La ventana del quinto

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

En la esquina del edificio de enfrente, una ventana sin cortinas. Siempre encendida a las diez y media. Marco la había notado desde hacía semanas, pero esa noche fue distinta. No por lo que pasó, sino por cómo lo vio. Ella, de espaldas al cristal, con una camisa blanca que no llegaba a cubrirle el culo, doblándose para alcanzar algo en el cajón del buró. Una camisa que, desde el quinto piso de su departamento, parecía tan delgada que Marco juró ver el contorno de sus bragas negras, ajustadas, como una segunda piel.

No se movió. Ni siquiera parpadeó. Solo se acercó más al cristal del balcón, dejando que la luz tenue del cuarto de ella le iluminara el perfil mientras él permanecía en la penumbra. Ella no podía verlo, pero él sí. Y eso era suficiente. A veces, mirar era más intenso que tocar. Más caliente, más lento, más profundo. Como si el deseo se cociera a fuego lento.

Ella se enderezó, se quitó la camisa con un movimiento rápido, y quedó solo en ropa interior. Marco contuvo el aire. No era una modelo, no era perfecta, y por eso le gustaba más. Tenía unas nalgas anchas, bien formadas, con esa curva que invitaba a morder. La espalda ligeramente arqueada, los hombros redondos, los pechos pequeños pero firmes, con los pezones oscuros como si estuvieran siempre listos. Se acercó al espejo del baño, se miró, se tocó un seno con una mano, luego el culo. Y sonrió. Como si supiera que alguien la veía.

Marco sintió que la verga se le endurecía dentro del pantalón. No se tocó. No todavía. Quería que el hambre creciera. Quería que el fuego le subiera desde los huevos hasta la garganta.

Ella se quitó las bragas, se sentó en la orilla de la cama, abrió las piernas. Justo ahí. Justo donde él podía verlo todo. El vello recortado, oscuro, el pliegue húmedo, la entrada rosada. Marco tragó saliva. No había imaginado tanto detalle. No esperaba que ella lo dejara ver así, tan descaradamente. Como si lo desafiara. Como si dijera: *Sí, estoy aquí. Sí, me estás viendo. Y sí, me gusta*.

Entonces, lentamente, ella se acarició. Con dos dedos, se abrió, se tocó el clítoris. Cerró los ojos. Marco sintió que se le cerraban los puños. Quiso gritar. Quiso coger el ascensor, cruzar la calle, subir las escaleras, entrar por la puerta y cogerla ahí mismo, con fuerza, sin decir nada. Pero no lo hizo. Se quedó. Atrapado. Encendido.

Ella abrió los ojos. Miró hacia la ventana de Marco.

Y sonrió.

No fue una sonrisa tímida. Fue una sonrisa de complicidad. Como si dijera: *Ya sé que estás ahí*.

Marco no se movió. No se escondió. Se quedó quieto, con la mirada fija, como si estuviera desafiándola de vuelta. Y ella, sin dejar de sonreír, se levantó, caminó hacia la ventana, y cerró la cortina.

Justo cuando Marco pensó que se había terminado todo, la cortina se abrió de nuevo. Ella estaba de frente, con un vibrador en la mano. Negro, grueso, del tamaño de una verga buena. Se lo llevó a la boca, lo chupó despacio, con los ojos clavados en él. Marco no pudo más. Se desabrochó el cinturón, se bajó el pantalón, sacó la verga dura como piedra. No se tocó. Solo la dejó ahí, expuesta, como si también él dijera: *Aquí estoy. Esto es lo que provocas*.

Ella lo vio. Y esta vez, no sonrió. Solo asintió.

Luego, se sentó otra vez en la cama, abrió las piernas, y se metió el vibrador de un solo empujón. Marco jadeó. No pudo evitarlo. La vio mover las caderas, lentamente al principio, luego más rápido, con fuerza, con hambre. Sus gemidos no llegaban, pero Marco los imaginaba. Los sentía en el pecho. Se tocó por fin, se masturbó con ritmo lento, imitando el vaivén de ella, como si estuviera dentro, como si fuera él quien la chingaba.

Ella se corrió. Marco lo supo porque cerró los ojos, echó la cabeza atrás, y apretó los muslos. El vibrador cayó a un lado. Ella respiraba fuerte. Marco también. Se corrió con un gemido ahogado, sin dejar de mirarla, mientras la semilla le salía en chorros calientes sobre el cristal del balcón.

Se quedaron así, quietos, mirándose. Ella se limpió con una toalla, se puso una bata corta, y volvió a la ventana. Esta vez, se sentó en la silla, con una copa de vino en la mano. Marco, aún desnudo desde la cintura para abajo, hizo lo mismo. Se sirvió un trago. Brindaron en silencio. Sin palabras. Solo ellos, la noche, y lo que había pasado.

Al día siguiente, nada cambió. La ventana seguía sin cortinas. Pero ahora, Marco sabía que ella lo esperaba. Y ella, que él estaría ahí.

A la tercera noche, ella se quitó la bata apenas entró. Nada más. No hizo nada. Solo se acostó en la cama, boca arriba, con las piernas abiertas, mirando hacia su ventana. Marco salió al balcón, desnudo, con la verga dura otra vez. Ella lo miró. Él se masturbó. Ella se tocó. No hubo prisa. Fue lento, intenso, como un ritual. Hasta que ambos terminaron al mismo tiempo, como si se hubieran puesto de acuerdo.

A la quinta noche, ella escribió algo en una libreta, la levantó hacia la ventana. Decía: *¿Quieres entrar?*

Marco dudó. No por miedo. Por respeto. Porque lo que tenían era perfecto así. Como un juego de miradas, de deseo contenido, de placer compartido sin contacto. Pero también quería más. Quería tocarla. Quería sentir su calor. Quería chingarla con fuerza, contra la pared, con los dientes en el cuello.

Así que asintió.

Ella bajó. Subió al ascensor. Cruzó la calle. Marco abrió la puerta. No dijeron nada. Ella entró. Él la tomó de la cintura, la pegó contra la pared, le subió la falda. Ella le desabrochó el pantalón. No hubo besos. No al principio. Solo urgencia. Solo necesidad.

La cargó, la llevó al cuarto, la tiró sobre la cama. Ella se quitó la blusa, el sostén. Él se quitó todo. Y entonces, por primera vez, la vio completa, desnuda, mojada, lista. Se subió encima, se acomodó entre sus piernas, y sin más, le metió la verga de un solo empujón.

Ella gritó. Un grito largo, ronco, lleno de placer. Marco empezó a cogerla con fuerza, con ritmo, con ganas. Ella le arañó la espalda, le mordió el hombro. Él le agarró las nalgas, le abrió más las piernas, y siguió chingando, más hondo, más rápido. El cuarto se llenó de jadeos, de golpes de carne contra carne, del sonido de dos cuerpos que se encontraron después de semanas de mirarse en silencio.

Cuando ella se corrió, Marco no paró. Siguió, hasta que ella le dijo, con voz ronca: *Otra vez. Quiero otra vez*.

Y él se la dio.

Al final, quedaron abrazados, sudorosos, sin hablar. Ella apoyó la cabeza en su pecho. Él le acarició el pelo.

—Mañana —dijo ella—, ¿otra vez a las diez y media?

—Claro —respondió él—. Pero ahora, con la puerta abierta.

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