, una rutina que ya no la sorprendía. Pero esa noche, algo en la oscuridad —o más bien en la falta de ella— había cambiado.
El corte de luz había llegado sin previo aviso, justo cuando ella se disponía a leer en el sofá. Al principio, pensó que sería solo unos minutos. Pero pasaron veinte, luego cuarenta. Aceptó que no iba a haber electricidad hasta el día siguiente. Encendió una vela en el centro de la mesa baja, la suficiente luz para dibujar sombras danzarinas en las paredes, pero no para ver con claridad. Y entonces, con una lentitud que parecía calculada por su cuerpo mismo, se levantó, caminó hasta el dormitorio y se quitó la ropa con una pausa deliberada en cada gesto.
Se dejó caer sobre la cama sin apagar la vela, que ahora descansaba sobre la mesita de luz. La llama temblaba ligeramente con el aire que entraba por la ventana entreabierta. Marta se pasó una mano por el estómago, lento, desde el ombligo hasta la base del vello púbico, donde la piel era más suave, más sensible. No tenía prisa. Había aprendido, con los años, que el deseo no se apura; se cultiva. Como una planta que exige paciencia, agua constante y luz filtrada.
Se acarició los pechos primero, con palmas abiertas, sin apretar, sin presionar. Solo rozando. Sus pezones se endurecieron al contacto, pequeños botones oscuros que respondían al calor de su propia mano. Se inclinó hacia atrás, apoyada en los codos, y se miró en el espejo del armario. La vela proyectaba su imagen sobre la pared: una silueta curva, con curvas reales, no ideales. Una mujer que ya no intentaba encajar en una norma, sino que se disfrutaba tal como estaba.
Se deslizó una mano entre las piernas. Ya estaba húmeda. No por expectativa, sino por anticipación. Había veces en que su cuerpo le ganaba a su mente. Esa noche, era su cuerpo el que la guiaba. Con dos dedos, separó los labios externos, encontrando el clítoris, ya hinchado, brillante bajo la luz tenue. Lo tocó con la punta del pulgar, un círculo lento, constante. Cerró los ojos. Escuchó su propia respiración, más agitada ahora.
—Ah —susurró, apenas audible—. Ah.
No dijo nada más. Solo dejó que el sonido saliera, natural, espontáneo. Como si el cuerpo tuviera un idioma propio, y ella estuviera aprendiéndolo ahora, por primera vez.
Se movió un poco, girando sobre su lado, y se llevó la mano libre a la nuca, estirando los dedos hacia atrás. Sentía los músculos de la espalda tensos, pero no dolía. Dolor y placer se entrelazaban en su piel como dos colores que se funden en el lienzo. Volvió a tocar su clítoris, esta vez con más presión, con un ritmo que aún no era un ritmo, sino una búsqueda.
La vela parpadeó. Una ráfaga de aire entró por la ventana. Las sombras saltaron como si hubieran cobrado vida propia. En ese instante, Marta pensó en todas las veces que había evitado estar sola con su cuerpo. En las disculpas: *“No tengo tiempo”*, *“Estoy cansada”*, *“Después será”*. Pero no había *después*. Solo había ahora.
Se insertó un dedo. Lento. Profundo. Sentó la punta del dedo contra la pared anterior de su vagina, donde sabía que estaría el punto G, si es que existía —porque lo que ella buscaba no era anatomía, sino sensación. Y sí: un nudo, una ligera resistencia, una respuesta.
Su otra mano seguía trabajando sobre su clítoris, ahora con una presión firme, sin vacilaciones. El ritmo se aceleró sin que ella lo ordenara. Como si su cuerpo recordara algo que su mente había olvidado: que el placer no es un destino, sino un viaje, y que el viaje puede ser breve o prolongado, pero siempre es suyo.
Respiró con fuerza. Inspiró. Espiró. Inspiró. Y cuando el ritmo se volvió incontrolable, cuando sus caderas comenzaron a moverse al unísono con sus dedos, cuando su respiración se volvió jadeante, ella dejó que su boca se abriera y dejara salir un sonido que no era palabra ni gemido, sino pura vibración.
—Mmm… sí… —murmuró, con los ojos cerrados, la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás—. Justo ahí…
Sus uñas rozaron su piel mientras se rozaba, mientras se tocaba con una familiaridad que no había tenido en años. Había aprendido a conocer su cuerpo no como un enigma, sino como un paisaje conocido, con sus colinas suaves, sus valles oscuros, sus puntos calientes.
El clímax no fue una explosión. Fue una ola que sube, que se retuerce, que se aprieta desde lo más profundo, y luego se libera. Sus músculos se contrajeron, su espalda se arqueó, sus dedos se clavaron en su propia piel. Y en ese instante, con la vela parpadeando tras ella como un testigo silencioso, Marta no pensó en nada. Solo sintió.
Cuando todo se relajó, cuando su cuerpo volvió a su tamaño habitual y su respiración se suavizó, se quedó acostada sobre el lado, con una mano aún entre las piernas, acariciando con ternura lo que había sido, por unos minutos, su universo entero.
La oscuridad no la asustaba ya. La oscuridad era donde podía encontrar lo que la luz ocultaba: su propia voz, su propio cuerpo, su propio deseo.
Marta sonrió, apenas, sin abrir los ojos.
—Mañana —susurró al aire—, enciendo otra vela.
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