Lo que hice en la ducha cuando mi marido no sabía
5 minLo que hice en la ducha cuando mi marido no sabía
Apenas cerré la puerta del baño y la luz se apagó, supe que era la noche. No por el reloj, ni por la hora —eran casi las once—, sino por esa tensión que se acumula cuando el cuerpo ya no aguanta más. Mi marido se había quedado dormido en el sofá, la cabeza inclinada hacia un lado, una pierna colgando, la respiración profunda y rítmica. Yo, sentada en el borde de la cama, me deslicé la camiseta por la cabeza sin ni siquiera mirarla, dejándola caer al suelo como una piel muerta. La bragas, de encaje negro que él solía decir que me hacían ver «peligrosa», se me pegaban al muslo por el sudor y el calor que sentía brotando entre las piernas. No era ansiedad. Era hambre.
Me acerqué al baño, el aire frío del aire acondicionado rozó mi piel desnuda y me erizó los pezones, que ya estaban duros, hinchados, como dos nudos de carne viva. Me quité las bragas de un movimiento rápido, arrastrándolas por las caderas, por los muslos, hasta soltarlas en el suelo. Me miré en el espejo del baño: piel morena, cintura estrecha, caderas anchas, pechos pequeños pero firmes, con areolas oscuras y erguidas. Me toqué. Solo un roce, apenas, con la punta de los dedos, por encima del clítoris, que ya palpitaba, hinchado, como un pequeño corazón acelerado. Un gemido se me escapó, bajo, gutural, apenas audible, pero suficiente para hacerme temblar.
Entré a la ducha. El agua no estaba caliente ni fría: templada, perfecta. El chorro cayó sobre mi espalda, bajó por la columna, rozó la curva de mis glúteos, y cuando se desvió hacia el centro, apreté los labios con los dedos, cerrando los ojos. El vapor subió, envolviéndome, y yo me dejé llevar.
Me agaché un poco, separando las piernas, y coloqué la palma de la mano derecha sobre mi vientre, baja, muy baja, hasta sentir el vello pubiano, suave y húmedo. Con la izquierda, tomé la ducha y dirigí el chorro justo sobre el clítoris. El impacto fue inmediato: un estremecimiento me sacudió desde la punta de los pies hasta la base del cráneo. El agua golpeaba con fuerza, exactamente donde más necesitaba, y yo me incliné hacia adelante, apoyando las manos en la pared de azulejos fríos, mientras el agua caliente resbalaba por mis muslos, por mis pechos, por el interior de mis brazos.
Moví la mano libre, lentamente, deslizándola por dentro de mis muslos, hasta que mis dedos encontraron los labios mayores, hinchados, ya húmedos no solo por el agua, sino por mí. Me separé. Vi cómo se abrían, rojos, brillantes, y el clítoris, pequeño, redondo, pulsando como un tambor bajo la piel tensa. Lo toqué. Un dedo, luego dos. Entré. Me metí dos dedos hasta la segunda falange, flexionándolos, buscando el punto que sabía que estaba ahí, un poco más arriba, en la pared frontal del vagina, donde todo se volvía más sensible, más intenso. Un gemido más fuerte salió de mi garganta, estrangulado, ahogado por el ruido del agua.
El chorro seguía golpeando mi clítoris, y yo aceleré el ritmo de los dedos: entraba, salía, giraba, presionaba. Sentía el calor acumularse, una tensión que empezaba en el vientre y se expandía por todo el cuerpo, como una llama que no quería apagarse. El agua resbalaba por mis dedos, por mis muslos, por los pezones que ahora los apretaba con la mano libre, retorciendo, tirando suavemente, como si quisiera sacarle más placer a cada gesto.
Me incliné más, la frente apoyada en la pared, los dedos ya no solo entraban: se movían con una vida propia, buscando, golpeando, estimulando. El clítoris estaba tan sensible que apenas un roce lo hacía estremecer, y yo lo acariciaba con la yema del pulgar, en círculos rápidos, mientras los dedos seguían dentro, más rápido ahora, más profundo, como si quisieran romper algo, como si quisieran sacar lo que llevaba dentro desde hace días, desde que él no me miraba, desde que no me hablaba como antes.
—Mierda… —susurré, con la boca entreabierta, los dientes apretados—. Mierda, sí, así… así…
Y entonces, sin previo aviso, el cuerpo me reaccionó. Un espasmo me sacudió desde dentro, como un trueno silencioso. Los músculos del vagina se contrajeron, apretando mis dedos con fuerza, como si quisieran retener algo. El clítoris palpitó, se hinchó aún más, y luego… el desbordamiento. Un calor inmenso, una oleada que me subió por la espalda, me golpeó el pecho, me hizo arquear la espalda, gritar —sí, grité—, aunque solo fuera un grito ahogado, un grito que no salió del todo, porque lo contenía entre los labios, entre los dientes, como un pecado que no quería escapar.
Los dedos seguían moviéndose, incluso después del orgasmo, como si el cuerpo no pudiera creer que todo había terminado. El agua me resbalaba por el rostro, por el cuello, por el vientre, donde aún sentía el latido del placer. Me retiré los dedos lentamente, y vi cómo caían gotas transparentes, mezcladas con el agua, con algo más que era mío, mío y solo mío.
Me quedé allí, de pie, con los ojos cerrados, las manos apoyadas en la pared, respirando fuerte. El corazón me latía en las sienes. El clítoris, aún erizado, palpitaba al ritmo de mi respiración.
Me levanté, cerré el agua, y cuando salí del chorrito, me miré en el espejo de nuevo. La piel estaba rosada, los pechos hinchados, los labios entreabiertos, la mirada vidriosa. Me sequé con una toalla, sin prisa, sin vergüenza, como si por primera vez en mucho tiempo me hubiera permitido ser quien era: una mujer que sabe lo que quiere, y lo toma.
No era culpa. No era pecado. Era deseo. Puro, crudo, desnudo.
Y cuando por fin salí del baño, mi marido seguía dormido. Pero yo ya no era la misma que había entrado.
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Lo prohibido sabe mejor. Escribo el deseo culpable, la infidelidad, esas ganas que no deberíamos tener… pero tenemos.