Lo que hicimos mi vecina y yo en el ascensor, cuando se fue la luz

Lo que hicimos mi vecina y yo en el ascensor, cuando se fue la luz

@lucia_noche ·21 de junio de 2026 · 🔥 4.9 (40) · 73 lecturas · 10 min de lectura

Era lunes. Lluvia fina, de esas que no mojan pero sí empañan los cristales y loen el asfalto con reflejos de neón. Yo subía en el ascensor del edificio, la mochila al hombro, el celular encendido en la mano, la pantalla iluminándome la cara como un faro de emergencia. El 7A —mi piso— estaba a solo tres pisos de distancia. El ascensor subía lento, como siempre, con ese crujido metálico que me acompañaba desde que me mudé, hace tres años.

Oía la lluvia contra los cristales del vestíbulo, y dentro del ascensor, el silencio habitado por el zumbido del motor. La luz era tenue, amarillenta, como la de un atardecer viejo. El espejo del fondo me devolvía una imagen borrosa: pelo suelto, camiseta de algodón gris un poco arrugada, pantalón de chándal que se me caía un poco de las caderas. Nada especial. Nada que delatara lo que iba a pasar.

Pero entonces, la puerta se abrió en el 4. Y entró ella.

Mi vecina del 6B.

Llevaba un abrigo negro corto, mojado en los hombros, y los cabellos recogidos en un nudo desordenado, algunas hebras sueltas pegadas a las sienes por la humedad. Se quitó los zapatos de taco alto en el último instante, como si no quisiera que se oyera el clic metálico contra el suelo. Me miró apenas. Una mirada breve, rápida, que no fue de sorpresa ni de desconocimiento, sino de reconocimiento. Como si ya supiera que me vería ahí, esa noche.

—Hola —dijo, y su voz era baja, casi un susurro, pero clara, como una campanilla enterrada en la tierra.

—Hola —respondí, sin bajar la pantalla del celular. No porque no quisiera mirarla, sino porque ya la estaba mirando con la cola del ojo, y eso bastaba.

El ascensor siguió subiendo. El número del piso 5 parpadeó, se detuvo, volvió a encenderse. Nadie bajó. Nadie subió. Solo ella y yo. El aire se volvió denso. No por el espacio cerrado, sino por algo que se armaba entre nosotros, como una cuerda tensa que nadie se atrevía a tocar.

Ella se acercó al panel, pulsó el botón del 7. Mi piso.

—¿También vives ahí? —pregunté, como si no lo supiera.

—No —dijo, y me miró de nuevo. Esta vez, la mirada se quedó un poco más.— Pero subo a buscar algo que dejé. Un libro. Se me olvidó ayer.

—Ah —dije.— ¿Un libro?

—Sí. —Sonrió. No una sonrisa completa, sino solo la curva de los labios, y un leve levantamiento de cejas. Como una promesa sin palabras.

El ascensor se detuvo. El 7. La luz del pasillo se coló, cálida, amarillenta, iluminando el borde de sus cejas, el reflejo de sus pestañas en las mejillas. La puerta se abrió con su sonido habitual: *ding*.

Pero en vez de salir, ella dio un paso hacia atrás. Y yo —yo no supe qué me movió. Tal vez fue el cansancio, tal vez fue la lluvia, tal vez fue el silencio que se había ido apoderando de nosotros como una manta húmeda—. Yo di un paso hacia ella.

—¿Seguro que no te equivocaste de piso? —le pregunté, con la voz más grave de lo habitual.

Ella no respondió con palabras. Sino con las manos. Se quitó una goma del cabello, la deshizo, y dejó que los rizos le cayeran sobre los hombros. Luego, lentamente, se acercó hasta quedar a menos de veinte centímetros. Tanto que sentí el calor de su cuerpo antes de tocarla. El olor de su perfume: vainilla y humedad, como pan recién horneado que se seca al aire.

—No me equivoqué —dijo.

Y entonces, sin más, me besó.

No fue un beso de despedida, ni de casualidad. Fue un beso que ya había estado esperando. Sus labios fueron suaves, tibios, con el sabor del café que debió tomar antes de salir. Me besó como si ya nos hubiéramos besado antes, en sueños, en recuerdos que ni siquiera sabíamos que teníamos. Me besó como si supiera dónde se detenía mi lengua, cómo giraba, cómo buscaba la suya.

