La ventana del tercer piso

La ventana del tercer piso

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La ciudad respiraba a sus espaldas: luces de neón temblaban en el humo húmedo de la noche, los coches pasaban con un zumbido monótono, y el eco de una bocina lejana se deshacía entre los edificios. En el tercer piso de un edificio viejo —uno de esos con balcones de hierro forjado cubiertos de óxido y persianas que ya no cerraban del todo—, Lucía estaba sentada frente a la ventana sin cortinas.

No era una provocación. No al principio. Era una costumbre. Había mudado su escritorio allí hace tres semanas, justo después de romper con Daniel, y desde entonces, cada noche, mientras trabajaba en sus ilustraciones digitales, dejaba la ventana entreabierta. El aire fresco le daba en la nuca, le acariciaba los tobillos, y sobre todo, le permitía ver —sin que nadie la viera a ella— lo que ocurría en la calle.

Era un cruce pequeño, tranquilo, donde los semáforos se movían con pereza y los peatones iban poco apresurados. Al otro lado de la acera, en el segundo piso de un edificio gemelo —idéntico en fachada, distinto en vida—, había una habitación con una ventana también sin cortinas. En ella, un hombre solía aparecer cerca de las once.

Lucía lo llamaba, mentalmente, *el carpintero*. No por su oficio, sino porque tenía las manos grandes, los antebrazos marcados por venas finas, y siempre llevaba una camiseta ajustada que mostraba la curva de sus bíceps. No sabía si era carpintero de verdad. Solo sabía que se llamaba Mateo, que había visto su nombre escrito en una botella de plástico que dejó en el alféizar una tarde, y que ahora lo repetía en voz baja, como un mantra, mientras dibujaba con la tableta en el regazo.

Esa noche, Mateo no apareció a las once. A las once y diez, Lucía cerró la tableta, se levantó, y caminó hasta la ventana. La calle seguía igual. Un par de adolescentes pasaron empujándose, riendo, y luego se detuvieron frente a su edificio, bajo la luz amarillenta de una farola. Uno de ellos se volteó hacia la ventana del tercer piso —la suya— y Lucía, sin pensar, levantó la mano.

Él no la saludó. Solo la miró.

Y entonces, desde la habitación de enfrente, la ventana se abrió de golpe. Mateo salió al balcón, fumando un cigarro. Llevaba una camiseta sucia, los pantalones bajos en las caderas, y los pies descalzos. El humo le salía en espirales lentas, como si el tiempo también se detuviera ahí, suspendido entre el humo y la noche.

Lucía se acercó más a la ventana, sin tocar el marco. Solo miraba.

Mateo la vio.

No hubo sonrisa, no hubo gesto de sorpresa. Solo una pausa. Su respiración cambió, leve pero perceptible. Y entonces, lentamente, apagó el cigarro contra el borde del balcón y se quitó la camiseta.

Lucía sintió un calor en la entrepierna. No era deseable, no exactamente. Era más directo, más visceral: un pulso en el clítoris, una contracción en el útero, una humedad repentina en los labios. Se mordió el labio inferior, con fuerza, y se obligó a no tocar su cuerpo.

Mateo se acercó a la baranda. Con las manos, se desabrochó el cierre de su pantalón. El movimiento era pausado, deliberado. Como si estuviera haciendo algo cotidiano: encender una luz, tomar un vaso de agua. Pero no lo era. Sus dedos deslizaron la tela hacia abajo, dejando al descubierto su cuerpo entero. Tenía el vello púbico crespo, oscuro, y el pene flácido, colgando entre sus muslos, grueso y ligeramente curvado hacia arriba. No estaba excitado. Aún no.

Lucía bajó la mano hasta su muslo, sin quitar los ojos de él. Se pasó la yema del índice por el borde de sus pantalones, apenas rozando la tela. Mateo la observaba ahora directamente. No hacía gestos. Solo la miraba, con los ojos semicerrados, como si ya estuviera dentro de ella.

Ella se inclinó un poco más hacia afuera. La brisa le levantó una hebra del pelo, le acarició la nuca. Y entonces, con una lentitud que dolía, se bajó la cremallera de su propio pantalón.

No era para él. O sí. No importaba.

