La ventana del cuarto piso
En la ciudad de Medellín, donde el calor se enreda con la brisa de la montaña y el tiempo parece detenerse en los techos de teja roja, Lucía vivía en un apartamento del cuarto piso con ventana al norte. Desde allí veía el ir y venir de las personas, el parpadeo de las luces al anochecer, y a veces, entre las cortinas mal cerradas de los edificios frente al suyo, alguna figura desnuda o una silueta que se movía con lentitud. Nunca había prestado atención. Hasta aquella tarde.
Era jueves. El cielo se tiñó de un naranja opaco mientras Lucía regresaba del trabajo, los zapatos apretándole los dedos, el pelo recogido en un moño deshecho. Abrió la puerta de su casa con la llave en la mano izquierda y el bolso cayéndole del hombro. Dejó todo en el sofá, se descalzó y se sirvió un vaso de agua fría. Luego, como cada tarde, fue a la ventana a mirar el horizonte, a respirar el aire que bajaba desde las cumbres.
Fue entonces cuando lo vio. Un hombre, de espaldas, frente a su propia ventana en el edificio de enfrente. Estaba desnudo. No de forma provocativa, sino natural, como si no supiera que alguien podía verlo. Se estiraba, los músculos de su espalda tensándose bajo la piel morena, los hombros anchos, la cintura estrechándose hasta donde la luz del atardecer le rozaba las nalgas. Lucía no se movió. Solo contuvo el aliento. No encendió la luz. Se quedó allí, quieta, con el vaso de agua aún en la mano, el corazón latiendo más fuerte que el ruido de la ciudad.
Él no la miró. No esa vez. Solo se dio vuelta lentamente, sin prisa, y ella entonces vio su rostro. No era joven, pero tampoco viejo. Cuarenta quizás. Ojos oscuros, barba corta, una cicatriz fina sobre el labio superior. Y el cuerpo… el cuerpo de alguien que no va al gimnasio, pero que carga vida en los músculos: brazos fuertes, pecho definido, el vello oscuro bajando desde el ombligo hasta donde la penumbra lo ocultaba. Lucía sintió un calor subirle por las piernas, una humedad inesperada entre los muslos. No se tocó. No se movió. Solo observó. Y cuando él desapareció, cerrando la cortina con un gesto lento, ella se apartó de la ventana, sin encender la luz, como si temiera que la claridad la delatara.
Al día siguiente, Lucía se arregló más de lo habitual. No con exceso, pero con cuidado. Se puso un vestido ligero, de algodón, color tierra, que le rozaba las rodillas. No llevó ropa interior. Caminó por su apartamento con la ventana abierta, esperando. Y a las siete en punto, como si hubiera un pacto silencioso, él apareció.
Esta vez, él la miró. Directo a los ojos. No sonrió, pero tampoco apartó la vista. Estaba desnudo otra vez, y esta vez, no se movió. Solo se quedó allí, de pie, con las manos a los costados, el torso desnudo, el rostro serio. Lucía se acercó más a la ventana. No retrocedió. Él bajó la mirada hacia su boca, luego hacia sus pechos, que se marcaban bajo el tejido ligero del vestido. Ella no se cubrió. Solo se quedó quieta, permitiendo que él la viera. Y entonces, él levantó una mano. No para saludar. Para señalarla. Con el índice, apuntó hacia ella, luego hacia su propio pecho. Un gesto simple. Un gesto que ella entendió.
Esa noche, Lucía soñó con sus manos. Con la forma en que se moverían sobre su piel, con la fuerza que tendrían al tocarla. No era un deseo abstracto. Era físico. Preciso. Como si ya lo hubiera sentido.
Al tercer día, él no apareció. La ventana estuvo cerrada, la cortina corrida. Lucía sintió una punzada de decepción, casi de abandono. Se preguntó si lo había imaginado todo. Pero al cuarto día, al atardecer, él regresó. Y esta vez, no estaba solo.
Ella lo vio desde lejos. Una mujer, alta, con el pelo oscuro hasta la cintura, entró en su apartamento. Lucía no reconoció su rostro. No importaba. Lo que importaba era lo que vino después. Él la tomó por la cintura, sin besos iniciales, sin preámbulos. La acercó a la ventana. Y allí, frente al cristal, frente a Lucía, la desvistió. La mujer no opuso resistencia. Solo cerró los ojos cuando él le quitó el vestido, cuando le desabrochó el sostén con una sola mano. Lucía no podía apartar la vista. Sentía la boca seca, las piernas temblando. Él besó el cuello de la mujer, luego sus hombros, bajó con la lengua hasta un pezón, lo tomó con los labios, lo mordió suavemente. La mujer gimió. Un sonido bajo, profundo, que Lucía sintió en su propio vientre.
Entonces, él la giró. La puso de espaldas a la ventana. Y Lucía vio cómo le separaba las nalgas, cómo acariciaba su sexo con la palma abierta, cómo luego se inclinaba y comenzaba a lamerla. La mujer se sostenía del marco de la ventana, la cabeza echada hacia atrás, las piernas separadas. Él no tenía prisa. Solo lamía, con movimientos largos, lentos, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Lucía se mordió el labio. Se sentó en el sofá, sin dejar de mirar. Se tocó por primera vez, por encima del vestido, sintiendo cómo se humedecía, cómo su clítoris latía al ritmo de la lengua de él.
Y entonces, él levantó la vista. Directo a ella. Y esta vez, sonrió. No una sonrisa amplia. Una media sonrisa, oscura, cargada de intención. Y mientras lamía a la mujer, con una mano entre sus nalgas, con los ojos fijos en Lucía, levantó la otra mano. Y con el pulgar, se tocó los labios. Luego, señaló a Lucía otra vez. Y esta vez, movió los dedos como si la llamara.
Ella no durmió esa noche. Se quedó despierta, con el vestido aún puesto, con los muslos pegajosos de deseo. No se tocó. No quería terminar sola. Quería esperar.
Al quinto día, Lucía no se arregló. No se vistió con cuidado. Se puso una camisa blanca, abierta hasta la cintura, y nada más. No llevó zapatos. Caminó por su apartamento, desnuda bajo la camisa, la ventana abierta. A las siete, él apareció. Solo. La mujer no estaba. Él la miró. Ella se acercó a la ventana. No dijo nada. Solo abrió más la camisa. Dejó que él viera sus pechos, su vientre, el triángulo oscuro entre sus piernas. Él no se movió. Solo la observó. Luego, se acercó también a su ventana. Se quedó allí, desnudo, con el sexo erguido, mirándola. Y entonces, Lucía levantó una mano. Y con el índice, se tocó los labios. Luego, señaló hacia él.
Él no se movió. Solo cerró los ojos. Y cuando los abrió, asintió.
No hubo palabras. No hubo encuentro físico. Pero algo había cambiado. Algo profundo, íntimo, había pasado entre ellos. Y Lucía supo, con una certeza que le recorrió la columna como un rayo, que no era el final. Era el comienzo.
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