La vecina que me pidió un favor

La vecina que me pidió un favor

@santiago_vera ·6 de junio de 2026 · ★ 4.7 (11) · 71 lecturas · 7 min de lectura

Era viernes a las nueve de la noche, y el calor de verano se metía por las rendijas del edificio como un perro callejero hambriento. Santiago, en su traje de mala pata y con la camisa desabotonada hasta el ombligo, se sentó en el sofá de su departamento 3B, el mismo que llevaba años sin cambiar, con las costuras rotas en el lado derecho donde siempre se sentaba a ver la tele. Escuchó el sonido del elevador detenerse en su piso, luego los pasos —rápidos, decididos— y la puerta del 3A abriéndose.

Maribel. La vecina. La que siempre usaba shorts ajustados que le marcaban las nalgas como si fueran dos sandías maduras, camisetas ajustadas que dejaban entrever el borde del sostén, el pezón puntiagudo contra la tela. Los vecinos hablaban de ella en voz baja: que trabajaba en una clínica de estética, que tenía un novio en el norte, que se acostaba con quien le diera gana. Santiago nunca la había mirado de frente, pero sí por reflejos: cuando se inclinaba para recoger el periódico, cuando pasaba el trapeador en el pasillo con la falda muy corta, cuando subía la escalera sin sostén y las puntas de sus pezones dibujaban sombras oscuras en la camiseta blanca.

Esa noche, sin embargo, no hubo reflejos. Ella se detuvo frente a su puerta, tocó con los nudillos, y cuando él abrió, no usó ni una sonrisa forzada, ni una disculpa. Tenía los ojos brillantes, las mejillas sonrojadas, y en la mano izquierda, una bolsa de plástico transparente con dos botellas de tequila 1800 y un paquete de condones de látex grueso.

—¿Me dejaste el trapo de limpiar el piso? —preguntó, sin rodeos, como si le pidiera un favor cotidiano, como si no fuera una solicitud que le derritió la sangre en las venas.

—¿El trapo? —repitió Santiago, sin moverse del umbral—. ¿Y por qué no me dijiste que lo necesitabas ayer?

Ella se acercó un paso, lo suficiente para que el olor a vainilla y sudor le pegara al rostro.

—Porque ayer no me lo pediría. Hoy sí. Porque hoy quiero que me limpies el culo, Santiago.

Él tragó saliva. Sentó la mano en el marco de la puerta.

—¿Estás segura? Porque si esto se corre, te juro que me van a echar del edificio.

—Es viernes. El vigilante está en el bar. El papá de Lupita está en la cama con su jarra de aguamiel. Nadie nos ve. —Se inclinó un poco, y por un segundo, el escote se abrió como un capullo de rosa negra—. Además… tú ya me has mirado así desde hace meses. No me digas que no.

Santiago no negó. Entró, dejó la puerta entreabierta —por si acaso—, y se volteó. Ella ya se había quitado las sandalias y se había sentado en el sofá, con las piernas abiertas al mínimo, como si estuviera esperando desde antes.

—Quítate la camisa —dijo ella, con voz baja, firme, como si ya le hubiera dado órdenes en sueños—. Y el pantalón.

Él obedeció, lento, dejando caer la ropa al suelo, con el pene ya tieso en sus boxers, marcando el contorno de la verga como si fuera un bulto de metal bajo el algodón.

—Veo que ya te gusta la idea —dijo Maribel, poniéndose de pie. Caminó hacia él, lo tomó del mentón, lo obligó a mirarla a los ojos—. Pero no es tan fácil. Hoy no soy tu vecina. Hoy soy tu jefa. Y tú… tú eres mi ayudante.

Santiago no habló. Ella lo empujó suavemente hacia atrás, hasta que sus rodillas tocaron el sofá. Él se sentó. Ella se puso de cuclillas frente a él, lo desabotonó los boxers con los dedos, y sacó su verga: larga, gruesa, con la punta húmeda y brillante como una cereza abierta.

—Mira cómo te pone —dijo, frotando el glande con el pulgar y el índice—. Ya está goteando, ¿verdad? Pero yo no quiero eso. Quiero que me jagas el culo hasta que me duela sentarte mañana.