Se quitó los pantalones lentamente, dejándolos caer a sus pies. Se quedó sola, vestida solo con una camiseta larga, los pechos libres bajo la tela, los pies descalzos sobre el suelo frío del apartamento. No llevaba ropa interior. Se había acostumbrado a eso en las últimas semanas: sentir la piel al aire, aunque nadie la viera.

Mateo se tocó el pene. Una sola vez, con la palma, desde la base hasta la punta, presionando con fuerza. Su mano era dura, con callos en los nudillos, y el movimiento lo hacía con una crudeza que no tenía nada de erótico —era mecánico, instintivo—. Pero en ese instante, su pene se endureció. Se infló, se alzó, grueso y recto, la punta húmeda por el preseminal.

Lucía sintió un cosquilleo en la espalda. Se llevó una mano al pecho. Se pasó el pulgar por el pezón, ya duro bajo la camiseta. Lo apretó, dos veces, con fuerza moderada. El contacto la hizo estremecer. No se detuvo. Se inclinó hacia el espejo que había detrás de ella, un espejo pequeño, roto en un rincón, y se miró. Sus ojos estaban brillantes. La piel de su cuello estaba erizada. Sus pechos subían y bajaban con rapidez.

Bajó la mano. Se separó los labios con los dedos. Se miró la entrepierna. Estaba húmeda. No goteaba, pero sí se notaba: una mancha oscura en la tela de su camiseta, que no era sudor.

Mateo no paraba de mirarla. Sus ojos bajaron hasta sus manos, que ya estaban en sus muslos, deslizándose hacia arriba. Lucía no se tocaba el clítoris. Solo se rozaba los labios, con los dedos abiertos, como si los estuviera probando. Luego, con un solo movimiento, metió dos dedos dentro de sí misma.

No era lento. Era feroz. Una entrada brusca, un giro de muñeca, una presión interna que la hizo cerrar los ojos por un segundo. Cuando los abrió, Mateo ya tenía ambas manos en su pene, moviéndose con firmeza, jalando la piel hacia atrás y adelante, con un ritmo que ella calculó: tres latidos por segundo. Su respiración se había acelerado. Ya no era pausada.

Se detuvo.

Se puso de cuclillas frente al espejo, con las rodillas en el suelo. Se separó los labios otra vez, y esta vez, con los ojos fijos en los de Mateo, metió los dos dedos y luego un tercero. Se estiró, arqueó la espalda, dejó caer la cabeza hacia atrás. Su boca se entreabrió. No gritó. Solo soltó un suspiro largo, ahogado, como si estuviera exhalando el aire de su propia vergüenza.

Mateo se agarró con fuerza la base del pene y lo sacudió, dos veces, con un movimiento brusco de caderas. Su respiración se cortó. Su cara se enrojeció. Y entonces, sin dejar de mirarla, se frotó la punta del pene contra su propio ombligo, una vez, dos veces, hasta que el preseminal se esparció por toda la cabeza.

Lucía retiró los dedos. Los miró. Estaban mojados. Se los llevó a la boca. Los lamió, uno por uno, con lentitud. Luego, con la palma seca, se frotó el clítoris. Cinco veces. Seis. Siete. Y en el séptimo roce, su cuerpo se arqueó. Su respiración se cortó. Sus dedos se cerraron en puños. Su espalda se elevó del suelo, solo un centímetro, y luego cayó de golpe, como si sus huesos se hubieran derretido.

Mateo no movió un músculo. Solo la miraba. Y cuando Lucía volvió a abrir los ojos, él ya tenía la mano en la entrepierna de su pantalón, desabrochándolo. Se bajó la tela, lentamente, hasta los tobillos, y se quitó los calcetines con los pies. Se quedó completamente desnudo, de pie, frente a la ventana.

Lucía se levantó. Se acercó a la ventana, hasta tocar el cristal con la yema de los dedos. Mateo hizo lo mismo. Apoyó sus propios dedos, desde el otro lado, sobre el cristal. No era una conexión física. Pero lo parecía. Como si el vidrio ya no estuviera allí.

Esa noche, Lucía no dibujó nada. Se sentó en el suelo, frente a la ventana, con las piernas cruzadas, sin ropa. Y Mateo siguió allí, de pie, desnudo, frotándose lentamente el pene con el puño, sin prisa, sin prisa alguna

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