La videollamada del tío
La noche en Medellín caía espesa, con ese aire húmedo que se le pega a la piel como una caricia tibia. En un apartamento del Poblado, Diego, de treinta y dos, se ajustó los lentes sobre la nariz y abrió la app de videollamadas con un suspiro. No esperaba que esa llamada cambiara el rumbo de su semana, ni que lo dejara con el corazón en la garganta y el pito más duro de su vida.
Hacía seis meses que no hablaba con su primo Sebastián. No por pleitos, sino por la vida: él en Cali, Sebastián en Bogotá, cada uno enredado en sus trabajos, sus rutinas, sus parejas que venían y se iban. Pero esa tarde, un mensaje repentino: *“Oye, ¿y si nos llamamos y nos contamos la vida como antes?”*. Y Diego, que extrañaba esa complicidad, aceptó.
—¡Qué más, parcerito! —saludó Sebastián en pantalla, con esa sonrisa torcida que a Diego siempre le había parecido de lo más atractiva, aunque nunca lo hubiera admitido en voz alta.
Sebastián estaba sentado en su cama, con una camiseta blanca ajustada que marcaba el contorno de sus pectorales. Tenía el pelo un poco más largo, despeinado, y los ojos brillantes. Llevaba un vaso de whisky en la mano, y al fondo se oía una canción de salsa suave.
—Hombre, ¡qué gusto verte! —respondió Diego, acomodándose en su sillón, sin camisa, con solo un pantalón de pijama bajo la cintura—. Te ves bien. Mejor que antes.
—Pues claro, ¿no ves cómo me cuidé? —dijo Sebastián, riendo—. Tú sí pareces cansado. ¿Trabajas mucho?
—Demasiado. Pero ahora estoy aquí, tranquilo, viéndote a ti.
Hubo una pausa. Los dos se miraron con una intensidad que no recordaban. No era incómoda. Al contrario: era como si el tiempo se hubiera detenido, como si hubieran vuelto a esos veranos en Rionegro, cuando adolescentes se bañaban en la quebrada y se miraban de reojo, sin decir nada.
—¿Y la vida amorosa? —preguntó Sebastián, bajando un poco la voz.
—Nada serio. Algunas cosas, pero ninguna que me dure. ¿Y tú?
—Yo tampoco. —Sebastián se acercó más a la cámara—. La verdad, he pensado en ti varias veces. En cosas que nunca dije.
Diego sintió un cosquilleo en el estómago.
—¿Como cuáles?
—Como que… siempre me gustaste. —La voz de Sebastián salió tranquila, sin vergüenza—. Desde que éramos unos muchachos. No te decía nada porque eras mi primo, ¿sabes? Pero te miraba. Te miraba mucho.
Diego no supo qué decir. No se esperaba esa confesión, aunque algo dentro de él ya lo sabía. Algo en la forma en que Sebastián lo miraba, en cómo se acercaba, en cómo reía con su risa de lado.
—¿Y ahora? —preguntó al fin.
—Ahora no tengo pareja. Tú tampoco. Y estamos solos. —Sebastián se quitó la camiseta con lentitud, dejando al descubierto un torso bien formado, con un vello suave que bajaba desde el pecho hasta el ombligo—. ¿Tienes miedo?
—No —respondió Diego, aunque su voz tembló un poco—. Pero esto es raro.
—¿Por qué? ¿Por ser primos? —Sebastián sonrió—. No nos criamos juntos. No es incesto. Es deseo. Y tú también lo sientes. Lo veo en tus ojos.
Diego no negó. Se levantó del sillón y se acercó al celular, poniéndose de frente a la cámara. Se quitó el pantalón con un movimiento lento, dejando al descubierto su cuerpo entero. Su pito, ya medio duro, apuntaba hacia arriba, grueso y con una vena marcada que recorría el costado.
—¿Y eso? —dijo Sebastián, con una sonrisa pícara—. ¿Te pongo así?
—Tú sabes que sí —respondió Diego, sentándose de nuevo, pero esta vez con las piernas abiertas, sin esconder nada—. ¿Y tú? ¿Estás duro?
—Mira —dijo Sebastián, y con una mano, se bajó el pantalón hasta los muslos. Su pito era largo, con una cabeza ancha y rosada, y ya estaba completamente erecto. Lo tomó con la otra mano y lo acarició lentamente—. ¿Te gusta?
—Chimba —susurró Diego—. Me tienes el corazón en la boca.
—Pues míralo bien —dijo Sebastián, acercando la cámara—. Tócate, parcerito. Quiero verte.
Diego obedeció. Tomó su pito con la mano derecha y empezó a moverla con lentitud. Sus dedos recorrieron la piel sensible, desde la base hasta la punta, y un gemido suave escapó de su boca.
—Joder… —murmuró.
—¿Así? —preguntó Sebastián—. A mí me gusta más lento, con la punta del dedo en la cabeza.
