Las naranjas del jardín

@emilio_santos ·5 de junio de 2026 · ★ 3.9 (10) · 57 lecturas · 7 min de lectura

La tarde en Guadalajara se deshacía suavemente, como la miel que se escurría entre los dedos de Leticia mientras pelaba naranjas en el patio trasero de la casa de su tía. El sol, ya bajito y colorado, se colaba por los entrepaños del tejado y le acariciaba los hombros desnudos. Llevaba una blusa de algodón blanca, casi transparente cuando la luz le daba de frente, y una falda larga de lino color tierra, abierta en la parte de adelante hasta la rodilla, para que el aire entrara y le jugueteara con las piernas. El olor de la fruta, el jazmín y el sudor ligero de la labor le pegaban un perfume que no era suyo, sino del lugar, de la tierra, del calor.

En la puerta del garaje, Emilio apoyaba los codos en el marco, con una botella de cerveza medio vacía en la mano, los ojos clavados en ella. No era que estuviera esperándola —aunque, en el fondo, quizás sí—, sino que simplemente había terminado de arreglarle el foco del pasillo y, al escuchar las risas suaves y el tintineo de los cuchillos contra eltaburete, se quedó quieto, como si la tarde también lo hubiera detenido. Leticia lo oyó antes de verlo: el crujido de las hojas secas bajo su pie, el leve resoplido cuando se quitó el sombrero para secarse la frente. Cuando levantó la mirada, él ya estaba allí, con su camisa de mangas enrolladas hasta los codos, los antebrazos morenos y peludos, la barba de tres días que le marcaba el cuello como sombra de un trazo.

—¿Te pasaste de tiempo con el foco? —preguntó ella, sin dejar de cortar la cáscara de la naranja con precisión, como quien deshoja un rosario.

—Sí —respondió él, acercándose con paso lento, sin prisa, como si supiera que el tiempo en ese lugar no se ganaba corriendo—. Pero no es lo que más me detuvo.

Ella sonrió apenas, sin mirarlo. Sabía que decía la verdad. Él no era de esas palabras rápidas, de esas miradas que se clavan sin permiso. Emilio miraba, sí, pero siempre con permiso. Incluso cuando no lo pedía.

—¿Quieres una? —le ofreció Leticia, tendiéndole una mitad de naranja recién cortada, los jugos brillando en la palma como lágrimas de sol.

Él la tomó, no con los dedos, sino con la yema de los pulgares y el índice, rozando la piel de su mano un instante más de lo necesario. El frío de la fruta contrastaba con el calor de sus dedos. Se la llevó a la boca, mordió despacio, dejó que el jugo le resbalara por el mentón, y entonces, sin desviar la vista de ella, se lo limpió con la lengua.

Leticia tragó aire.

—Oye —dijo—, si te quedas aquí todo el día, me vas a sacar un cáncer de piel.

—Si te quedas con la blusa puesta, me va a dar uno yo —respondió él, y esta vez sí la miró de frente, sin tapujos.

Ella se quitó la blusa. No como quien se desecha de una carga, sino como quien se entrega a una corriente. La dejó colgada del respaldo de la silla, sobre la tela del mantel, y siguió pelando. Esta vez sin pausa, sin disimulo, con los pechos al aire, redondos y tiesos bajo el sol que ya se escurría por el cielo. Emilio no se movió. Solo la observaba, con los ojos oscuros, como dos pozos donde se reflejaba el cielo anaranjado.

—¿Te acuerdas cuando éramos niños y te trepabas a este árbol para agarrar las naranjas? —le dijo, por fin.

—Claro que me acuerdo —respondió ella, sin dejar de trabajar—. Te caíste y te abriste la rodilla. Te dije que no te pasabas, y tú me dijiste: “Si no me subo, ¿quién me las tira?”.

—Todavía recuerdo cómo te reíste —dijo él, acercándose más—. Cómo te temblaban las nalgas cuando te agachaste a buscarme.

Ella lo miró entonces, y por primera vez, no escondió la chispa que le ardía en el pecho. Él ya estaba detrás de ella, tan cerca que sentía el calor de su pecho contra su espalda, el leve roce de su muslo con la parte trasera del suyo.

