La ventana del quinto piso

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 4.5 (31) · 79 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que la vi, estaba lavando los vidrios del balcón. Yo estaba en el piso de enfrente, con una taza de café humeante y los codos apoyados en el alféizar de mi ventana. La luz del atardecer le daba de lleno: piel dorada, cuello estirado, cabello suelto que brillaba como cobre fundido. Usaba un delantal blanco, la camiseta justa, los muslos tensos mientras frotaba con una esponja que iba y venía con pausa, con intención. No me dio la cara. No tenía por qué. Pero yo sentí que me sentía mirando.

Me llamó Martina, al menos así decía la placa del buzón: *M. R.*, con una “R” mayúscula, redonda, firme. Vivía sola, según me dijo después. Divorciada. Sin hijos. Con una gata negra que se llamaba *Púa* y que se le subía a las piernas cuando se sentaba a leer.

La primera vez que hablamos fue por la escalera de emergencia. Estaba bajando con dos bolsas de supermercado pesadas, el pelo recogido en un nudo torcido, y yo subía con un sobre en la mano que no era mío. Le ofrecí ayudarla. Me miró con esos ojos que parecen de cristal, translúcidos, pero con fuego adentro. “¿Vos habitás acá arriba?”, preguntó, sin soltar las bolsas. Le dije que sí, que en el quinto, al fondo. “Ah”, dijo, y sonrió apenas. “Entonces nos conocemos de vista”.

Fue suficiente.

Empecé a dejar notas en su buzón. No cartas, no. Cosas pequeñas: una hoja con una frase de Cortázar que me había hecho pensar en ella; un clip doblado en forma de espiral; una foto de la luna llena tomada desde mi ventana, con la marca de su balcón al fondo. Ella respondía. Una vez, una taza de té frío, con un pañuelo de algodón doblado sobre la tapa. Otra vez, una flor seca, amarilla, que parecía un girasol viejo. La dejé sobre mi ventana, junto al florero vacío.

La invitación llegó por WhatsApp. Una foto de su balcón, con una vela encendida y dos copas de vino. Sin texto. Solo el sonido de la notificación, agudo, como un latido acelerado.

Esa noche, la subí a visitar. No directo. Primero, me quedé en mi ventana, con los ojos pegados al vidrio, tapado por la cortina semitransparente. La vi salir, caminar por el pasillo iluminado con luz amarilla, el pelo moviéndose con cada paso. Entró a su casa. Apagó la luz. Se quedó con una sola vela en el balcón. Me puse frente al espejo del baño, me desabotoné la camisa despacio. No me desvestí. Solo me dejé ver por un instante, con los brazos abiertos, los hombros alzados, el pecho húmedo. Cuando volví a mirar hacia su ventana, ella ya estaba allí. Sin ropa interior. Solo una camiseta blanca, casi transparente, pegada a la piel. Me miró directo. No sonrió. Solo me hizo un gesto con la mano: dos dedos, lentos, como si estuviera desabrochándose algo.

Me bajé. Bajé rápido, sin pensarlo. Subí por la escalera de emergencia, las manos apretadas, el corazón en la garganta. No toqué el timbre. Esperé a que abriera. Y abrió. Con la camiseta desabrochada hasta el ombligo, el sujetador de encaje negro, la concha marcada por la tela, como si la piel la estuviera llamando. Me tomó del brazo y me metió adentro.

—Vení —dijo, con voz ronca, como si ya me hubiera dicho mil veces que viniera.

El piso era de madera clara, hueco bajo los pies. Una mesa baja, dos cojines, una gata que nos miraba desde el sofá, sin moverse. La vela seguía ardiendo, con una llama temblorosa que proyectaba sombras grandes en la pared. Ella se sentó frente a mí, cruzó las piernas, y se sacó la camiseta. Sin apuro. Sin teatralidad. Solo con convicción. Sus pechos eran redondos, firmes, con pezones oscuros, como granos de café recién molido. Me tomó de la muñeca y me acercó la cara a uno. Aroma a manzanilla y a piel caliente. Yo la besé en el pezón. Ella soltó un suspiro bajo, casi un gemido, que no terminó de salir.

