La vecina que bajó a arreglar el agua
8 minLa vecina que bajó a arreglar el agua
Nunca pensé que una fuga en el baño de mi vecino me cambiaría la vida.
Me llamó por la puerta, esa mañana de julio en que el sol ya pegaba fuerte desde las nueve. Yo estaba en pijama, con los pies descalzos y el pelo despeinado, preparando café cuando escuché el timbre: un sonido rápido, urgente, casi temeroso. Abrí sin preguntar quién era —y allí estaba ella: Lucía, la vecina del piso de arriba, con una pequeña mancha de agua en el hombro de su blusa blanca y los ojos más grandes de lo normal.
—Disculpa… —dijo, con voz baja, casi disculpándose—. Se me rompió la llave del tanque en el baño. Se salió todo. Creo que el agua se metió al tuyo… ¿Podrías abrir tu baño? Solo necesito ver si el piso está seco.
Lucía vivía sola desde que se separó, hacía poco más de un año. Siempre la había visto de paso: saliendo con su perro, regresando del supermercado con bolsas pesadas, sentada en el balcón con un libro. Era delgada, de hombros estrechos, cabello oscuro y lacio que llevaba recogido en un nudo bajo la nuca. Pero nunca la había mirado con atención. Hasta esa mañana.
—Claro —dije, sin pensar—. Pasa.
Abrí la puerta y ella entró con una lentitud calculada, como si temiera que algo la detuviera. llevaba puesta una falda larga de algodón y sandalias de cuña. El olor a jabón de lavanda y sudor ligero la precedió. Cerré tras ella.
El baño de Lucía era pequeño, minimalista: azulejos blancos, espejo con marco negro, una toalla doblada sobre el inodoro. El suelo estaba mojado, sí, pero no como ella decía: era solo una mancha alrededor del inodoro. No había filtración.
—Aquí no hay nada —dije, arrodillándome para tocar el piso.
—Sí —murmuró, acercándose—. Sentí el agua correr mucho. Tal vez se filtró por la junta del grifo…
Me levanté, y ella estaba demasiado cerca. Tan cerca que sentí el calor de su cuerpo, el leve movimiento de su pecho al respirar. Sus ojos, de un marrón casi dorado bajo la luz del baño, me miraban sin parpadear. No había miedo en ellos, ni siquiera vergüenza. Solo una tensión silenciosa, como si estuviera conteniendo algo que ya no quería guardar.
—¿Te duele algo? —pregunté, sin saber por qué lo dije.
—No —respondió, y sonrió, pero no fue una sonrisa real. Fue un gesto rápido, frágil, como si estuviera probando una máscara—. Solo quería que me ayudaras… a revisar.
Me tendió la mano.
—¿Quieres ver?
Y no sabía si se refería al baño, o a otra cosa.
Pero la tomé.
Su mano era seca, los dedos finos, las uñas cortas y limpias. Y cuando la apreté, ella exhaló, lento, como si soltara algo pesado.
—Vamos al mío —dije.
Lucía me siguió sin decir nada. Subimos las dos escaleras de madera que conectaban nuestros departamentos. Mis pies se sentían extrañamente pesados. El corazón me latía en las muñecas. No era atracción, al menos no al principio. Era curiosidad. Una curiosidad profunda, casi física, como si algo en mí supiera que esto cambiaría algo.
Entré a mi baño. Ella se detuvo en la puerta, mirando el espejo.
—¿Me dejas…? —dijo, y no terminó la frase.
—Sí —respondí, sin dudar.
Se quitó las sandalias, se subió la falda hasta las rodillas y se bajó el sujetador. No con prisa. No con vergüenza. Con una naturalidad que me dejó sin aliento. Sus pechos eran pequeños, firmes, con pezones morenos y redondos. Su vientre plano, la curva suave de sus caderas. Y entre las piernas… nada de vello. Afeitado. Limpio. Perfecto.
Pero lo que más me llamó la atención fue la cicatriz. Una línea tenue, casi invisible, curva, sobre su pubis. Una incisión antigua.
—¿Te duele? —pregunté, sin pensar.
Ella me miró por primera vez con una sonrisa verdadera.
—No. Ya hace ocho años.
Me senté en el borde de la tina. Ella se puso frente a mí, con las piernas ligeramente separadas.
—¿Puedo tocarte? —pregunté.
—Sí —dijo—. Pero no como sueles hacerlo.
Me acerqué. Mis manos encontraron su cintura, luego la curva de sus caderas. Mis dedos se deslizaron por la parte interna de sus muslos, lentos, como si temiera romper algo. Ella suspiró.
—Tú eres la primera persona que me pregunta si me duele —dijo.
No supe qué responder. Así que la besé.
Fue un beso tímido al principio, apenas un roce de labios. Pero ella respondió con una presión suave, con la lengua que buscó la mía como si temiera que desapareciera. Su sabor era limpio, dulce, como miel con un toque salado. Sus manos subieron por mi espalda, agarrándose a mi camiseta.
—Quiero verte —dijo, cuando nos separamos.
