La ventana del tercer piso
6 minLa ventana del tercer piso
La primera vez que la vi, no era mi intención mirar. Estaba en mi apartamento, con el ventilador girando perezoso en el techo, el calor pegajoso de junio agobiando las calles de Guadalajara, y yo, como todos los días, con una botella de cerveza fría en la mano y el televisor apagado pero encendido, como un faro apagado que espera ser encendido.
Fue un error técnico, o tal vez una casualidad cómplice. La cortina de mi cuarto —esa cortina delgada de gasa blanca que deje entreabierta por costumbre— se movió con una ráfaga de aire que entró por la ventana de enfrente, la del vecino del tercer piso, el que lleva meses sin arreglar el aire acondicionado y cuyas luces siempre están apagadas. Pero esa noche no.
La luz se encendió.
Y con ella, apareció ella.
Estaba de espaldas, de pie junto a la ventana, con la espalda desnuda, la piel morena y suave como miel bajo la luz cálida de la lámpara de pie. Tenía el cabello suelto, oscuro, con mechas que le rozaban los hombros, y una cicatriz pequeña, casi invisible, en la curva de la cadera izquierda. No usaba nada. Sólo un brillo en los hombros, como si hubiera aplicado polvo dorado, o quizás era el reflejo de la luz.
Me quedé paralizado. No por vergüenza, no por culpa, sino por una especie de reverencia silenciosa. Como si el universo hubiera decidido mostrar algo sagrado, algo que no estaba destinado a ser contemplado, y sin embargo, ahí estaba.
Ella se acercó a la ventana, sin mirar hacia afuera, como si supiera que alguien la observaba. O quizás no. Tal vez era solo una costumbre suya, una rutina nocturna. Se inclinó un poco, como para ajustar algo en la ventana, y el movimiento hizo que su cuerpo se arqueara sutilmente. Su trasero, redondo y firme, se delineó contra la luz. No era una pose, no era una provocación. Era natural. Auténtica.
Me dije que cerrara la cortina. Me dije que apartara la vista. Pero mis manos no respondieron. Y mi respiración, lenta y profunda, parecía susurrarle al silencio: *Quédate. Sólo un poco más.*
Ella giró sobre sus talones.
Y entonces me vio.
No hubo sorpresa. No hubo escalofríos de miedo. Simplemente, me miró. Sus ojos, grandes y oscuros, se clavaron en los míos a través de los dos vidrios y la gasa blanca que ya no me servía de escudo. Y sonrió. No una sonrisa coqueta, ni una sonrisa burlona. Una sonrisa de reconocimiento. Como si nos hubiéramos buscado sin saberlo durante años, y por fin, ahí estábamos.
Me levanté. No con prisa, sino con intención. Me acerqué a la pared que separaba ambos apartamentos, y apoyé la palma de la mano contra la superficie. Ella hizo lo mismo, desde su lado. Nuestros dedos casi se tocaban, separados por apenas un centímetro y una pared de concreto.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, y su voz, aunque no la escuché directamente, la sentí. Vibró en la pared, en mis nudillos, en la base de mi columna vertebral.
Asentí.
—Entonces acércate.
No hubo duda. No hubo preguntas. Sólo una invitación que acepté con los ojos cerrados y los pies descalzos sobre el piso frío del cuarto. Me deshice de la camiseta, de los pantalones, y me dejé caer de rodillas frente a la ventana. No me importó que la gente me viera desde la calle, ni que el vecino del segundo piso, ese que siempre está en su balcón con su taza de café, pudiera asomarse. Porque en ese momento, nada más existía que ella, su respiración, su cuerpo, y el silencio que nos envolvía como un velo de seda.
Ella se quitó la camiseta que aún llevaba puesta —una prenda blanca y holgada— y la dejó caer al suelo con lentitud deliberada. Se desabrochó el sostén con una mano, sin mirar, y lo arrojó tras la camiseta. Su pecho se elevó, firme, con la respiración entrecortada. Sus pezones eran oscuros, delicados, como brotes en primavera.
—No me toques —dijo, y esta vez sí escuché su voz, clara, firme, sin sombra de duda—. No tonight. Sólo mira.
No me importó. Miré.
Ella se sentó en el alféizar de la ventana, cruzando una pierna sobre la otra, como si estuviera en una terraza de París y no en un tercer piso de un edificio modesto de Guadalajara. Se pasó la lengua por los labios, y su pecho subió y bajó con más fuerza.
—Mira bien —susurró.
Y entonces empezó a tocarse.
Con una mano, rozó su clítoris a través del pequeño triángulo de tela que aún llevaba. Con la otra, se acarició el pecho, con movimientos suaves, medidos, como si estuviera escribiendo una carta antigua con tinta y pluma. No apresuraba nada. Cada gesto era una promesa. Cada pausa, una pregunta.
—¿Ves esto? —dijo, mientras separaba con dos dedos sus labios íntimos, mostrándome su centro, brillante, húmedo, ya—. Esto es por ti. Porque sabía que estarías mirando.
No mentí.
—Sí —respondí, con la voz ronca, como si hubiera estado gritando en silencio durante horas.
Ella se inclinó hacia adelante, y sus pechos colgaron suavemente hacia adelante, mientras sus dedos se metían dentro de ella. Una. Dos. Con ritmo constante, con firmeza. Su cabeza se inclinó hacia atrás, y un gemido bajo, casi gutural, escapó de su garganta.
—¿Quieres saber algo? —preguntó, sin dejar de moverse—. Te he estado observando a ti también.
Me quedé helado.
—¿Qué dices?
—Sí. Desde hace semanas. Cuando Sales a la terraza por las noches. Cuando te sientas a fumar y miras las luces de la ciudad. Cuando te pones la mano en el bolsillo y te miras el reloj. Cuando… te tocas.
Me miró con una sonrisa que no era de triunfo, sino de complicidad.
—Y esta noche —añadió—, cuando me viste por primera vez, tu respiración cambió. Yo lo sentí. Como una brisa que no venía del exterior.
No sabía qué decir. Sólo pude asentir de nuevo, con los ojos fijos en su cuerpo, en su movimiento, en la forma en que su piel brillaba bajo la luz, como si estuviera hecha de aceite y fuego.
Ella se detuvo.
Se levantó con lentitud, y se acercó a la ventana. Esta vez, sin gasa. Sin cortina. Sin nada que nos separara.
—¿Vienes? —preguntó.
Asentí.
Me deslicé por el suelo, como si el concreto me ayudara a avanzar. Bajé las escaleras de dos en dos, sin prender la luz, con la cerveza fría ya olvidada en la mesa del cuarto.
Cuando abrió la puerta, no usaba nada. Sólo una sonrisa y la seguridad de quien sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo.
—Entrarás por la puerta —dijo—, pero saldrás por la ventana.
Y entonces, por primera vez, no fui quien miraba.
Fui quien era visto.
Y fue la primera vez en mi vida que sentí que, al ser mirado, me volvía real.
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