La ventana del quinto piso

La ventana del quinto piso

@valentina_ruiz ·6 de junio de 2026 · ★ 4.9 (22) · 17 lecturas · 7 min de lectura

Eran casi las ocho de la tarde y el sol, aún generoso, bañaba con un tono dorado los edificios del sector de San Telmo, donde los balcones de madera crujían suavemente con la brisa y las calles estrechas guardaban el eco de pasos antiguos. En el quinto piso de un edificio de estilo francés un tanto decadente, Valeria ajustaba los cordones de sus zapatillas de yoga mientras hojeaba una revista de arte contemporáneo. Su apartamento —pequeño pero acogedor, con paredes color crema y plantas colgantes— olía a té de jazmín y a papel viejo. Desde su ventana, con los postigos semicerrados, tenía una vista lateral del edificio vecino, uno más moderno, de fachada de vidrio y aluminio, donde las luces aún no se habían encendido del todo.

A través de una rendija entre las persianas, vio a la vecina del piso tercero del edificio de al lado. Se llamaba Lucía, según lo que había escuchado una vez en el ascensor. Alta, de hombros anchos y cadera marcada, caminaba descalza por su living, con una camiseta blanca muy ajustada y pantalones cortos de algodón. Tenía el pelo suelto, castaño claro con reflejos cobrizos, y movimientos fluidos, como si bailara sin música. Valeria, sin querer, se detuvo. No era curiosidad, ni siquiera deseo: era solo una observación silenciosa, como cuando uno mira una pintura que atrapa la atención por su luz o su composición.

Lucía se detuvo frente a la ventana del living, casi en el mismo ángulo que Valeria la contemplaba. Se estiró lentamente, llevando los brazos hacia atrás, arqueando la espalda. La camiseta se subió un poco, dejando entrever la curva de su ombligo y el borde delástico de su ropa interior. No era sexualizado, no —era natural, íntimo, como una postura de danza o de estiramiento matutino. Valeria sintió un leve calor en las mejillas, y sin pensar, bajó un poco más la persiana, dejando solo una franja estrecha por donde seguir viendo.

Justo entonces, Lucía giró la cabeza. Sus ojos, grandes y oscuros, se posaron en la ventana de Valeria. No hubo sorpresa, ni fastidio. Solo un leve movimiento de cejas, como una pregunta callada. Valeria se quedó inmóvil, con la revista aún entre los dedos. Lucía sonrió, apenas perceptible, y luego, con lentitud deliberada, se quitó la camiseta. No con intención de provocar, sino como si se despojara de una capa más que de una prenda. Dejó caer la tela sobre una silla cercana y se dejó caer en el sofá, cruzando las piernas con naturalidad.

Valeria tragó saliva. Ya no miraba como extraña; ya no observaba una escena ajena. Ahora, sabía que era vista. Y eso cambió todo.

Lucía se inclinó hacia un costado, estirando el brazo hacia una mesa baja. Su pecho se alzó con la respiración, suave, sin forzar. Valeria vio la marca sutil del sostén que llevaba debajo, un tono verde oscuro, con encaje fino. Lucía tomó un vaso medio lleno de agua, lo llevó a los labios y bebió despacio. Sus ojos, ahora sí con claridad, estaban fijos en la ventana. En Valeria.

—¿Quedaste con ganas de ver algo más? —dijo Lucía, en voz baja, pero suficientemente clara como para cruzar la distancia de veinte metros.

Valeria se sonrojó hasta la raíz del cabello. No había gritado. Solo había hablado, como si estuvieran en un café, y eso fue lo que la hizo sentir más expuesta. No había miedo, pero sí una especie de temblor leve en los dedos. Se mordió el labio inferior, dudó, y luego asintió, con una sonrisa tímida.

Lucía se rió, un sonido cálido, como el crujido de hojas secas bajo el pie. Se levantó del sofá, caminó hasta la ventana, y esta vez, sin cortina alguna, se detuvo frente al cristal. Estaba de pie, con las manos en las caderas, y la luz del atardecer le dibujaba contornos suaves en la piel: el arco de sus clavículas, la curva de sus costillas, la suave redondez de sus muslos. Llevaba una especie de short deportivo, de tela elástica, y una correa ajustada en la cintura, como si acabara de terminar una carrera.

