La ventana del quinto piso

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

En el departamento del quinto piso, detrás de una cortina de lino claro que nunca se corría del todo, Lucía encendía el primer cigarrillo del día con un gesto lento, casi ceremonioso. El humo subía en espirales finas que se mezclaban con el aroma del café recién colado. No era una mujer que se apuraba. A sus treinta y siete años, había aprendido que el placer no estaba en lo urgente, sino en lo detenido, en lo que se saboreaba con los sentidos despiertos. Esa mañana, como tantas otras, se quedó quieta frente al espejo del baño, observando el contorno de sus caderas bajo la bata de seda azul, el pelo oscuro aún húmedo tras la ducha, los pechos firmes que el tiempo respetaba con cierta indulgencia. No se miraba para corregirse, sino para reconocerse. Y en ese reconocimiento, había algo que vibraba: una inquietud antigua, una fisura por donde se colaba el deseo.

A las ocho y diez, como cada jueves, el ascensor se abrió en el rellano. Lucía no lo esperaba, pero sí lo anticipaba. No con ansiedad, sino con una especie de certeza tranquila, como quien sabe que el sol saldrá aunque no lo haya visto aún. Él entró sin hacer ruido, con la llave que ella misma le había dado semanas atrás, envuelta en una nota escrita con tinta violeta: *No llames. Solo entra.* Se llamaba Diego, y era el hermano menor de su marido. Tenían once años de diferencia, aunque eso no se notaba en el modo en que sus cuerpos se entendían.

Diego cerró la puerta con el pie, dejó el maletín en el suelo y se quitó el saco con un movimiento que ya era parte del ritual. Lucía no se movió del marco de la cocina, solo lo miró, con el cigarrillo entre los dedos, los labios entreabiertos. Él la recorrió con los ojos, desde los pies descalzos hasta el nudo flojo en la cintura de la bata. No dijo nada. No hacía falta. Caminó hacia ella, despacio, como si midiera cada paso, y cuando estuvo frente, le tomó el rostro con ambas manos. El beso fue profundo, húmedo, sin prisa. Lucía dejó caer el cigarrillo en el fregadero y respondió con la boca entreabierta, con la lengua que ya conocía la suya, con un gemido que se le escapó al sentir las manos de Diego bajándole los tirantes de la bata.

La seda cayó al suelo como una hoja seca. Lucía quedó desnuda, iluminada por la luz del amanecer que entraba a través de la ventana. Diego se arrodilló sin pedir permiso, como si cada gesto estuviera escrito en la piel de ella. Le besó el vientre, el ombligo, el pubis depilado con cuidado, luego subió con la lengua por el interior de los muslos, lento, hasta que ella se estremeció. Lucía apoyó una mano en su cabeza, con los dedos enterrados en el pelo oscuro, y cerró los ojos. No pensaba en su marido, no pensaba en las consecuencias. Solo sentía. Sentía el calor húmedo de la boca de Diego, el roce de sus dientes, el aliento que se condensaba en su piel. Gimió más fuerte cuando él le separó los labios con los dedos y la lamió con precisión, con hambre contenida, con conocimiento. No era la primera vez que lo hacía, pero cada vez era como si fuera la primera: como si el cuerpo de Lucía fuera un territorio que nunca terminaba de explorar.

Cuando la sintió cerca del clímax, Diego se detuvo. Lucía abrió los ojos, con la respiración agitada, el pecho subiendo y bajando. Él sonrió, apenas, y se puso de pie. Se desabrochó la camisa con calma, dejando al descubierto el torso delgado, los pectorales marcados por el ejercicio, el vello oscuro que bajaba en línea recta hasta el cinturón. Lucía se acercó, le quitó la camisa, le besó el cuello, el hombro, el pezón izquierdo, mientras sus manos bajaban el cierre del pantalón. Diego se dejó hacer, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos. Cuando ella le tocó el miembro erecto, envuelto aún en la ropa interior, él soltó un jadeo ronco.

—No aquí —dijo Lucía, con la voz baja, áspera—. En la cama.

Lo tomó de la mano y lo llevó al dormitorio. La cama estaba deshecha, las sábanas revueltas de la noche anterior. Diego se sentó al borde, y Lucía se arrodilló frente a él, le quitó los calzoncillos con cuidado, liberando el pene duro, de tamaño generoso, con la punta húmeda. Lo tomó con la boca sin aviso, con profundidad, con ritmo. Diego echó la cabeza hacia atrás, con las manos aferradas a las sábanas. No duró mucho. Lucía lo conocía bien, sabía cuándo estaba cerca, y cuando lo sintió tensarse, se detuvo, lo miró a los ojos y sonrió.

—No tan rápido —dijo.

Diego respiró hondo, asintió. Se levantó, la tomó por los brazos, la hizo tenderse sobre la cama y se colocó encima. Lucía abrió las piernas sin decir nada. Él la penetró con un solo movimiento, profundo, hasta el fondo. Ambos gimieron al unísono. No era un encuentro violento, pero tampoco suave: era urgente, como si el tiempo que tenían fuera escaso, como si cada empujón fuera a ser el último. Lucía le clavó las uñas en la espalda, arqueó la espalda, buscó más. Diego aceleró el ritmo, con la frente sudada, los dientes apretados, los ojos clavados en los de ella. No hablaban, pero se decían todo con la mirada.

Cuando Lucía llegó al orgasmo, lo hizo en silencio, con el cuerpo estremecido, con un espasmo profundo que le recorrió desde los pies hasta la garganta. Diego no tardó en seguirla, con un gemido ronco que salió desde lo más hondo, mientras se desplomaba sobre ella, agotado, respirando con dificultad.

Quedaron así un rato, piel con piel, sudor con sudor, latidos entremezclados. Fuera, la ciudad seguía su ritmo, los autos pasaban, la vida corría. Pero dentro del quinto piso, todo se había detenido. Lucía acarició la espalda de Diego con la yema de los dedos, trazando círculos invisibles. Él no habló. No hacía falta. Sabía que al día siguiente volvería a su casa, a su trabajo, a su vida. Y ella también. Pero ese momento, ese instante, era de ellos. No era culpa, no era traición, al menos no en el sentido que el mundo entendía. Era algo más profundo: un encuentro entre dos personas que se reconocían en la oscuridad, que se encontraban no por error, sino por necesidad.

Cuando Diego se levantó, Lucía no lo detuvo. Lo vio vestirse en silencio, recoger su maletín, acercarse a besarla en la frente. No dijo “te quiero”, pero tampoco lo negó. No hacía falta. Todo estaba dicho en el gesto, en el roce, en el sabor que aún quedaba en la boca.

La puerta se cerró. Lucía se quedó en la cama, desnuda, con la luz del día entrando por la ventana. No se sintió culpable. Se sintió viva. Y eso, por ahora, era suficiente.

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