Yo la tomé por la cintura. Mis manos se hundieron en la tela de su abrigo, sintiendo la curva de su espalda, la suavidad de su piel bajo la lana. Ella se pegó más a mí, como si el frío del pasillo la hubiera helado y yo fuera su única fuente de calor. Sus pechos rozaron contra mi pecho, y sentí cómo sus pezones se endurecieron, aunque no sabía si por el frío o por mí.

La puerta del ascensor seguía abierta. La luz del pasillo nos envolvía, pero nadie pasaba. Nadie miraba. Era como si el mundo se hubiera detenido en el séptimo piso, como si el tiempo se hubiera vuelto espeso, pegajoso.

Ella rompió el beso primero. Solo un milímetro. Suficiente para que sus ojos se encontraran con los míos. Sus pupilas estaban dilatadas, oscurecidas por algo que no era oscuridad, sino deseo.

—¿Podemos…? —empezó, y tragó saliva.— ¿Podemos subir?

Asentí. No con palabras. Con la cabeza. Con el cuerpo. Con el latido que me temblaba en las muñecas.

Subimos. No corrimos, no nos empujamos. Caminamos juntos, de la mano, como si fuéramos dos personas que se habían encontrado después de años y ahora volvían a encontrarse. El pasillo era largo, con alfombra gris que absorbía el sonido de nuestros pasos. La luz del techo parpadeó un momento, como si dudara, y luego se mantuvo firme.

Llegamos a mi puerta. Saqué las llaves, las manos un poco temblorosas, pero no por nervios. Por anticipación. Ella me miraba, con esa sonrisa que no se iba, como una sombra pegada a su boca. Introduje la llave. La puerta se abrió.

Dentro, todo era oscuro. No había encendido las luces. La lluvia seguía cayendo contra los vidrios, y el viento hacía temblar las persianas. Ella se detuvo en el umbral, sin entrar de inmediato. Se quitó el abrigo, con lentitud, dejándolo caer sobre el sofá. Debajo, llevaba un vestido ajustado, negro, que le subía hasta la mitad de los muslos. Y lo más importante: sin sostén.

No lo dije. No lo pregunté. Lo sentí.

—Está bien —murmuré, y me acerqué.

Ella no retrocedió. Solo me miró, con los ojos fijos en los míos, como si me estuviera leyendo el alma. Me tomó de la muñeca y me guió hasta el centro de la sala. Nos sentamos en el sofá, pero no como dos personas que se sientan a conversar. Nos sentamos como dos cuerpos que ya saben dónde encajan.

Sus dedos recorrieron mi cuello, bajaron por mi clavícula, se internaron en el borde de la camiseta. Me desabotonó la primera botona. Luego la segunda. Sus dedos rozaron mi pecho, y yo contenía la respiración, porque su piel era suave, pero sus uñas estaban cortas, y con cada roce, me picaba la piel como una descarga eléctrica.

—¿Y si alguien entra? —susurró, pero no sonaba como una pregunta. Sonaba como un desafío.

—No vendrá nadie —respondí, y la tomé por la nuca.— La lluvia no deja salir a nadie.

Y la besé de nuevo. Esta vez, más hondo. Más lento. Su lengua encontró la mía como si ya supiera su camino. Mis manos subieron por su espalda, bajaron por sus caderas, se hundieron en el tejido del vestido, apretándola contra mí. Sentí su muslo rozar mi entrepierna, y el calor que emanaba de ella me hizo cerrar los ojos.

Ella se separó un poco. Me miró, y por primera vez, hubo algo más en su mirada: una súplica.

—Quiero sentirte —dijo, y sus palabras sonaron como una orden, pero también como una ofrenda.

Me levanté. Ella me siguió. Caminamos hacia la habitación, sin soltarnos. La cama estaba hecha, pero no importaba. La luz del cuarto era tenue, solo la de la calle, que se colaba por la ventana. Ella se sentó en el borde, y yo me puse de rodillas frente a ella.

Le desabroché los zapatos, con lentitud. Cada botón, cada hebilla, como si fuera un ritual. Luego, sus piernas, sus pantimedias, suaves como humo. Sus pies, delgados, con los dedos ligeramente arqueados, me miraron mientras los tocaba. No me pidió nada. Solo me miró.

—Tu turno —dijo, y se inclinó hacia mí.

