La ventana de enfrente
Desde mi sillón, con el cigarro entre los labios y el aire espeso de la madrugada colándose por el balcón entreabierto, la vi. Otra vez. Como todas las noches desde hace dos semanas, a las dos y doce minutos, más o menos, cuando el farol de la esquina parpadea y la luz amarilla se apaga un segundo, como si el mundo contuviera el aliento. Ella enciende la lámpara de pie, esa que deja todo en penumbras, apenas un halo dorado alrededor de su cuerpo. Y yo, como un puto maldito, me quedo clavado en el vidrio frío, mirando sin pedir permiso, pero con su consentimiento tácito, cómplice, como si supiera que estoy acá, que la desvisto con los ojos, que me la imagino gimiendo mi nombre.
Esa noche, no se puso ropa. Se desató el pelo, se sacó los zapatos, y fue directo al espejo del living. Yo, con el corazón en la garganta, vi cómo se desabrochaba el vestido negro, lento, como si me tuviera enfrente. Lo dejó caer al piso con un gesto que no parecía casual. Y ahí quedó, en ropa interior, con esa concha prieta que asoma debajo de la seda roja, el culo redondo, firme, que se marca cuando se agacha a buscar algo en el bolso. Pero no buscaba nada. Me buscaba a mí. Lo sentí en la sangre.
Me paré del sillón, dejé el cigarro apagado en el cenicero y me acerqué al vidrio. Ella se dio vuelta, como si me hubiera sentido, y me miró. Directo. No sonrió, no se asustó. Solo me sostuvo la mirada. Y entonces, lentamente, se sacó el corpiño. Sus tetas, firmes, con los pezones parados, me miraron como si me desafiaban. Yo ya tenía la pija dura, palpitando bajo el pantalón. No me moví. Ella tampoco. Solo me miró mientras se acariciaba un pecho, con dos dedos, rozando el pezón. Después bajó la mano, despacio, por el vientre, hasta el borde de la tanga. Y allí se detuvo.
Esa noche no hizo más. Solo me dejó mirar. Pero fue suficiente para que me corriera solo con la mano, pensando en su boca, en su concha, en cómo sería sentir sus dientes en mi cuello.
Al día siguiente, nada. No la vi. Ni al otro. Hasta que, a la tercera noche, volvió. Y esta vez, no estaba sola.
Un tipo entró. Alto, bien vestido, con aires de importancia. Pero ella no le prestó mucha atención. Lo dejó hablar, mientras se servía un vino. Y yo, desde mi rincón oscuro, con las persianas entreabiertas, apenas una rendija, me convertí en su cómplice invisible. El tipo se acercó, le habló al oído, le puso una mano en la cintura. Ella se dejó, pero con frialdad, como si estuviera esperando algo. Hasta que, de pronto, se dio vuelta hacia la ventana. Me miró. Y sonrió.
Entonces empezó el espectáculo.
Él la besó, pero ella no cerró los ojos. Me miró a mí mientras él le subía la falda, mientras le tocaba el culo, mientras le mordía el cuello. Y yo, con la pija fuera, me empecé a masturbar, despacio, sin dejar de verla. Ella se dejó desvestir, pero cuando él intentó bajarle la tanga, ella negó con la cabeza. Se separó, fue hasta el espejo, y se paró de espaldas a él, mirándome a mí. Se bajó la tanga lentamente, se agachó un poco, abrió las piernas, y me mostró la concha mojada, brillante. Yo jadeé. Y entonces, se dio vuelta, se acercó al tipo, y le dijo algo al oído. Él asintió, se sentó en el sillón, y la dejó hacer.
Ella se arrodilló frente a la ventana. Frente a mí. Y se tocó, lento, mientras me miraba. Se abrió los labios con dos dedos, se acarició el clítoris, gimió bajito. Yo ya no podía más. Me corrí con fuerza, sin dejar de mirarla, mientras ella se lamía los dedos y me guiñaba un ojo.
Al día siguiente, una nota bajo mi puerta: *“Mañana a las dos. Sin ropa. Te espero mirando”*. Y yo, como un puto enamorado, ya estoy contando las horas.
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