—¿Viste cómo me miraste ayer? —preguntó, sin soltar mi mano.

—Siempre te miro —dije.

—No. Hoy sí. Hoy te vi mirándome.

Me besó entonces. Lento. Con los ojos abiertos, clavados en los míos. Su lengua entró, tibia, húmeda, segura. Yo le pasé las manos por la espalda, sentí la curva de sus omóplatos, la suavidad de su cintura. Me aparté un poco, la miré de pies a cabeza. Tenía las piernas separadas, apenas, pero suficiente. El encaje del sujetador se hundía en su carne. Le desabroché los botones del frente, una por una. Los pechos salieron, suaves, redondos, con venas finas como hilos de seda. Se inclinó hacia adelante, me los ofreció. Yo los tomé con las manos, los masajeé suave, pasé los pulgares por los pezones, que se endurecieron al instante. Ella cerró los ojos, la cabeza hacia atrás, el cuello estirado, la garganta vulnerable.

—Quiero verte —dije.

Ella se puso de pie, me tomó de la mano y me llevó hacia el balcón. La noche estaba densa, con luces lejanas y el ruido de la ciudad, lejano. Ella se paró frente a la reja, con las manos apoyadas en el hierro, la espalda recta. Se volvió solo un poco, me miró por encima del hombro.

—Mirá —dijo.

No me moví. Me quedé quieto, con las manos en los bolsillos, la espalda pegada a la pared. Ella se levantó un poco la camiseta, la subió hasta la cintura, dejando al descubierto su culito, redondo, firme, con la curva suave que subía hacia la espalda. La tela del slip estaba humedecida en la entrepierna, una mancha oscura que marcaba la entrada de su garchar. Me puse frente a ella. No la toqué. Solo la miré. Ella se movió un poco, separó más las piernas, como invitando, como prometiendo. Me acerqué, lentamente, y le pasé la mano por el muslo, subiendo hasta el borde del slip. La piel estaba caliente. Me miró de nuevo, con los ojos entrecerrados.

—Soltá —dijo.

Le desabroché el sujetador con los dientes. Se lo quitó. Me puse de rodillas. La toqué con la lengua, lento, rozando la entrada de su concha, saboreándola. Ella gimió, fuerte, sin taparse la boca. Se agarró de la reja, los nudillos blancos. Yo le metí dos dedos, con cuidado, viendo su cara. Se arqueó, los ojos cerrados, la respiración cortada. La lengua seguía en su clítoris, girando, apretando, mordisqueando con suavidad. Ella se corrió con un grito ahogado, temblando, las piernas flácidas. Me levanté. Me desabroché el pantalón. Me sacué la ropa interior. Ella me miró, fija, con los ojos brillantes.

—Quiero que me tomes —dijo, y me puso la mano en el pene, que ya estaba duro, pesado, listo. La tomé de la cintura, la levanté, y la senté en el borde de la mesa baja. Le abrí las piernas con las rodillas, me puse entre ellas. La miré a los ojos mientras la entraba. Lento. Profundo. Ella soltó un gemido largo, como si se hubiera olvidado de cómo sonaba su propia voz. Yo la cogí con fuerza, pero sin brusquedad. La cabeza le golpeaba su clítoris con cada entrada. Ella me besaba el cuello, me mordía el hombro, me decía “sí, sí, sí”, como una oración. Me aferré a sus caderas, sentí su culito apretado contra mis manos, su piel sudada, su respiración agitada. Cuando me corrió de nuevo, esta vez con la lengua entre mis labios, yo me dejé ir, con un gemido que salió de lo más hondo, el cuerpo arqueado, los dientes apretados.

Nos quedamos así, un rato. Ella recostada en mí, con la cabeza sobre mi pecho, la pierna izquierda colgando de la mesa. La gata se acercó, se acurrucó entre nosotros, ronroneando. Ella me miró, sonrió. No dijo nada. Solo me tomó la mano y me la puso sobre su concha, húmeda, aún palpitante.

—Mañana —dijo—, volvé a mirarme desde tu ventana.

—Siempre —le dije.

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