La ventana del frente

@santiago_vera ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

En el segundo piso de un edificio de ladrillo visto, en una esquina donde el calor del verano se estanca entre los muros, hay una ventana que nunca se cierra por completo. Santiago, de treinta y dos años, vive solo en un departamento más pequeño, en el edificio de enfrente. No fue por casualidad que eligió ese lugar. Desde su sillón, a media altura del salón, puede ver todo: el reflejo del atardecer en el piso de cerámica, la sombra de una pierna al cruzar la cocina, el movimiento lento de una cortina cuando alguien pasa tras ella.

Hacía tres semanas que observaba a la mujer del frente. No sabía su nombre, pero conocía sus rutinas como si fueran suyas. Salía del trabajo a las siete y veinte, siempre con tacones bajos y una bolsa de tela colgada del hombro. Subía las escaleras con prisa, como si el día la hubiera agotado, y apenas encendía las luces. Pero eso era lo que más le gustaba a Santiago: la penumbra. En esa luz tenue, las formas se dibujaban con lentitud, como si el cuerpo tuviera tiempo para revelarse.

Una tarde de viernes, la lluvia comenzó a caer sin aviso. Santiago estaba sentado frente a la ventana, con una copa de vino tinto entre las manos. Fuera, el cielo se había vuelto gris de golpe, y las gotas golpeaban los cristales con insistencia. En el departamento de enfrente, ella encendió una lámpara de pie junto al sofá. Llevaba un vestido claro, ajustado, de esos que se pegan al cuerpo cuando está húmedo. Santiago dejó la copa sobre la mesa. Sabía que, si ella no cerraba la cortina, algo iba a pasar.

Ella se quitó los zapatos, luego el saco, luego el vestido. Lo dejó caer al suelo como si fuera una prenda sin valor. Quedó en ropa interior: un sostén negro y una tanga del mismo color. Santiago contuvo el aliento. No se movió. Su mirada, fija, no temblaba. Ella caminó hasta el espejo del pasillo, se miró de frente, luego de perfil. Levantó un brazo, se pasó la mano por la cintura. Se tocó el cuello, bajó hasta el pecho, se mordió el labio.

Santiago sintió el calor subirle por el cuello. No se tocó. No todavía. Quería mirar, solo mirar. Ella se desabrochó el sostén con lentitud, como si supiera que alguien la veía. Lo dejó colgar de un dedo antes de soltarlo al suelo. Sus senos eran firmes, de pezones oscuros y erguidos. Se miró otra vez, se acarició un pecho con la palma abierta, luego con los dedos. Santiago apretó los muslos. El aire en su departamento era denso, pesado.

Ella desapareció por el pasillo. Santiago esperó. Sabía que volvería. Y volvió, con una toalla en la mano, pero no se la puso encima. Se la pasó por las piernas, por los muslos, como si los estuviera secando, aunque no hubiera lluvia sobre su piel. Luego, se sentó en el sofá, de espaldas a la ventana, pero inclinada hacia adelante. Abrió las piernas.

Santiago se levantó. Dio un paso. Luego otro. Se acercó al cristal. No encendió ninguna luz. Estaba en la oscuridad, pero su mirada no se apartaba. Ella se acarició la cara interna de los muslos, con las yemas de los dedos, subiendo, bajando. Luego, con un movimiento lento, se deslizó la tanga por las caderas y la dejó caer. Su sexo era oscuro, depilado, brillante. Santiago se desabrochó el pantalón. No se tocó aún. Quería ver más.

Ella se recostó en el sofá, una pierna doblada, la otra estirada. Se pasó la mano por el vientre, bajó hasta el pubis, se acarició con dos dedos. Luego, con uno solo, se introdujo dentro. Santiago contuvo el aliento. Su pene estaba duro, palpitante. Ella gemía bajo, sin sonido, pero él podía imaginarlo: un jadeo leve, húmedo, profundo. Movía los dedos con ritmo, se arqueaba un poco, se mordía el labio inferior.

Entonces, levantó la cabeza. Miró hacia la ventana. Hacia él.

Santiago no se movió. Ella tampoco. Durante un instante, el tiempo se detuvo. Ella no sonrió, no frunció el ceño. Solo lo miró. Y luego, lentamente, volvió a bajar la mano.

Santiago no supo si lo había hecho a propósito. Si lo había visto antes, si lo había estado esperando. Pero no importaba. Lo único que importaba era que ella seguía allí, con los dedos dentro, con los ojos cerrados, con el cuerpo abierto. Él, entonces, se tocó. Con lentitud, como si estuviera en un ritual. Subió la mano por el muslo, se deslizó la ropa interior, tomó su pene con firmeza. No se apresuró. Imitó su ritmo. Subía, bajaba, apretaba, soltaba.

Ella abrió los ojos. Lo miró otra vez. Esta vez, sonrió. Pequeña, apenas un gesto. Pero fue suficiente.

Santiago sintió que el calor se acumulaba en la base del vientre. No quería correrse todavía. Quería que durara. Pero ella aumentó el ritmo, se introdujo dos dedos, se arqueó más, jadeó en silencio. Y entonces, él no pudo más. Se corrió con un gemido ahogado, sin soltarla con la mirada. Su semen cayó sobre la ventana, sobre el cristal que los separaba. Una gota, luego otra. Él no limpió. Quería que quedara allí, como prueba.

Ella se levantó. Se envolvió en la toalla. Apagó la luz.

Santiago se quedó de pie, con el pecho agitado, la frente pegada al cristal frío. Fuera, la lluvia había cesado. En el cielo, entre las nubes, apareció una estrella.

Los días siguientes, todo volvió a la normalidad. Ella salía, trabajaba, volvía. Pero ahora, a veces, dejaba la cortina abierta. A veces, encendía la luz de la sala y se sentaba en el sofá con un libro en las manos. A veces, se cambiaba frente al espejo, despacio, como si practicara.

Santiago nunca supo si era por él. Pero ya no importaba. Sabía que, en algún momento, volvería a mirar. Y que ella, tal vez, lo estaría esperando.

La ventana del frente seguía allí. Abierta. Como una promesa.

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