Lo dijo sin vergüenza, sin titubeo. Y eso fue lo que lo hizo explotar. Ella lo agarró por la base, lo frotó contra su propia vulva, ya húmeda, ya abierta, con el labio mayor hinchado y oscuro como un puño cerrado. Santiago la miró, y por primera vez, no bajó la vista.

—Tócame —ordenó ella—. Pero solo si te lo permito.

Él levantó la mano, lento, temblando. Ella se agarró de su muñeca.

—No. Con las manos en las rodillas. Si te muevo, te detengo.

Él las dejó quietas. Ella soltó su verga, se puso de pie, se quitó la camiseta y los shorts, dejando al descubierto un cuerpo moreno, con muslos firmes, un ombligo pequeño, y dos pechos pequeños pero firmes, con pezones morenos como granos de café tostado.

—Vamos a hacerlo como en las películas viejas —dijo—. Tú me pones de pie, con la espalda apoyada en la pared. Las manos arriba. Las piernas abiertas. Y yo te digo cuándo entras, cuándo sales, y cuánto te demoras en cada empujón.

Él la tomó de la cintura, la giró, la acomodó contra la pared del pasillo. Ella se inclinó, apoyó las palmas en la pared, y él le puso las manos sobre las nalgas: calientes, tersas, firmes.

—Ahora sí —dijo ella, sin voltear—. Toma el condón. Pónmelo. Lento.

Él lo abrió con los dientes, lo desenrolló sobre su verga, lo frotó desde la base hasta la punta, y se acercó a su culo. Ella separó las nalgas con las manos, le mostró el ano, ese pequeño orificio rosado, cerrado como un puño de niña tímida.

—No te apresures —dijo—. Tómate tu tiempo. Quiero sentir cada segundo.

Él rozó la punta de su verga contra su ano, y ella soltó un gemido bajo, agudo, que le hizo estremecer. Empezó a empujar, lento, solo la punta, dejando que se abriera sola. Ella jadeó, agarró la pared con más fuerza, y gritó:

—¡Más! ¡No pare!

Él empujó otra vez, y esta vez la mitad de su verga entró. Ella soltó un grito, pero no de dolor, sino de satisfacción.

—Sí… sí… ahora sí —dijo—. Empuja todo.

Él lo hizo. Hasta la raíz. Hasta que sus testículos le pegaron a sus nalgas, y el pene le tembló dentro de su cuerpo. Ella gimió, se arqueó, y Santiago sintió que el mundo se le venía encima.

—No te muevas —dijo ella—. Ahora yo muevo.

Se puso en cuclillas, se inclinó, y empezó a subir y bajar sobre su verga, como si fuera un torno. Bajaba hasta tocar el suelo con las manos, subía hasta que solo quedaba la punta dentro, bajaba otra vez, con lentitud, con control.

—Mira —dijo—. Mira cómo te meneo tu verga. Mira cómo te chupo tu verga con mi culo.

Santiago no podía hablar. Solo miraba, con las manos firmes en sus caderas, sintiendo cada pliegue, cada vibración, cada contracción de su ano alrededor de su pene. Ella se dio vuelta, se sentó en el sofá otra vez, lo atrajo hacia sí, y lo puso sobre sus rodillas, como un niño.

—Ahora tú —dijo, tomando su verga y apretándola contra su vulva—. Tú me cogerás. Y yo te diré cuándo te vas a venir.

Él la penetró esta vez con fuerza, con ganas, y ella gritó, le mordió el hombro, le arrancó un gemido de dolor y placer mezclado. Santiago la embistió, con empujones largos, con la cadera golpeando contra sus nalgas, con el pene rozando su clítoris en cada entrada. Ella se agarró de los brazos del sofá, se balanceó con él, y cuando él sintió que se iba, ella le gritó:

—¡No te vengas! ¡Aún no!

Él se detuvo, con el pene a punto de explotar, con el sudor corriéndole por la frente. Ella se inclinó, le chupó una oreja, le mordió el cuello, y le susurró:

—Ahora sí… júgamela todo.

Él se vino dentro de ella con un grito ahogado, con la verga palpitando, con el semen caliente saliendo en chorros, mientras ella lo apretaba contra su cuerpo, con las uñas

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