—Yo también te he visto algunas veces —dijo Lucía—. En la terraza del edificio nuevo, con ese abrigo gris que siempre te pones cuando hace frío. Te gusta leer con una mano y sostener una taza con la otra. A veces, te quedas así casi una hora.

Valeria sintió un nudo en el estómago. No solo la había visto. La había *notado*. Y eso la hizo sentir, por primera vez, más presente que invisible.

—¿Y qué… quieres que haga? —preguntó, con la voz apenas más fuerte que un susurro.

Lucía se acercó más, hasta que su frente casi rozaba el cristal. Sus ojos, ahora sí, brillaban con una chispa juguetona.

—Que me mires. Que me veas bien. Que me veas como yo te estoy viendo ahora.

Valeria bajó la persiana completamente, lentamente, como si descorriera un telón. Luego, se quitó los zapatos, se sentó en el suelo, justo frente a su propia ventana, y se estiró, apoyando las manos en el suelo, como si se preparara para una postura de yoga. No era una postura seductora, era una postura de confianza. De entrega. De invitación.

Lucía la miró. Su pecho subió con un nuevo ritmo, más rápido. Se llevó una mano al cuello, se quitó un collar de cuentas pequeñas, y lo dejó sobre la mesa. Luego, con movimientos suaves, se desabrochó el short, deslizándolo hacia abajo, dejándolo caer a sus pies. Quedó de pie, desnuda, sin vergüenza, sin prisa. Su cuerpo era redondo en los sitios justos, con marcas suaves de quemadura solar en los hombros, y una cicatriz casi imperceptible en el muslo izquierdo, como una línea de luz.

Se sentó sobre el sofá, cruzó una pierna sobre la otra, y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Sus pechos, firmes, se marcaron con la postura. No los ocultó. Los mostró como parte de su naturaleza, como el sol se muestra en la mañana.

—¿Te gustan así? —preguntó, y por primera vez, hubo un tono de interrogante en su voz.

Valeria asintió, sin apartar la mirada. Sentía un calor que le recorría la columna, que le subía por el cuello, que le hacía sentir su propio cuerpo como una promesa. Se levantó, se acercó a su ventana, y esta vez, abrió los postigos por completo.

—Me gusta que me mires —dijo Lucía, esta vez en voz más baja—. Pero me gusta más que me veas *a mí*, no solo lo que tengo.

Valeria respiró hondo. Se quitó la blusa, luego la camiseta, dejó las prendas sobre una silla. Se quedó con un top ligero, de malla, y un short de algodón. No se desnudó del todo, pero sí se dejó ver. Con lentitud, se sentó en el suelo, frente a la ventana, con las piernas estiradas, los codos apoyados en las rodillas. Se inclinó hacia adelante, como Lucía lo había hecho.

—También me gusta que me veas —dijo—. Pero me gusta más que me veas *a mí*.

Lucía sonrió. No una sonrisa de victoria, sino de reconocimiento. Se puso de pie, caminó hacia el fondo del living, y se detuvo frente a un espejo de cuerpo entero. Se miró, se pasó las manos por los muslos, por la cintura, por el pecho, con una ternura que no era de autoadmiración, sino de conexión. Luego, se volvió hacia la ventana.

—Mañana, a la misma hora —dijo—. ¿Te parece?

Valeria asintió, con una sonrisa que le llegaba hasta los ojos.

—Me parece perfecto.

El sol ya se había escondido. Las luces de la ciudad empezaban a encenderse una por una, como estrellas que habían decidido bajar a la tierra. Valeria, sentada en su suelo, con la espalda apoyada en la pared, siguió mirando la ventana vecina. Lucía no se había movido. seguía de pie, con las manos en los bolsillos, observándola.

No hubo besos. No hubo palabras más allá de esas. Pero en la oscuridad creciente, algo había cambiado. No era solo mirar. Era verse. Y verse, sabiendo que también estás siendo visto.

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