Las Botas de Cuero Negro

Las Botas de Cuero Negro

@marco_vidal ·13 de junio de 2026 · 🔥 4.5 (4) · 253 lecturas · 8 min de lectura

Era una tarde de junio en Coyoacán, donde el sol se colaba entre los álamos como si tuviera prisa por besar el suelo antes de que la sombra lo devorara. La calle estaba tranquila, solo el ruido de una bicicleta que se alejaba y el susurro de las hojas. Dentro de la casa de teja roja, con puertas de madera tallada y ventanas cubiertas por cortinas de lino, Lucía esperaba. No estaba nerviosa. Estaba lista.

Llevaba dos horas con las botas puestas.

No eran botas cualquiera. Eran de cuero negro, de tacón alto y fino como una hoja de navaja, con hebillas de plata que se cruzaban hasta la pantorrilla. Las había comprado en un mercado de pulgas en San Ángel, hace tres años, sin saber por qué. Solo supo que las quería cuando las vio: brillantes, rígidas, como armaduras de una reina que no había nacido aún. El vendedor, un viejo con ojos de cigarro y manos de cuero, le dijo: “Esas botas no se ponen para caminar. Se ponen para ser miradas. Y para que alguien las quiera quitar.”

Ella no lo entendió entonces. Lo entendió ahora.

Marco Vidal entró sin llamar. Siempre entraba sin llamar. No era descortés. Era inevitable. Como el viento que se mete por la rendija de la puerta cuando alguien está a punto de deshacerse de algo. Llevaba una camisa blanca, sin botones, y pantalones negros ajustados. No traía regalo. No traía flores. Solo sus ojos, oscuros como el café que no se ha terminado, y su silencio, que pesaba más que cualquier palabra.

Lucía no se movió. Siguió de pie, en el centro de la sala, con las manos cruzadas sobre el pecho. Las botas la elevaban, le daban una postura que no tenía en sus zapatos de todos los días. Su falda era corta, de seda gris, apenas por encima de las rodillas. Nada más. Nada más que la tela, la piel y las botas.

—¿Te gusta cómo se ven? —preguntó ella, sin mirarlo.

—Sí —respondió él, con la voz baja, como si temiera que el aire las rompiera.

Ella sonrió. No con la boca. Con los ojos. Con la forma en que su cuello se inclinó un poco, como si estuviera probando el peso de la atención.

Marco caminó hacia ella. No rápido. No lento. Con el ritmo de quien sabe que el tiempo no es enemigo, sino aliado. Se detuvo a un paso. Lo suficiente para que ella sintiera el calor de su cuerpo. Lo suficiente para que él sintiera el olor a cuero, a sudor, a perfume de jazmín que ella usaba solo cuando quería que lo recordaran.

—¿Cuánto tiempo llevas con ellas puestas? —preguntó él, sin tocarla.

—Dos horas. Diez minutos. Cinco.

—¿Y qué sentiste?

—Que me miraban. Que me deseaban. Que me tenían.

—¿Y ahora?

—Ahora te tengo a ti.

Él extendió la mano. No hacia su rostro. No hacia su cintura. Hacia su pierna. Hacia la hebilla de la bota derecha. Su dedo índice se deslizó por la plata, fría y brillante, como si estuviera leyendo una escritura antigua.

—¿Sabes por qué las compraste? —preguntó él.

—No.

—Te las compraste porque sabías que alguien las querría quitar.

Ella respiró hondo. Su pecho subió, los pezones se endurecieron bajo la seda. Marco no miró. No necesitaba. Ya lo sentía.

—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Por qué viniste?

—Porque no pude dejar de pensar en ellas.

—¿Desde cuándo?

—Desde que te vi la primera vez con ellas.

Ella se volvió entonces. Lentamente. Como si el cuerpo fuera un instrumento que debía afinarse antes de tocar. Sus ojos lo encontraron. No había miedo. Solo fuego.

—¿Y qué hiciste cuando me viste?

—Me fui. Me fui a mi casa. Me puse una camisa limpia. Me bañé. Me puse esta camisa. Y volví.

—¿Por qué?

—Porque no podía aguantar más.

Marco bajó la mano. La deslizó por su muslo, por la curva que las botas marcaban, por la piel que se revelaba entre la tela y el cuero. No apretó. No tiró. Solo rozó. Como quien toca el filo de un cuchillo para saber si está afilado.

Lucía cerró los ojos. No por vergüenza. Por intensidad. Porque cada roce era una llama que no se apagaba.

—¿Quieres quitármelas? —susurró.

—Sí.

—¿Y qué harás después?

—Te llevaré al cuarto. Te pondré de espaldas. Te besaré la espalda. Te besaré los hombros. Te besaré la nuca. Y luego… te quitaré la falda.

—¿Y después?

—Te besaré el culo.

Ella soltó una risa seca, corta. No de burla. De reconocimiento.

—Eso no lo dijiste en la primera vez que me viste con ellas.

—No. Porque no sabía que iba a querer hacerlo.

—¿Y ahora?

—Ahora no quiero hacerlo. Quiero que lo sientas.

