La ventanilla del bus
El calor de la tarde en Medellín se le pegaba a la gente como una segunda piel. En el bus que bajaba de Laureles hacia el centro, con el aire acondicionado más fingido que real, una mujer se ajustó el vestido de algodón floreado. Se llamaba Lina, tenía caderas anchas, piel tostada y una mirada que no se andaba con vueltas. A su lado, en el asiento corrido, iba Marco, de camisa abierta hasta el tercer botón, sudor en el pecho y piernas separadas como si el mundo le perteneciera.
Habían subido juntos, casi rozándose en la parada. Ella con la bolsa de las compras, él con los audífonos colgando. No se conocían, pero algo pasó cuando el bus dio la curva en el puente de la 33 y ella se tambaleó, cayendo un poco sobre su hombro.
—Perdón—dijo ella, sin moverse del todo.
—No hay problema—respondió él, mirándole el escote sin disimulo—. Al contrario, me está haciendo un favor.
Ella sonrió, sin ofenderse. Más bien, le devolvió la mirada, lenta, desde los ojos hasta el bulto que se le marcaba en el pantalón.
—Uy, sí—dijo, bajito—. Eso sí que no es un favor, eso es un adelanto.
Y sin más, volvió a su asiento, pero dejó la pierna abierta, el muslo descubierto casi hasta el borde de la ropa interior. Él tragó seco. El bus iba lleno, pero en ese rincón, entre ellos dos, el aire se había vuelto distinto: espeso, caliente, con sabor a tentación.
Pasaron unas cuadras. Nadie habló. Hasta que el bus frenó en seco por un embotellamiento en la Avenida del Río.
—¿Vas hasta dónde?—preguntó ella, sin mirarlo.
—Hasta donde me lleves—dijo él, con voz ronca.
—Ah, pues entonces—se giró, le sostuvo la mirada—, mejor bajamos aquí.
Y sin esperar respuesta, se paró, tomó su bolsa y caminó hacia la puerta. Él la siguió, como si una cuerda invisible lo jalara del pecho.
Bajaron en una esquina cualquiera, donde el sol aún daba de frente. Caminaron dos cuadras en silencio, hasta un edificio viejo con portón verde y ascensor que crujía. El apartamento de ella estaba en el cuarto piso, sin ascensor, pero ni uno ni otro dijeron nada del esfuerzo.
Dentro, el lugar era pequeño, limpio, con olor a canela y ropa recién planchada. Ella cerró la puerta con llave, se quitó las sandalias y se dejó caer en el sofá, abriendo las piernas como si siempre hubiera vivido así.
—¿Y ahora?—dijo él, parado en medio de la sala, con las manos en los bolsillos.
—Ahora—ella se recostó, cruzó los tobillos—te quitas la ropa.
Él no dudó. Se desvistió rápido, sin vergüenza, dejando caer cada prenda como si fuera basura. Cuando se quedó solo con el calzoncillo, ella se mordió el labio.
—Déjalo ahí un rato—dijo—. Quiero ver cómo se mueve tu pito bajo la tela.
Él sonrió, se acercó, se sentó en el borde del sofá. Ella le puso una mano en la entrepierna, lo acarició despacio, con la palma plana, sintiendo cómo crecía.
—Rico—murmuró—. Bien duro, bien derecho.
—Y todo para ti—dijo él, echando la cabeza atrás.
Ella se bajó del sofá, se arrodilló frente a él. Le quitó el calzoncillo con los dientes, despacio, sin prisa. Y cuando lo tuvo al descubierto, lo tomó con la mano derecha, lo acarició desde la base hasta la punta, luego lo llevó a la boca.
No fue un beso. Fue una succión lenta, profunda, como si quisiera tragárselo entero. Él soltó un gruñido.
—Así, así—dijo—. Mami, así.
Ella no respondió. Solo lo tomó más adentro, con la boca caliente, la lengua jugando en la punta, los labios apretados. Subía y bajaba, con ritmo constante, como si lo conociera de toda la vida.
Él le puso una mano en la nuca, no para empujar, sino para sentir. Le gustaba el peso de su cabeza, el modo en que sus labios se estiraban alrededor del pito.
—¿Te gusta?—preguntó ella, soltándolo un segundo.
—Chimba—dijo él—. Me tienes el cerebro en el culo.
Ella rio, volvió a hundirse. Esta vez, con más ganas. Le tomó los huevos con una mano, los acarició, los apretó suave. Él se retorcía, agarraba el sofá con fuerza.
—No quiero correrme todavía—dijo, entre dientes—. Quiero verte el culo.
Ella se levantó, se quitó el vestido de un tirón. Llevaba bragas negras, ajustadas. Se dio vuelta, se inclinó sobre el sofá, levantó la tela y le mostró el culo entero, prieto, con la raja bien marcada.
—¿Te gusta lo que ves?—preguntó, mirándolo por encima del hombro.
—Me voy a volver loco—dijo él, acercándose.
Le dio una nalgada fuerte. El sonido retumbó en la habitación. Ella gritó, pero no se movió. Al contrario, se abrió más.
Él se arrodilló, le bajó las bragas hasta los tobillos, le separó las nalgas con las manos y le dio un beso en el culo. Luego, la lengua.
Fue lento al principio, solo un lamido en la raja, luego más adentro, hasta que ella gemía sin control.
—Ahí, ahí—decía—. Mijo, no pares.
Él no paró. Le lamió todo, desde el culo hasta la concha, sin prisa, como si tuviera toda la tarde. Y cuando ella empezó a temblar, se paró, se puso detrás, le agarró las caderas y la penetró de un solo empujón.
—¡Ay!—gritó ella, con los ojos cerrados—. Qué bruto eres, hijueputa.
—Y tú qué rica—dijo él, moviéndose con fuerza.
El ritmo era salvaje. El sofá crujía, las paredes temblaban. Ella se agarraba del respaldo, con las tetas bailándole, el pelo pegado a la cara por el sudor.
—Más fuerte—dijo—. Clávamelo hasta el fondo.
Él obedeció. Le dio con todo, sin piedad, hasta que sintió que el orgasmo le subía desde los pies.
—Me voy—advirtió—. Me corro.
—Pues suéltalo—dijo ella—. Dámelo todo.
Y él se corrió dentro, con un gemido ronco, los dedos clavados en sus caderas.
Cayeron juntos al sofá, sudados, sin aliento. Ella se dio vuelta, lo miró con una sonrisa pícara.
—¿Y ahora?—dijo él, otra vez.
—Ahora—ella se acurrucó en su pecho—te quedas a dormir la siesta.
Él rio, le besó la frente.
—Mejor—dijo—. Así me despiertas con otra mamada.
Y ella, sin decir nada, le pasó la mano por el pito, todavía medio dormido, como promesa de lo que vendría.
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