Me desabrochó el pantalón, me bajó la bragueta. Me sacó el pene con una mano firme, como si ya lo conociera. Me miró, sin prisa. Me tomo la cabeza con ambas manos y me lo acercó a la cara.
—Huele bien —dijo—. Como a ti.
Me senté en la tina. Ella se acomodó frente a mí, con las rodillas a cada lado de mis muslos. Me tomó del pene, lo sostuvo entre sus dedos, y bajó la vista.
—¿Te gusta que te mire? —preguntó.
—Sí —susurré.
Y entonces se inclinó.
Su boca no fue suave al principio. Fue firme, segura. Lengua plana contra el glande, luego un beso húmedo en el cuerpo. Me miró mientras lo hacía, con los ojos entrecerrados, como si estuviera aprendiendo.
—No me he acostado con nadie desde que me transitioné —dijo, sin soltar mi pene—. No por falta de ganas. Por miedo.
Me acarició la entrepierna con el pulgar.
—Pero contigo… no tengo miedo.
Me metí en su boca.
Era caliente. Íntima. Y cuando ella me tomó de las caderas y me pidió que me inclinara hacia adelante, lo hice sin dudar.
—Quiero que me toques aquí —dijo, colocando mi mano sobre su pubis—. Pero no como una vagina.
Sus dedos separaron los labios.
—Aquí —dijo, presionando con su mano la parte interna—. Es donde tengo el clítoris. El resto… es cicatriz.
Entendí. La cirugía había dejado una apertura, pero no una vagina real. No tenía paredes, no tenía humedad natural. Solo piel sensible, y un clítoris hinchado, oscuro, listo para el placer.
Me incliné.
Tocarla fue como descubrir algo nuevo y antiguo a la vez. Su piel era suave, pero con una textura distinta en la cicatriz. Un leve rebote bajo el dedo. Le besé el clítoris, y ella arqueó la espalda, soltando un grito ahogado.
—Sí —dijo—. Sí, así.
Puse dos dedos en su entrada. No entraron fácil. Era estrecha, tensa. Ella me tomó de la nuca y me empujó hacia ella.
—Más —dijo.
Y los metí.
Ella jadeó. Sus dedos se clavaron en mis hombros. Su cuerpo se estremeció, pero no con placer. Con liberación.
—Nadie me ha tocado así —dijo, con la voz rota—. Nadie ha visto esto… y no ha huido.
Le moví los dedos, lentos, cuidando la cicatriz. La besé en el cuello, en el pecho, en el clítoris otra vez. Ella gimió, cada vez más fuerte.
—Voy a llegar —dijo, jadeando—. No… no sé si puedo parar.
—No pares —dije—. Yo también.
Ella se levantó. Me quitó la camiseta, me desató el cinturón. Me puso en la tina.
—Quiero verte entrar —dijo.
Me cubrió el pene con su mano, lo alineó con su entrada. Me miró a los ojos mientras se sentaba, poco a poco, hasta que lo tuvo todo.
Fue un silencio absoluto.
Ella no gritó. Solo cerró los ojos, como si estuviera recordando algo que no había sentido en mucho tiempo.
—Está bien —dijo, cuando por fin abrió los ojos—. Está bien.
Me tomó de la cara.
—Dime que me quieres —dijo.
—Te quiero —respondí, sin pensarlo.
Y entonces se movió.
No era como una mujer. No tenía la elasticidad, la humedad. Pero sí tenía calor. Y presión. Y una tensión constante que hacía que su cuerpo se tensara en cada subida, se relajara en cada bajada.
Le agarré los muslos, la subí más. Ella soltó un gemido largo, agudo, como si alguien le hubiera arrancado una confesión.
—Sí —dijo—. Sí, así.
Bajé la cabeza y tomé uno de sus pechos. Lo chupé con suavidad, mordí el pezón con cuidado. Ella arqueó la espalda, jadeó, y se movió más rápido.
—Voy a llegar —dijo otra vez, pero esta vez no dudé.
—Yo también —respondí.
Me levanté. La tomé por la cintura y la empujé contra el espejo. Le dije que me mirara. Que me mirara mientras lo hacía.
Ella obedeció.
Y cuando llegué, fue como si algo dentro de mí se hubiera roto. No fue solo el orgasmo. Fue como soltar un lastre que no sabía que cargaba.
Me derrumbé sobre ella. Ella me abrazó, sin decir nada.
—Gracias —dijo, cuando por fin me soltó.
—Gracias a ti —respondí.
Se separó. Se lavó la cara con agua fría. Se puso el sujetador, se bajó la falda. Me miró en el espejo.
—¿Te parece raro? —preguntó.
—No —dije—. Solo… no sabía que era posible.
—Es posible —dijo—. Todo es posible si no tienes miedo.
Me tendió la mano.
—¿Quieres que volvamos a intentarlo?
La tomé.
Y esta vez, fui yo quien la besó.
Y esta vez, no hubo miedo. Solo deseo. Solo calma. Solo un cuerpo que sabía exactamente dónde quería estar.
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