La ventana del cuarto de invitados
4 minLa ventana del cuarto de invitados
Yo siempre había sido de los que miran desde lejos, sin atreverse. Pero esa noche, algo cambió. El calor de junio se metía por las rendijas del viejo edificio, y el aire se sentía denso, cargado, como antes de una tormenta. Mi vecina, Mariana, se había mudado hacía dos meses. Una mujer alta, de piel morena clara, cabello negro y rizado que le caía hasta la cintura. Siempre vestía ropa holgada, pero de noche, cuando bajaba a fumar en el jardín, se le notaba la curva de las nalgas, el balanceo lento de su cuerpo al caminar.
Esa noche, el cuarto de invitados —el que daba a la calle y cuyo balcón quedaba justo frente al de ella— estaba iluminado. Yo estaba acostado en la cama, sin sueño, escuchando la música suave que salía de su departamento. No era nada raro. Pero entonces, la música se apagó. Escuché pasos. Luego, el sonido de un encendedor, y el leve crujido de una silla de malla al sentarse.
Me levanté. Sin pensarlo. Como si algo me empujara. Me acerqué a la ventana, entreabierta por la brisa. La vi: sentada en su balcón, con una camiseta de algodón blanca, casi translúcida, y short de terciopelo negro. Las piernas cruzadas, los pies descalzos, apoyados en el suelo de concreto. Tenía una copa de vino en la mano, y el humo del cigarro subía en espiral, como una serpiente perezosa.
Me escondí un poco, pero no del todo. Dejé que la sombra de mi pecho se proyectara sobre el cristal. Ella no me vio. O eso creí.
Pasaron cinco minutos. Diez. El viento movió la cortina, y entonces ella se levantó. Se acercó a la puerta del balcón, pero no la cerró del todo. La dejó entreabierta. Y entonces… se quitó la camiseta.
No hubo prisa. Solo una lentitud deliberada, como si estuviera desvestirse para sí misma, no para nadie. La tela se deslizó por sus brazos, y entonces vi sus pechos: redondos, firmes, con pezones oscuros y ligeramente erectos por el aire caliente. No los cubrió con las manos. Dejó que el aire los tocara. Y luego se inclinó un poco, como para ajustar algo en su short, pero no lo hizo. Solo se quedó así un momento, con los codos apoyados en la barandilla, la espalda arqueada, los pechos hacia adelante.
Yo no me moví. No respiraba. Mis manos sudaban.
Entonces ella se giró. Me vio.
No hubo sorpresa. Solo una ceja arqueada, una sonrisa casi imperceptible en los labios. Como si llevase rato sabiendo que yo estaba ahí, esperando. Me miró fijamente. Mis ojos bajaron —por instinto— a su entrepierna. El short de terciopelo estaba tenso, marcando la curva de sus muslos, el inicio de algo más.
No dijo nada. Solo se llevó una mano al cabello, se lo recogió en una coleta deshecha, y con la otra mano, lentamente, se quitó el short. Sin prisa. Sin mirar. Como si estuviera acostumbrada a verse así, sin vergüenza, sin prisa. Se quedó con el short en una mano, y con la otra, se pasó los dedos por la entrepierna, rozando el borde de su vulva, cubierta por una fina capa de vello oscuro.
Me di cuenta de que yo también me había quedado quieto, con la mano sobre la bragueta, sin darme cuenta.
Ella me sonrió entonces, de verdad.
—¿Te gusta ver? —dijo, en voz baja, pero lo suficientemente fuerte como para que la escuchara.
Asentí. No pude decir nada.
Ella se acercó a la puerta, la abrió del todo, y se inclinó hacia adelante, hasta que su cuerpo quedó alineado con la mía. El olor a jazmín y sudor dulce llegó hasta mí.
—Entonces… quédate mirando —susurró—. Pero no te muevas. Que esto no es para ti. Es para mí.
Y entonces, lentamente, se apartó el short del cuerpo y se puso los dedos entre los labios. Me miró.
—¿Me quieres tocar? —preguntó, con la voz ya más grave—. O… ¿prefieres seguir viendo?
Yo no tuve tiempo de responder. Porque ella ya se había ido, cerrando la puerta tras de sí, dejando solo el eco de su risa y el recuerdo de su cuerpo en mi mente.
Pero esa noche, por primera vez, no soñé con nadie. Soñé con ver.
¿Qué tanto te calentó?
Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.