La ventana del quinto
Nunca pensé que un simple descuido pudiera encender tanto fuego. Fue una tarde de esas calurosas de mayo, cuando el aire en la Ciudad de México se espesa como si el cielo se hubiera cansado de sostenerse. Yo estaba sentada en mi balcón, con el camisón de seda rojo que me regaló mi esposo hace tres años, en nuestro aniversario. El encaje se le subía a las nalgas cuando me recargaba en la barandilla, y ese día, sin querer, dejé que la tela se abriera más de lo debido. No me di cuenta. Hasta que vi su mirada.
Él vivía en el edificio de enfrente, en el quinto piso, justo frente a mi ventana. Lo conocía de vista, de esos saludos tímidos con la cabeza cuando coincidíamos en la lavandería del barrio. Se llamaba Raúl. Alto, moreno, con el pelo ligeramente canoso en las sienes y una sonrisa que parecía guardar algo. Ese día, me vio. Me vio de verdad. Y yo, en lugar de correr la cortina, sostuve su mirada. Como si el calor me hubiera quitado el juicio. Él no dijo nada, solo levantó la taza de café a modo de saludo. Yo hice lo mismo con mi vaso de horchata. Y así empezó.
Al día siguiente, dejé la ventana abierta. Y él también. No hablamos, pero nuestros cuerpos comenzaron a hablar por nosotros. Yo me cambiaba frente al cristal, sin vergüenza, dejando que la luz del atardecer me acariciara el culo. Él se quitaba la camisa despacio, con esa parsimonia de quien sabe que está siendo observado. Nada de palabras. Solo miradas que se enredaban, que se chingaban sin tocar.
Una noche, llovió. El cielo se desbordó y yo corrí a cerrar la ventana, pero él ya estaba ahí, con el pecho desnudo y una sonrisa traviesa, asomado desde su balcón. “¡Qué noche para no estar solos!”, gritó entre el trueno. Y sin pensarlo, le respondí: “Pues pasa, si te atreves”. No dudó. Bajó las escaleras como un ladrón de corazones y subió a mi departamento con las llaves que le pasé por el intercom.
Cuando entró, olía a lluvia y a tabaco viejo. No dijimos nada. Solo nos miramos. Y entonces, sin más, me tomó de la cintura y me besó. No fue un beso dulce, fue un mordisco lento, hondo, como si quisiera devorarme desde la boca. Sentí su verga dura contra mi vientre, y no pude evitar reírme. “¿Y ahora qué?”, me dijo al oído. “Ahora te chingo”, le respondí, y lo jalé del cinturón hacia mi cama.
Lo desnudé con prisa, pero con cuidado. Sus manos recorrieron mis nalgas como si las hubiera soñado mil veces. Y tal vez sí. Me puso boca abajo, me separó las piernas y me acarició el culo con la palma abierta, antes de meterme un dedo despacio, luego dos. Grité. No por dolor, sino por el placer de ser descubierta así, de ser querida de esa forma tan bruta y tan tierna a la vez. “Te quiero ver”, me dijo. Y yo, con la cara enterrada en la almohada, asentí.
Cuando me penetró, fue lento. Como si tuviera miedo de romperme. Pero yo le pedí más. “Más fuerte, Raúl, no me cuides”. Y entonces empezó a cogerme como si el mundo se fuera a acabar. Cada embestida me sacudía el alma. Sentía el calor de su cuerpo contra mi espalda, su respiración en mi nuca, sus manos apretando mis caderas como si no quisiera soltarme nunca.
Después, nos quedamos abrazados, sudorosos, callados. Yo lloré un poco. No por culpa, sino por la intensidad de haber sentido algo tan real. Él me acarició el pelo y me dijo: “No tienes que arrepentirte de esto”. Y no me arrepiento. Porque aquella noche no solo me cogió. Me recordó que aún puedo arder.
A veces, cuando mi esposo llega tarde del trabajo, miro hacia el quinto piso. Y si Raúl está ahí, nos saludamos con la taza en alto. Sin palabras. Solo con el fuego que aún arde entre ventanas.
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