—Y ahora —susurró Emilio, con la boca casi en su oreja—, si te pido una naranja, ¿me la tiras o me la das?

Ella no respondió con palabras. Se puso de pie lentamente, con la falda abierta como una flor que se abre al sol, y dio un paso hacia adelante, abriendo las piernas. Él se puso frente a ella, y esta vez, fue él quien se inclinó para besarla. No fue un beso de prueba, ni uno apurado. Fue un beso largo, profundo, con lengua y sal y jugo de naranja. Ella le abrió la boca con suavidad, le acarició la nuca con los dedos, y cuando él la empujó contra la mesa de madera, ella no hizo resistencia. Al contrario: arqueó la espalda, le llevó las manos a la cintura, y le rozó con las uñas el tejido de la camisa.

—¿Estás seguro? —le preguntó ella, apartando su rostro para mirarlo a los ojos.

—No —dijo él—. Pero quiero estarlo.

Ella le desabotonó la camisa, uno por uno, con lentitud, como quien abre capas de un regalo. Cuando ya le dejó los pechos al descubierto, Emilio no dudó. Se arrodilló frente a ella, sin romper el contacto visual, y con una mano le levantó la falda hasta la cadera, la otra le acarició la muslo interno, subiendo despacio, despacio, hasta tocar el borde de sus calzones de algodón.

—¿Te gustan así? —le preguntó, con los ojos fijos en los suyos—. ¿Que te los baje con la boca?

—Sí —respondió ella, y la palabra le salió rota, ahogada, como si la hubiera tenido guardada mucho tiempo.

Él se lo bajó, lento, hasta los tobillos, y se lo quitó con los dientes. Luego, puso las manos sobre sus rodillas y las abrió más. La luz del atardecer le daba de lleno en el pubis, en la vulva hinchada y oscura, en los labios que se abrían como pétalos mojados. Se inclinó, y la besó allí, no con la lengua, sino con los labios, con la nariz, con la frente, como si rezara. Luego, con la punta de la lengua, le rozó el clítoris. Ella soltó un gemido bajo, una palabra que no era palabra, un sonido que venía de lo más hondo.

—Emilio —dijo, esta vez con nombre y todo.

Él le lamió entonces, con ternura y con hambre, con la boca húmeda y los ojos cerrados, como si estuviera leyendo una historia antigua en su piel. Le subió la lengua, la bajó, le chupó el clítoris hasta que ella lo empujó con las manos y le pidió más. Él se levantó, se quitó los pantalones, y se puso entre sus piernas, con la verga dura, larga, con la punta brillante de su propia humedad.

—¿Me dejas entrar? —le preguntó.

—Sí —respondió ella—. Pero no me jodas como si fueras a ganar una carrera.

Él sonrió, le besó la boca otra vez, y se empujó dentro, lento, lento, hasta la base. Ella gimió, le clavó las uñas en la espalda, y le dijo:

—Más.

Él comenzó a moverse, con fuerza, pero sin prisa. Cada embestida la hacía rebotar sobre la mesa, y cada vez que ella lo pedía con los ojos, él le daba más. Ella le agarró los glúteos, los apretó, le empujó con las caderas, y cuando sintió que se venía, no gritó, sino que le susurró al oído:

—Chinga mi culo, Emilio. Chinga mi culo como si fuera la última naranja del árbol.

Él no dudó. Se sacó, la levantó de la mesa, le dio la espalda, y la agarró por las caderas, las nalgas redondas y calientes, y la empujó hacia atrás, contra su cuerpo. Le lubricó el ano con la punta de su verga, con su saliva, y entonces, con un movimiento suave pero firme, la metió adentro. Ella soltó un grito, largo, agudo, como si le estuvieran arrancando un pedazo de alma. Él se detuvo. La abrazó por la cintura, le besó el cuello, le acarició el pelo, y cuando ella respiró profundo y le dijo “ya”, él empezó a moverse de nuevo, lento, profundo, hasta tocar su fondo.

—Te quiero así —le dijo, entre jadeos—. Con la falda arriba, la verga en el culo

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