Las botas de cuero y el pie que no olvido

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La primera vez que vi unas botas de cuero negro hasta la rodilla, supe que no podría morir sin sentir un pie dentro de mi boca. No fue un pensamiento romántico, ni poético. Fue una urgencia seca, caliente, como si mi lengua ya supiera lo que quería antes que mi cerebro. Y desde entonces, cada vez que una mujer se pone unas botas altas, me late el pito como si fuera la primera vez.

Ayer, conocí a Valeria en un bar del centro. No fue amor, no fue química. Fue mirarla caminar con esos tacones de aguja negros, brillantes, y sentir cómo se me endurecía el culo, cómo se me tensaban los testículos. Ella lo notó. Me sonrió. No dijo nada. Solo se sentó frente a mí, cruzó las piernas despacio, y dejó que sus ojos me desnudaran. Yo ya estaba arrodillado en silencio, aunque seguía sentado.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, con la voz baja, ronca.

—Me gusta tu pie —dije sin rodeos—. Quiero chuparlo. Quiero lamer tu bota, quiero meterme el tacón en la boca y sentir cómo me pisas.

No se rio. No me juzgó. Solo se quitó un zapato despacio, con los dedos, y estiró la pierna. El pie quedó colgando sobre el aire, el tobillo marcado, el arco tenso, la media de red ajustada hasta la pantorrilla. La bota, alta, brillante, con olor a cuero y sudor sutil. No era un pie perfecto: tenía una cicatriz pequeña en el talón, las uñas pintadas de rojo oscuro, una marca de callo en el dedo gordo.

—¿Quieres lamerlo? —preguntó.

—Quiero devorarlo —dije—. Quiero que me uses.

Se levantó, lenta, y se paró frente a mí. Me miró desde arriba, con la bota en la mano. Luego, sin decir palabra, me la puso en la cara. El cuero frío contra mi mejilla, el olor intenso, ácido, mezclado con su perfume. Me pasó el tacón por la nariz, por los labios. Abrí la boca. Me lo metió entero, sin piedad. El metal del tacón me golpeó el paladar, el cuero me llenó la boca. Sabía a metal, a piel, a ella. Empecé a chuparlo como si fuera una polla. Como si fuera su coño. Gemía con la boca llena, la frente sudando, las manos apretando mis muslos.

—¿Quieres más? —dijo.

Asentí con los ojos cerrados.

Se quitó la media, despacio, y me mostró el pie desnudo. Olía fuerte. Caliente. Sudor, sal, piel usada. No era asqueroso. Era sagrado. Me lo puso en la boca. Empecé a lamerle el arco, el talón, los dedos. Chupé cada uno, uno por uno, como si fuera un cachorro hambriento. Le mordí suave el dedo gordo, luego más fuerte. Ella jadeó. Me agarró del pelo y me lo metió más adentro.

—Chúpamelo como si fuera tu última puta comida —dijo.

Y lo hice. Le lamí la planta, le mordí los tendones, le chupé los dedos hasta que los tuve hinchados. Me escupió en la mano y me dijo que me masturbara mientras le lamía. Lo hice. Me saqué la polla, dura como piedra, y empecé a frotarla con su saliva, mirándola a los ojos, con el pie en mi boca. Ella gemía, se retorcía, se pasaba una mano por el coño por encima de la falda.

—Quiero que me la metas en el culo —dijo de pronto.

No dudé. Me paré, la tomé del brazo, la llevé al baño del bar. La puse de espaldas contra el espejo. Le subí la falda, le bajé las bragas. Su culo era redondo, duro, con marcas de la ropa ajustada. Me saqué el cinturón, le até las muñecas al grifo. Le escupí en el ano y empecé a lamerlo, lento, profundo, hasta que gritó. Luego, sin avisar, le metí dos dedos, luego tres. Se retorcía, se corría. Me puse un condón, me escupí en la punta, y se la metí de un solo empujón. Gritó. El espejo tembló. Sus botas, tiradas en el suelo, brillaban bajo la luz.

No duré mucho. Pero cuando me corrí, fue con su pie otra vez en mi boca, mordiéndome el talón, sintiendo el cuero en mis dientes.

Y ahora, mientras escribo, sigo oliendo su pie en mis fosas nasales. Y sé que nunca olvidaré cómo se siente un tacón en la garganta.

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