La ventana del quinto piso

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

El aire de la ciudad entraba tibio por la ventana abierta, cargado de humedad y el zumbido lejano de motos que cortaban la noche. En el quinto piso de un edificio de ladrillo visto, sin ascensor y con los escalones desgastados por décadas de pasos, Lucía encendió una vela sobre la mesita de luz. No era por romanticismo. La luz del techo parpadeaba desde hacía semanas, y el casero no daba señales de vida. La llama tembló al ritmo de su respiración, proyectando sombras que se deslizaban por las paredes como si respiraran con ella.

Hacía calor, pero no se quitó la camisa de hombre que usaba como camisón hasta que escuchó el golpe seco de la puerta del rellano cerrándose. Se asomó con cuidado, sin hacer ruido, y allí estaba él: Diego, con el ceño fruncido y una botella de vino tinto en la mano. No llamó. No necesitaba hacerlo. Subió los últimos peldaños con paso firme, como si conociera cada desnivel del piso. Ella no se movió del marco de la puerta. Solo cruzó los brazos y lo miró. Él sonrió, apenas, y alzó la botella.

—No te dije que vendría —dijo, sin pedir permiso.

—No necesitas avisar —respondió ella—. Pero tampoco necesitas vino.

Diego entró. Dejó la botella sobre el refrigerador viejo, junto a una taza sucia y un paquete de galletas abierto. Se quitó la chaqueta de cuero y la lanzó sobre el sofá, revelando una camiseta ajustada que marcaba el contorno de sus hombros anchos. Lucía no se movió. Lo observó caminar por su departamento como si fuera suyo, como si conociera cada grieta en el piso, cada libro mal acomodado en la repisa.

—Hace calor —dijo él, pasándose una mano por el cuello.

—Sí. Y la luz sigue fallando.

Diego se acercó. A menos de un metro, ella sintió el olor de su piel: sudor leve, tabaco, algo cítrico. No retrocedió. Él le tocó la cintura con una sola mano, apenas la presión de los dedos sobre la tela. Ella inspiró.

—¿Sigues enojada? —preguntó él.

—No estoy enojada —dijo ella, bajando la voz—. Solo cansada de que aparezcas así, como si nada hubiera pasado.

—¿Y qué pasó?

Lucía lo miró fijo. Sus ojos verdes brillaban a la luz de la vela.

—Tres semanas sin llamarme. Sin un mensaje. Nada. Y ahora vienes con una botella como si fuera una cita.

Diego no respondió con palabras. Se inclinó, lento, y le besó el cuello. Un beso suave, húmedo, que subió por la línea de su mandíbula. Ella cerró los ojos. No lo detuvo. Él tomó eso como consentimiento y deslizó la camisa por sus hombros. La tela cayó al suelo con un susurro. Lucía llevaba solo un tanga de encaje negro. La vela iluminó sus pechos, firmes, con los pezones endurecidos por el aire y el deseo.

Diego los miró, sin tocarlos aún.

—Te extrañé —dijo.

Ella no respondió. Solo se acercó, apoyó una mano en su pecho y sintió el latido bajo la camiseta. Luego, con decisión, se la quitó. Él no resistió. Quedó desnudo de cintura para arriba. Lucía recorrió con las yemas de los dedos el contorno de sus pectorales, el borde del tatuaje que le bajaba desde el hombro izquierdo hasta la cintura del pantalón. Un dragón antiguo, en tinta negra y gris.

—Este —dijo ella—, siempre me ha gustado.

Él sonrió. La tomó de la cintura y la alzó. Ella rodeó su cintura con las piernas. Diego caminó hasta la cama y la dejó con suavidad sobre el colchón. No apagó la vela. Quería verla. Quería que ella lo viera.

Se desabrochó el cinturón con calma, sin prisa. El sonido del metal al abrirse resonó en la habitación. Luego, el vaquero cayó al suelo. Lucía lo miró mientras él se quitaba los calzoncillos. Su pene, duro, se alzó con fuerza. Ella lo tomó con una mano, despacio, desde la base hasta la punta, mojando los dedos con la primera gota de líquido que brotó.

—No tengo condón —dijo él, ronco.

—Yo sí —respondió ella, señalando la mesita.

Diego se inclinó, abrió el cajón y sacó un paquete. Se lo colocó con lentitud, mientras ella lo observaba. Luego, se acercó. Lucía abrió las piernas. No dijo nada. Solo lo miró a los ojos.

Cuando entró, fue profundo. Un gemido largo escapó de su garganta. Diego se quedó quieto dentro de ella, dejando que su cuerpo se ajustara. La luz de la vela dibujaba sombras en sus espaldas sudadas. Lucía movió las caderas, apenas un centímetro, y él respondió con un empujón lento, controlado.

—Mírame —pidió ella.

Él abrió los ojos. No había fingimiento, ni juego. Solo deseo puro, crudo. Lucía le pasó los dedos por el pelo, despeinándolo. Luego, lo atrajo hacia sí y lo besó. Sus lenguas se encontraron con urgencia, pero sin perder el ritmo. Cada embestida era un latido más. Cada gemido, una confesión.

Diego bajó la boca a sus pechos, los lamió, los mordió con suavidad. Lucía arqueó la espalda, clavando las uñas en su espalda. Él sintió el dolor como un regalo. Aceleró el ritmo. Las sábanas se arrugaron, la vela parpadeó. Fuera, la ciudad seguía viva, pero allí, en esa habitación, solo existían ellos y el sonido de sus cuerpos.

—No pares —dijo ella, entre dientes.

Él no paró. Siguió, con fuerza, con precisión. Sabía cuándo ella estaba cerca, por la forma en que su respiración cambiaba, por cómo apretaba los muslos. Cuando llegó, Lucía gritó, bajo, como si no quisiera que el mundo lo escuchara. Su cuerpo se tensó, luego se relajó en un espasmo que recorrió cada músculo.

Diego no tardó. Con el calor húmedo envolviéndolo, con su nombre en los labios de ella, se dejó ir. Se desplomó sobre ella, sin sacarse aún, sin querer romper el contacto.

Quedaron así, pegados, sudando, respirando juntos. La vela se consumió poco a poco. Nadie habló. No hacía falta. Todo lo que había que decir ya se había dicho con los cuerpos.

Mucho después, cuando la ciudad amanecía y el primer rayo de sol se coló por la ventana, Lucía se giró hacia él. Estaba despierto.

—¿Te quedarás? —preguntó.

—Si me dejas —respondió.

Ella sonrió. No dijo más. Solo se acurrucó contra su pecho, con la mano sobre su corazón. Fuera, el día empezaba. Dentro, todo seguía en silencio, salvo por el latido lento, seguro, de dos cuerpos que se habían encontrado otra vez.

También en: RománticoInfidelidad

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Hetero