Lo que hicimos mi cuñada y yo en la cocina
3 minLo que hicimos mi cuñada y yo en la cocina
La primera vez que sentí su olor en la cocina fue un miércoles de julio, cuando el calor no daba respiro y el aire se volvía espeso como miel hervida. Adriana —mi cuñada— se inclinó sobre la encimera para alcanzar una lata de sopa en el armario superior, y el vestido de algodón claro se le subió por las caderas, dejando al descubierto una línea de piel tersa, brillante bajo la luz del sol que entraba por la ventana. No dijo nada. Solo giró la cabeza un par de grados, lo suficiente para que su pelo rubio, recogido en un nudo deshecho, se apartara de la nuca. Yo estaba parado justo detrás, lavando los vasos que habíamos usado para el café. No me giré. No quería que notara que yo también estaba conteniendo la respiración.
—¿Te apetece un té? —preguntó, sin voltear, con la voz un poco ronca, como si hubiera estado callando mucho rato.
—Sí —respondí, sin soltar el vaso que aún tenía en la mano—. De manzanilla.
Ella asintió, aunque yo no la vi mover la cabeza. Solo sentí el leve crujido del suelo de madera cuando dio un paso hacia la nevera. Yo dejé el vaso en el escurridor y me secé las manos con la punta de la camiseta. No era necesario. No había prisa. El tiempo allí, en esa cocina, se volvía denso, espeso, como si el propio aire hubiera decidido mantenernos juntos, inmóviles, aunque fuera solo por segundos.
—¿Te ayudo? —dije, acercándome más, hasta que mi pecho rozó casi imperceptiblemente la parte baja de su espalda.
Ella no respondió con palabras. Sí con el codo: lo empujó contra mi abdomen, con suavidad, pero con intención. Un empujón que no era de rechazo, sino de advertencia. De aviso. De *¡cuidado, aquí hay algo que no puedes ignorar*. Yo no me aparté. En cambio, bajé la cabeza hasta que mis labios casi rozaron la curva de su oreja.
—Tú sabes que no me puedo acercar a ti —susurré—. No aquí. No ahora.
Ella giró lentamente, con los ojos bajos, los párpados pesados, como si estuviera luchando contra algo. Pero no contra mí. Con la conciencia. Con la culpa. Con el hecho de que yo era el hermano de su marido. Con que todo lo que podríamos sentir —y ya sentíamos— iba a romper algo, tarde o temprano.
—Entonces no te acerques —dijo, y esta vez su voz sí tembló. Pero no se movió. No se alejó. Solo me miró, y con esa mirada me dijo todo lo que no podía decir en voz alta: *¿y qué pasa si no me importa?*
Me tomó de la muñeca. No con fuerza, pero sí con firmeza. Me guió hacia la puerta del refrigerador, que estaba entreabierta, y con la otra mano cerró la puerta tras nosotros. Nos quedamos a oscuras, respirando el mismo aire, con el calor de la cocina atrapado entre las paredes.
—¿Estás segura? —pregunté, porque había que preguntarlo.
Ella no respondió. Solo apoyó la frente en mi hombro, y su mano, la que me sujetaba la muñeca, subió despacio por mi brazo, hasta detenerse en el codo. Luego, con un gesto casi imperceptible, tiró un poco de mí. No era una invitación abierta. Era una prueba. Un desafío.
Yo no la besé. En su lugar, puse la mano libre sobre su cadera, con la palma hacia arriba, como si la sostuviera. Y entonces, con la yema de los dedos, deslicé el borde del vestido hacia arriba, solo un poco, lo suficiente para que mi dedo rozara la piel de su muslo, donde la tela ya no llegaba. Ella soltó un suspiro que no pude distinguir si era de pánico o de deseo. Tal vez de ambos.
—Todavía no —susurró—. Pero… si me tocas así, de nuevo… no me voy a poder controlar.
—Entonces no me pidas que me detenga —respondí, y esta vez sí la besé. No con urgencia. No con desesperación. Con calma. Con intención. Con la certeza de que, por una vez, el mundo se detenía en esa cocina.
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Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.