La vez que el vecino me dejó sin aliento

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo nunca creí que algo así me pasaría a mí, la verdad. Siempre fui más de quedarme en mi cuarto, con mis libros, mis pensamientos y mi cuerpo que, aunque lo tengo bien cuidado, nunca pensé que fuera a despertar tanta hambre. Pero ese día, con Jairo, el vecino del 302, todo cambió. No fue un flechazo, no fue amor. Fue pura chimba, pura necesidad de piel contra piel.

Era martes, hacía un calor que partía la cara en Medellín. Yo estaba en la cocina, en biquini, sirviéndome un jugo de mango con hielo, cuando tocaron a la puerta. Pensé que era el repartidor de la pica, pero no. Era Jairo, con esa sonrisa pilla que tiene, el pelo alborotado, sudoroso del corretón matutino.

—Doña, ¿me prestas un vaso de azúcar? —dijo, rascándose la nuca.

Yo me quedé mirándolo sin decir ni pío. Llevaba un pantaloncito corto de gimnasio, pegado al culo prieto, y una camiseta ajustada que le marcaba cada músculo. El pito me latió al instante, aunque quise disimular.

—Claro, pase. —Le abrí más la puerta, sin darme cuenta de que estaba casi en pelas.

Él entró, y al pasar rozó mi brazo con el suyo. Un escalofrío me subió por la espalda. Mientras yo buscaba el azúcar en la alacena, sentí sus ojos clavados en mi espalda descubierta, en mi culo ajustado en el biquini.

—Usted sí está rica, doña —soltó, sin vergüenza.

Yo me di vuelta, con el tarro en la mano, y le sonreí con picardía.

—¿Y si me pongo celosa tu mujer?

—No tengo mujer —dijo, acercándose un paso más—. Y si la tuviera, no me importaría.

El aire se puso espeso. No hubo más diálogo. Solo miradas, respiraciones profundas, y el silencio que dice más que mil palabras. Jairo me quitó el tarro de azúcar de la mano, lo dejó en la encimera, y me tomó de la cintura con ambas manos. Me pegó a él, y sentí su pito duro, enorme, apretándome el vientre.

—Déjeme probarle un beso —dijo, y yo no dije que no.

Me besó lento, con lengua, con hambre, con ganas de no parar. Sus manos bajaron, me agarró el culo con fuerza, me apretó, me levantó un poco. Yo le enredé las piernas en la cintura, y él me llevó hasta la mesa del comedor. Me sentó ahí, con las piernas abiertas, y se arrodilló frente a mí.

—Déjeme verla bien —murmuró, mientras me bajaba el biquini.

Cuando me vio la concha depiladita, húmeda, me miró como si fuera un manjar. Me separó los labios con los dedos, me dio un lametón largo, de abajo arriba, y yo grité.

—¡Ay, hijueputa! —grité, agarrándome de sus hombros.

Él no paró. Me chupó como si se fuera a morir si no lo hacía. Me metió dos dedos, me movió por dentro, me encontró el punto exacto que me hizo temblar. Mientras me comía, yo le desabroché el pantalón, saqué su pito, enorme, grueso, con una vena que latía como si tuviera vida propia.

—Déjeme mamarle eso —le dije, y él asintió con la cabeza.

Me arrodillé en el piso, con la espalda todavía caliente del sol, y me lo metí entero. No hubo asco, no hubo miedo. Solo placer. Lo tomé con la boca, con la mano, lo chupé, lo lamí, le besé el glande, le mordí suave. Él gemía, me agarraba del pelo, me decía:

—Sí, así, así, doña, así me gusta…

Cuando sentí que estaba a punto de correrse, lo saqué de la boca y lo paré.

—Ahora quiero que me la meta —le dije, con la voz entrecortada.

Él me levantó, me puso de cuatro en la mesa, y me penetró de un solo empujón. Grité, no pude evitarlo. Me llenó por completo, me estiró, me hizo sentir plena. Movió las caderas lento al principio, luego más fuerte, más rápido. Yo gemía, le pedía más, le decía que no parara.

—¡Métamela más duro, Jairo, métemela hasta el fondo!

Y así lo hizo. Hasta que los dos nos vinimos al mismo tiempo, con un grito que seguramente escucharon en el edificio entero.

Después, nos quedamos abrazados en el suelo, sudorosos, sin aliento. Él me besó la frente y me dijo:

—Esto no se queda así, ¿verdad?

Yo sonreí, y le dije:

—No. Esto apenas comienza.

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