Marco se agachó. No de rodillas. No como un esclavo. Como un hombre que sabe que el poder no está en dominar, sino en esperar. Sus manos tomaron la hebilla de la bota derecha. La deslizó con cuidado. El metal se abrió con un clic suave, como un suspiro. La hebilla se desprendió. El cuero se aflojó.

Lucía respiró más profundo. Sus piernas temblaban. No por miedo. Por anticipación.

—¿Te gusta sentir el aire? —preguntó él, sin levantar la vista.

—Sí.

—¿Y si te quito la otra?

—Hazlo.

Él hizo lo mismo con la izquierda. Las hebillas se soltaron. Las botas cayeron al suelo con un golpe seco, como si fueran un arma abandonada. La piel de sus piernas quedó expuesta: morena, suave, con una leve arruga en la pantorrilla donde el cuero había apretado. Marco la miró. No como un hombre que mira una mujer. Como un hombre que mira una obra que no sabía que existía.

—Sube —dijo él.

Ella lo hizo. Sin palabras. Sin prisa. Subió los escalones del cuarto con los pies descalzos, con el cuerpo todavía envuelto en la seda, con las nalgas que se movían como si fueran una danza que solo ella conocía.

Marco la siguió. No la tocó hasta que estuvieron dentro. Hasta que la puerta se cerró con un clic. Hasta que el aire se volvió más denso, más caliente.

La tomó por la cintura. La giró. La puso de espaldas contra la pared. La besó en la frente. En la nariz. En los labios. Lento. Profundo. Como si cada beso fuera un juramento.

Luego, bajó la mano. Deslizó los dedos por su cadera, por la curva de su culo, por la tela de la falda. La arrancó con un solo movimiento. No con fuerza. Con precisión. Como quien quita un lienzo para revelar un cuadro.

Ella no gritó. No se cubrió. Solo se aferró a la pared, con los dedos blancos de tensión.

Marco se arrodilló.

No como un hombre que se rinde. Como un hombre que se prepara.

Sus labios se acercaron a su culo. No lo besó. No lo lamió. Solo lo rozó con la punta de la lengua. Un solo trazo. Frío. Luego caliente. Como el primer rayo de sol después de la tormenta.

Lucía soltó un gemido. No alto. No desesperado. Bajo. Como un susurro que no quería ser escuchado. Pero él lo escuchó. Lo sintió. Lo guardó.

—¿Te gusta? —preguntó él, sin levantar la cabeza.

—Sí —respondió ella, con la voz rota.

—¿Quieres más?

—Sí.

Él la besó. Ahora sí. Con los labios. Con la lengua. Con la boca entera. Lamió cada pliegue, cada curva, cada escondite de su piel. Le mordisqueó la nalga derecha, suave, como si fuera chocolate. Luego la izquierda, con más fuerza, hasta que ella gritó, pero no para detenerlo. Para pedir más.

Marco se levantó. La tomó de la cintura. La levantó. La puso sobre la cama. Se quitó la camisa. Se desabrochó los pantalones. Se los bajó con un movimiento rápido, como quien se quita una correa que ya no sirve.

Ella lo miró. Su verga, gruesa, tensa, con la punta brillante de pre-cum. No la tocó. No la miró como si fuera un objeto. La miró como si fuera una parte de ella que había estado esperando.

—¿Quieres que te la meta? —preguntó él.

—No.

—¿Qué quieres?

—Quiero que me chingues con las manos.

Marco sonrió. No con la boca. Con los ojos. Con todo el cuerpo.

Se sentó en la cama. La tomó por las caderas. La puso de espaldas sobre sus piernas. Le abrió las piernas con las manos. Y entonces, con los dedos, empezó a tocarla. No con prisa. No con hambre. Con calma. Con intención. Con la misma ternura con la que había quitado las botas.

Sus dedos entraron. Uno. Dos. Lentamente. Como si estuviera abriendo una puerta que nadie más había intentado.

Lucía arqueó la espalda. Gritó. No de dolor. De liberación. De algo que no sabía que llevaba dentro.

Él la miró. La besó. La mordió. La chingó con los dedos. Con el pulgar. Con la lengua. Con la boca. Con el cuerpo entero.

Ella se vino. No con un grito. Con un suspiro. Con una lágrima que cayó sobre su pecho. Con un silencio que pesaba más que cualquier ruido.

Marco se recostó a su lado. La abrazó. No con fuerza. Con el peso de quien sabe que lo que acaba de vivir no se puede repetir. Solo recordar.

—¿Las volverás a usar? —preguntó él.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Cuando vuelvas.

—¿Y qué haré entonces?

—Me quitarás las botas. Y luego… me chingarás con las manos.

Él la besó en la frente. La abrazó más fuerte. Y no dijo nada más.

Porque en esa casa, en esa tarde, en ese cuarto, las botas ya no eran solo cuero. Eran memoria. Eran promesa. Eran el cuerpo que no se dice, pero que se siente.

Y él sabía que volvería.

Porque algunas cosas no se usan. Se guardan.

Y algunas personas no se besan. Se esperan.

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@marco_vidal

Sin rodeos. El deseo no pide permiso, y mis relatos tampoco. Aquí las cosas pasan rápido, fuerte y como tienen que pasar.

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