Me desabrochó el pantalón. No con nerviosismo, sino con una seguridad que me hizo temblar. Me bajó la cremallera, lenta, como si cada milímetro fuera un suspiro. Luego, mis manos ya no necesitaban más permiso. Bajé las manos por su vestido, hacia la cintura, y se lo subí hasta la cadera. El tejido se enroscó alrededor de su cintura, dejando al descubierto sus muslos, su vientre plano, y entre ellos, su sexo: redondo, terso, cubierto por un triángulo de vello oscuro y húmedo.

No lo tocé de inmediato.

La miré.

—¿Estás segura? —le pregunté, y mi voz sonó ronca, como si llevara días sin usarla.

Ella no respondió. Solo se separó un poco, y con una mano, abrió sus propias piernas. No fue un gesto de impaciencia, sino de entrega. Como si me estuviera ofreciendo un templo.

Entonces, bajé la cabeza.

Primero, besé su clítoris. Fue un beso ligero, apenas un roce, como si fuera una hoja que se posa sobre agua. Ella exhaló un grito ahogado, y sus manos se cerraron en el sában. Seguí. Lengua, suave, lenta. Tracé círculos alrededor de su clítoris, luego lo lamí con delicadeza, como si fuera el primer beso de la noche. Ella se arqueó. Sus pies se apretaron contra el colchón. Sus ojos se cerraron. Su boca se entreabrió.

—Sí —susurró—. Sí, así.

Y entonces, la toqué con los dedos.

Introduje dos dedos en su interior, lentamente. Estaba caliente. Seca al principio, luego húmeda, como si su cuerpo hubiera estado esperando eso. Se contrajo alrededor de mis dedos, apretando, pidiendo más. Yo la sentí temblar, sus caderas moverse al ritmo de mis movimientos, como si estuviera escribiendo una carta con su cuerpo.

—Más —pidió.

Y le di más.

Mis dedos se hundieron más hondo, sentí su fondo, su calor, su pulso. Le masajeé la glándula del punto G con el pulgar, y ella gritó. Un grito corto, ahogado, como si tuviera miedo de despertar a alguien. Pero no había nadie. Solo ella. Solo yo. Solo el sonido de la lluvia y el ritmo de su respiración.

Me levanté. Me deshice de mi camiseta. Me quitó los pantalones. Y entonces, ella me tomó en la mano. Me sintió. Me midió con sus dedos, como si estuviera midiendo un instrumento. Me llevó a su entrada, y se colocó, con cuidado, como si no quisiera romper nada.

Me miró, y me sonrió.

—Ahora —dijo.

Y entré.

No fue rápido. No fue brusco. Fue profundo. Fue total. Sentí su calor, su apretón, su corazón latiendo en su pecho, tan cerca del mío. Se movió con lentitud, al principio, como si estuviera aprendiendo. Luego, con más fuerza, con más necesidad. Yo la tomé por las caderas, la levantaba un poco, la hundía contra mí, y cada vez que ella se arqueaba, yo sentía que me llevaba consigo.

El sudor me corría por la frente. Su cabello me rozaba la barbilla. Sus uñas me arañaban la espalda, con fuerza, con placer. Su boca estaba abierta, sus ojos cerrados, y cada vez que se venía, su cuerpo se estremecía como una hoja al viento.

—Lucía —dije, porque no pude evitarlo. Su nombre salió como una plegaria.

—Sí —susurró—. Sí, aquí. Con vos.

Se vino de nuevo, esta vez más fuerte. Su cuerpo se tensó, su pecho se hundió contra el mío, y yo sentí cómo su vagina me apretaba, como si me estuviera tragando, como si no quisiera soltarme. Yo me dejé ir, mecorrí dentro de ella, todo lo que tenía, todo lo que era.

Después, quedamos en silencio. Ella se desplomó sobre mí, sudorosa, con la cara contra mi cuello. Sus respiraciones eran largas, profundas, como si acabara de correr una maratón. Yo la abracé, con las manos en su espalda, sintiendo cómo su corazón se calmaba.

—¿Vas a bajar? —le pregunté, en voz baja.

Ella se separó un poco, me miró, y sonrió. No la sonrisa de antes. Esta vez, era otra. Más profunda. Más verdadera.

—No —dijo.— Prefiero quedarme.

Y así quedamos, abrazados,

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@lucia_noche

Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.

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