Diego cambió el ritmo. Pasó el pulgar por el filo de la glande, recogiendo una gota de líquido preseminal que brilló bajo la luz tenue.
—¡Ay, qué rico! —gimió.
—¿Quieres que te cuente algo? —dijo Sebastián, bajando la voz—. Desde que te vi sin camisa, pensé en cómo sería tu pito. Y ahora que lo veo… quiero probarlo.
—¿En serio?
—Claro. Me encantaría mamarlo. Sentir ese tamaño en mi boca. —Sebastián se humedeció los labios—. ¿Tú me chuparías?
—Como si no hubiera un mañana —respondió Diego, con la respiración más pesada—. Tengo ganas de hundir la cara entre tus nalgas y lamer tu culo hasta que grites.
—¡Ay, no me digas eso! —Sebastián se echó hacia atrás, con una mano en el pecho—. Me tienes ardiendo.
La llamada siguió así, con palabras que ardían más que el whisky. Se contaron fantasías que nunca habían confesado: cómo querían tocarse, besar, morder. Sebastián se puso de rodillas frente a la cámara, con el culo al aire, y le pidió a Diego que lo mirara bien.
—¿Te gusta mi culo? —preguntó, separando las nalgas con las manos.
—¡Qué cosa más rica! —exclamó Diego—. Parece hecho para mi pito.
—Pues imagínatelo —dijo Sebastián, con voz ronca—. Imagina que estás aquí, que me abres las nalgas y me metes hasta el fondo.
Diego no aguantó más. Se paró, se acercó al celular y lo puso en el suelo, apuntando hacia arriba. Luego se arrodilló y empezó a masturbarse con fuerza, mirando la pantalla donde Sebastián hacía lo mismo.
—¡Sí, así! —gritó Sebastián—. ¡Métemelo, Diego! ¡Métemelo duro!
Diego gemía sin control. Su cuerpo se tensaba con cada embestida imaginaria. Miraba a Sebastián, su boca entreabierta, sus ojos cerrados, su mano moviéndose rápido sobre su pito.
—¡Voy a venirme! —anunció Diego, con la voz quebrada.
—¡Yo también! —gritó Sebastián—. ¡Dime que te vienes conmigo!
—¡Sí, carajo! —gritó Diego—. ¡Me vengo, me vengo!
Y en ese instante, los dos alcanzaron el clímax. Diego sintió el orgasmo subir desde los testículos, explotar en el pito, y salir en chorros espesos que cayeron sobre el piso. En la pantalla, Sebastián apretaba los dientes, con el pecho agitado, mientras su semen salpicaba la cama.
Hubo un silencio. Solo se oía la respiración agitada de ambos.
—Ay, parcerito… —dijo Sebastián, con una sonrisa—. Eso fue… chimba pura.
—No me digas —respondió Diego, todavía sin aliento—. Me dejaste el cuerpo en llamas.
Sebastián se recostó en la cama, con los ojos cerrados.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Ahora… —Diego se acercó al celular—. Ahora quiero que nos llamemos así cada semana.
—¿En serio?
—Claro. ¿O acaso no te gustó?
—¡Me encantó! —Sebastián se rio—. Pero la próxima, quiero que me hables mientras te masturbas pensando en mi culo.
—Y yo quiero que tú me digas cómo te gusta que te coma —respondió Diego—. Con todos los detalles.
La conversación siguió así, más suave, más tierna. Hablaron de recuerdos, de anécdotas, de cómo ese deseo había estado ahí, escondido, por años. No se sentían culpables. Se sentían libres.
Y cuando colgaron, pasadas las dos de la mañana, ambos sabían que algo había cambiado. Que entre pantallas y palabras, habían encontrado una forma nueva de tocarse, de amarse, de desearse sin límites.
A la semana siguiente, la videollamada se repitió. Pero esta vez, Sebastián llevaba un consolador en la mano.
—¿Listo para ver cómo me lo meto? —preguntó, con los ojos brillantes.
—Listo —respondió Diego, ya sin ropa—. Y quiero que me digas todo. Cada sensación.
—Pues prepárate —dijo Sebastián, acercándose el juguete al ano—. Porque esto va a ser largo… y muy rico.
Diego se acomodó en el sillón, con el pito otra vez listo, y encendió el altavoz. Sabía que esa noche, otra vez, el deseo los uniría a través de la distancia. Y que, aunque no se tocaban con las manos, el fuego entre ellos era más real que nunca.
No era un juego. Era algo más profundo. Era deseo, sí, pero también complicidad, confianza, entrega. Dos primos que, a miles de kilómetros, habían encontrado una forma de amarse sin barreras.
Y en la oscuridad de sus cuartos, con las pantallas iluminando sus rostros, supieron que eso —esa conexión, ese fuego, esa locura consentida— era lo más cercano al cielo que habían sentido en años.
¿Te ha gustado? Valóralo