La ventana del quinto
El aire de Medellín se colaba por entre las rejas de la ventana, tibio y espeso como un beso demorado. A esa hora, las luces de la ciudad ya se prendían una a una, como luciérnagas perezosas que no querían dormir. En el quinto piso de un edificio antiguo de Laureles, doña Alba se desabotonaba el blusón con parsimonia, mientras el hombre del piso de abajo encendía su cigarro y la miraba sin disimulo. Ella no se hacía la desentendida. Sabía que él estaba ahí. Lo sabía desde hace tres semanas, desde que empezó a dejar la cortina abierta, desde que se puso ese perfume de jazmín que le regaló su sobrina en Cali.
No era por vanidad. Era por él. Por ese tipo de ojos oscuros y silencio pesado que subía todos los días al ascensor con ella, murmurando un “buenas tardes, doña Alba” que le raspaba el alma. Hasta hoy, no habían cruzado más de cinco frases. Pero las miradas… las miradas ya se habían acariciado.
Esa noche, Alba no se puso el camisón. Se quedó en ropa interior, un conjunto de encaje celeste que hacía juego con el color de sus ojos cuando estaba triste. No estaba triste. Estaba encendida. Se sentó en la silla frente al espejo, descalza, peinándose el pelo con lentitud, sabiendo que desde el cuarto piso, unos ojos la devoraban sin permiso. No le importó. Al contrario. Se mordió el labio inferior, despacio, como si estuviera probando un dulce. Y entonces, como si nada, se paró y caminó hacia la ventana.
—¿Y si subo? —dijo en voz baja, aunque nadie la escuchaba.
Pero él sí la escuchó. O al menos, así lo imaginó.
Él se llamaba Santiago. Lo sabía por la placa del ascensor, donde cada apartamento tenía el nombre del inquilino. “Santiago Rendón”, con una letra torcida que parecía escrita con prisa. Él era maestro de escuela en Bello, hablaba poco, usaba camisas de manga larga aunque hiciera calor, y siempre llevaba un cuaderno bajo el brazo. Alba lo había visto escribiendo en él en el parquecito de la esquina, con una pierna doblada y la mirada perdida en las palomas.
Hasta hoy, nunca se había atrevido a decirle más que “buenas tardes”.
Pero las noches… las noches eran otras. Porque desde que ella dejó de cerrar la cortina, él empezó a dejar su ventana abierta también. Sin luces encendidas. Solo él, sentado en una silla, fumando. Mirando. Y ella, desnudándose a medias, devolviéndole la mirada con una sonrisa apenas insinuada.
Esa noche, Alba decidió bajar. No con ropa de salir, no con tacones ni cartera. Salió en zapatillas, con una bata de seda que le llegaba hasta medio muslo, atada floja, como si el viento pudiera abrirla en cualquier momento. El ascensor bajó lento, como si también tuviera ganas de alargar el momento. Cuando las puertas se abrieron en el cuarto piso, él ya estaba allí, parado frente a su puerta, con el cigarro apagado entre los dedos.
—Sabía que vendrías —dijo, sin sorpresa.
—Y tú sabías que yo sabía que me mirabas —respondió ella, con voz baja, casi risueña.
Santiago no sonrió. Solo dio un paso al frente, sin tocarla, y le tomó la mano. Sus dedos eran largos, callosos, como si acariciara cuadernos más que carnes. Pero la manera en que le rozó la palma hizo que Alba sintiera un escalofrío que le bajó hasta el culo.
—¿Me vas a dejar pasar? —preguntó ella, sin moverse.
—No —dijo él, y ella abrió los ojos—. Tú entras sola.
Y entonces, sin más, ella cruzó el umbral. El apartamento olía a café viejo y a libros abiertos. Había papeles por todas partes, fotos de estudiantes en la pared, y en el centro, una mesa con un vaso de agua y el cuaderno abierto. Ella no lo miró. Solo caminó hacia la ventana, la misma que daba a su balcón de arriba.
—¿Y ahora qué? —preguntó, de espaldas.
—Ahora —dijo Santiago, acercándose—, te miro como siempre he querido hacerlo, pero sin la distancia.
Ella se dio vuelta. La bata se entreabrió, y él vio el encaje celeste, el comienzo de sus senos, el ombligo hondo como un pozo de deseo. No se lanzó. No tuvo prisa. Solo se quedó ahí, frente a ella, respirando igual que si estuviera a punto de saltar un abismo.
—¿Y si te digo que tengo miedo? —susurró Alba.
—Y si te digo que yo también —respondió él—, ¿me crees?
Ella asintió. Y entonces, como si fuera lo más natural del mundo, se acercó y le puso las manos en el pecho. Sentía el calor del cuerpo a través de la camisa. Sentía el ritmo del corazón, acelerado, como si estuviera corriendo una carrera que llevaba años postergando.
—Tú —dijo ella—, tú me miras como si me conocieras desde antes.
—Porque sí —dijo él—. Te conozco desde que te vi por primera vez, con ese blusón floreado y el pelo recogido con una pinza de plata.
Ella rio bajito. Y entonces, sin pedir permiso, se puso de puntillas y le dio un beso en la comisura de los labios. Fue un roce leve, apenas un roce, pero fue suficiente para que ambos sintieran que el piso se movía.
Santiago no esperó más. Le puso las manos en la cintura, fuerte, como si temiera que se fuera a escapar, y la acercó hasta que sus cuerpos se juntaron. La bata se abrió del todo, y él sintió el calor de sus piernas, el roce del encaje contra su pantalón. No la tocó más allá. No aún. Solo la sostuvo, respirando en su cuello, mordiéndole el lóbulo de la oreja con suavidad.
—¿Y si esto es un error? —preguntó ella, con voz temblorosa.
—¿Y si es lo más acertado que hemos hecho en la vida? —respondió él.
Entonces, sin más palabras, la levantó en vilo, como si fuera una novia de película antigua, y la llevó hasta el sofá. No había música, no había luces tenues. Solo el sonido de la ciudad, el jadeo de ambos, y las manos que empezaban a explorarse con hambre contenida.
Ella le desabotonó la camisa, lentamente, como si estuviera deshojando una flor. Y cuando vio su pecho, moreno y con ese vello justo, sintió que el pito le crecía dentro de los pantalones. Santiago, por su parte, le bajó los tirantes del encaje celeste, y besó cada centímetro de sus hombros, su clavícula, el comienzo de sus senos.
—Eres rica —murmuró—, eres pura chimba.
Y entonces, sin más, ella se puso encima, sentada sobre sus piernas, con la bata abierta y el culo marcado en la tela del sofá. Se movió despacio, apenas un roce, pero suficiente para que él soltara un gemido ronco, profundo, como si viniera de las entrañas.
—No pares —dijo él.
—No pienso hacerlo —respondió ella, con una sonrisa de triunfo.
Y mientras la ciudad seguía encendiéndose afuera, ellos se encendían adentro, sin prisa, pero sin miedo. Porque a veces, el amor no llega con flores ni promesas. A veces, llega con una mirada, una ventana abierta, y un deseo que ya no puede contenerse.
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