La ventana de enfrente

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo nunca había prestado atención a las ventanas de la casa de enfrente. Vivía solo, en un pequeño departamento de dos pisos, en una zona tranquila donde el tiempo parecía detenerse después del atardecer. Las noches eran largas, silenciosas, y a veces, demasiado solitarias. Hasta aquella noche.

Era mediados de septiembre, el aire aún conservaba cierto calor del verano, pero ya se sentía el cambio en la brisa que entraba por mi ventana abierta. Yo estaba sentado en el sillón, con un libro en las manos que no leía, mirando sin mirar el vacío de la calle. Fue entonces cuando la vi por primera vez.

Ella abrió las cortinas de su sala, sin saber que yo estaba allí, al otro lado del patio interior que separaba nuestros edificios. No era una distancia corta, pero las luces tenues de su departamento y la transparencia del cristal permitían ver con claridad. Y lo que vi me detuvo el aliento.

Estaba descalza, con un vestido ligero de tirantes, blanco, que apenas le cubría los muslos. Se movía con una lentitud que parecía coreografiada, como si cada gesto tuviera un propósito. No bailaba, no hablaba, solo se desplazaba entre las sombras y la luz, desabrochándose lentamente un botón del vestido. Yo no me moví. Ni siquiera parpadeé.

El corazón me latía con fuerza, no de culpa, sino de expectativa. No encendí ninguna luz en mi sala. Me quedé en la penumbra, oculto, pero con la vista clavada en ella. Y entonces, como si lo hubiera sentido, ella giró el rostro hacia mi ventana. No pude ver bien sus ojos desde esa distancia, pero supe que me miraba. Y no apartó la vista.

Pasaron unos segundos que se sintieron eternos. Ella sonrió. Fue una sonrisa leve, apenas un movimiento de labios, pero cargado de intención. Luego, con una lentitud deliberada, dejó caer el vestido al suelo. Quedó en ropa interior, un conjunto de encaje negro que contrastaba con su piel clara. Y no se cubrió. Solo se dio la vuelta, caminó hacia el sofá y se sentó, con una pierna cruzada sobre la otra, mirándome aún.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, frente a frente, separados por el patio y el silencio. Pero yo no podía desviar la mirada. Y ella tampoco. Hasta que, con una mano, se desabrochó el sostén. Lo dejó caer a un lado, y se recostó lentamente sobre el sofá, con los brazos por encima de la cabeza. Sus pechos eran firmes, con los pezones erguidos, y la luz tenue del departamento les daba un brillo casi irreal.

Sentí que el aire me faltaba. Me desabroché el primer botón de la camisa, sin dejar de mirarla. Ella no se tocaba aún, pero su postura, su respiración, todo indicaba que estaba excitada. Y yo también. Mi cuerpo respondía con una intensidad que no recordaba. No era solo deseo. Era algo más profundo, más íntimo. Como si compartiéramos un secreto que nadie más podía ver.

Entonces, ella se llevó una mano al cuello, lo acarició lentamente, bajando por el pecho, rozando apenas uno de sus senos, y siguió hacia abajo, hasta el borde de su ropa interior. Yo me mordí el labio inferior, conteniendo un gemido. Y cuando sus dedos se deslizaron por debajo de la tela, yo cerré los ojos por un instante, como si el simple acto de mirar fuera demasiado.

Pero volví a abrirlos. No quería perderme ni un segundo. La vi mover la mano con suavidad, con conocimiento de lo que hacía, de lo que provocaba. Sus caderas se alzaron ligeramente, y su cabeza se echó hacia atrás. Su boca se entreabrió, y pude imaginar el sonido que no llegaba hasta mí. Me desabroché el pantalón, sin prisa, dejando que el deseo se acumulara. No me tocaba aún. Solo la miraba. Solo sentía.

Pasaron minutos. Ella se movía con una cadencia que parecía sincronizada con mi respiración. Y entonces, como si hubiera sentido que necesitaba más, se incorporó, se quitó la ropa interior con una lentitud que me volvió loco, y se puso de pie. Caminó hacia la ventana. Yo no me moví. Ella también se detuvo frente al cristal, a metros de mí, pero tan cerca como si estuviera a mi lado. Colocó una mano sobre el vidrio. Yo hice lo mismo en mi ventana. Nuestras palmas separadas por el aire, pero conectadas por algo que no podía nombrar.

No hubo palabras. No hizo falta. Ella bajó la mirada hacia mi entrepierna, y sonrió otra vez. Luego, se dio media vuelta y desapareció dentro de su departamento, cerrando lentamente las cortinas. Yo me quedé allí, con el pecho agitado, con el cuerpo tenso, con la piel caliente. No me corrí. No quería que terminara así. Quería que durara.

Los días siguientes fueron una agonía. No volví a verla. No sabía su nombre, no sabía nada de ella. Pero cada noche, a la misma hora, yo abría mi ventana, dejaba las luces bajas, y esperaba. Y una semana después, las cortinas de enfrente se abrieron.

Ella estaba allí. Esta vez, no llevaba nada. Y en sus manos, sostenía una nota. La levantó hacia la luz. Pude leer: *¿Quieres entrar?*

No respondí de inmediato. Solo asentí. Bajé las escaleras con el corazón en la garganta, crucé el patio con pasos lentos, y toqué su puerta. Ella abrió sin sorpresa, como si ya supiera que vendría. No dijimos nada. Solo nos miramos. Y luego, me tomó de la mano y me llevó adentro.

Lo que pasó después no fue solo sexo. Fue un encuentro de miradas, de tactos, de alientos que se mezclaban. Fue lento, profundo, lleno de detalles que jamás olvidaré. Pero todo comenzó con un simple acto: mirar. Y ser visto.

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